14 de Diciembre de 2010
Un sandwich con La Divina Comedia
El 6 de noviembre de este año se derrumbó la Casa de los Gladiadores, una de las estructuras preservadas en la ciudad de Pompeya, Italia. La mencionada casa era utilizada por los gladiadores para entrenar, momentos antes de salir al combate.
La instalación estaba cerrada al público debido a su frágil estado, pero luego de una serie de intensas lluvias, la estructura completa cedió. Gracias a ese cierre y a que ya se tenía noticia de que peligraba un derrumbe, nadie resultó herido durante el suceso. Luego, a inicios de este mes de diciembre, se cayó un muro de la Casa del Moralista, del mismo complejo pompeyano, que aunque no de tanto valor como la Casa de los Gladiadores, ha dejado al descubierto el lamentable estado en que se encuentra el conjunto histórico.
El derrumbe de estas estructuras supone una pérdida de incalculable valor para el patrimonio cultural, no sólo de Italia sino del mundo, ya que en 1997 las ruinas de Pompeya fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad.
Ante el derrumbe de la Casa de los Gladiadores, la sociedad italiana comenzó a debatir sobre el estado de varios de los complejos históricos y arqueológicos de Italia. Los políticos de oposición al gobierno cuestionaron fuertemente a Sandro Bondi, el Ministro de Cultura, quien fuera llamado ante el Parlamento italiano para explicar lo ocurrido.
A pesar de mostrarse apesadumbrado por el asunto, Bondi se negó a renunciar a su cargo y a asumir ningún tipo de responsabilidad ante el hecho, culpando a los superintendentes de la administración de los fondos que el gobierno italiano asigna para la manutención de los monumentos. Selló su intervención afirmando que el gobierno no podía garantizar que no se darían más derrumbes.
Pero es muy difícil pensar que el gobierno italiano no tiene ningún tipo de responsabilidad ante lo ocurrido. El presupuesto de cultura de Italia ha venido reduciéndose drásticamente y será recortado en 280 millones de euros, recorte que será aplicado en los próximos tres años.
Diversas organizaciones italianas han llamado la atención sobre esta situación y han advertido que muchos de los tesoros culturales italianos están en peligro, desde el Coliseo de Roma hasta la Catedral de Florencia.
El ministro Bondi no fue el único interpelado por este asunto. Giulio Tremonti, actual Ministro de Economía, ultraliberal, neoconservador y considerado posible sucesor de Berlusconi, justifica y defiende los brutales recortes presupuestarios. Ante la deuda pública que ronda el 118% del PIB, Tremonti ha metido tijera en todas partes y la cultura es uno de los terrenos donde no ha tenido piedad alguna.
En octubre de este año, días antes del derrumbe en Pompeya, respondió a las críticas que se le hicieron sobre dichos recortes y que cuestionaban cómo van a mantenerse los sitios arqueológicos, los teatros, los museos, las bibliotecas, los archivos históricos, las fundaciones líricas y cientos de instituciones más, incluidas las universidades. “De la cultura no se come”, dijo Tremonti. “Y si no, les recomiendo hacerse un panino (o sandwich) con la cultura, podemos comenzar con La Divina Comedia, a ver si se lo comen”.
La declaración resulta más que desconcertante, sobre todo porque viene de un ministro de Italia, un país que se enorgullece de su cultura. Italia es uno de los 5 países del mundo que recibe el mayor número de turistas y en consecuencia, uno de los que también recibe el mayor número de ingresos económicos por este rubro. Y no hay duda de que gran parte de lo que el turista internacional busca en Italia son precisamente los lugares representativos de su historia y su cultura. Según la Organización Mundial de Turismo de las Naciones Unidas, solamente en el 2009, Italia percibió como resultado del turismo extranjero 42.2 miles de millones de dólares. Y eso a pesar de la crisis económica mundial. Decir que de la cultura no se come es, en este caso, una declaración muy inexacta.
Pero el desprecio por la cultura por parte de los políticos no es nuevo. Basta recordar aquello de “cada vez que oigo la palabra cultura, saco mi revólver”. La frase, que se le atribuyó a Göring, a Göbbels, a Himmler y también a Rudolf Hess, proviene, irónicamente, de una obra de teatro llamada Schlageter de Hanns Johst: “Cuando oigo la palabra cultura... ¡le quito el seguro a mi Browning!”. La obra se estrenó el 20 abril de 1933, para el cumpleaños 44 de Adolfo Hitler y aquella frase fue retomada alegremente por sus principales allegados.
A pesar del supuesto desprecio por la cultura, los nazis no tuvieron ningún empacho en robar miles de obras de arte y de utilizar como refuerzo de su propaganda ideológica diversas manifestaciones artísticas como el cine, la música, el teatro y la arquitectura.
En tiempos de crisis económica o social, la cultura parece ser siempre el primer rubro afectado. Presupuestos son recortados, obras son destruidas o robadas, patrimonios históricos son borrados de la faz de la tierra. No puedo evitar recordar al director del Museo Nacional de Irak en Bagdad, cuando luego de los primeros bombardeos estadounidenses en el 2003, reportó ante los periodistas, llorando, sobre el saqueo y la destrucción de alrededor de 170 mil piezas de aquel museo. Debido a que en tiempos de guerra a nadie se le ocurre proteger los bienes culturales, el lugar quedó a merced de vándalos y saqueadores. El museo albergaba la mayor colección de objetos de las civilizaciones mesopotámicas, así como de los períodos prehistórico y musulmán en esa parte del mundo. Parte de la historia de la humanidad se perdió allí para siempre.
Lo que parece que sigue sin comprenderse a plenitud es que la cultura es un elemento fundamental para el ser humano: Para la construcción de su identidad individual y colectiva, para el rescate de la memoria histórica, para la inter-relación de los pueblos, para conformar códigos de conducta colectiva e individual, y a nivel personal, como un mecanismo de comunicación y (si nos enfocamos en el aspecto artístico y estético), es una especie de “alimento” que nutre el ser creativo, sensitivo, emotivo y espiritual de la persona.
Es imposible anclar la cultura y concederle un valor monetario simplemente porque no lo tiene o porque lo trasciende más allá de lo medible, aunque en años recientes, se ha comenzado a considerar la cultura como un elemento importante en el desarrollo social y económico de los pueblos.
Puede ser, como el caso de Italia y demás países con un alto desarrollo turístico, un elemento atractivo que puede ser explotado a nivel económico, aunque parece perderse de vista que al abrir los espacios culturales nacionales al visitante extranjero se hace muchísimo más que cobrar una entrada y aprovechar los dólares de los turistas. Se comparte información. Se da a conocer la esencia de una nación.
Pero siendo la cultura algo que impregna absolutamente todas las actividades del ser humano, negar o subvalorar su importancia implica subvalorar un aspecto trascendental del colectivo humano. Por lo contrario, impulsar la promoción y la conservación de la cultura implica invertir en la construcción de nuestro presente y futuro como una sociedad armónica.
Decir que la cultura no se come es el reflejo de esos anti-valores que nos obligan a creer que somos simples máquinas productoras de dinero. Que necesitamos ropa de marca, comer hamburguesas de franquicias internacionales y endeudarnos hasta la nuca para atiborrarnos de cosas que supuestamente necesitamos. Es el reflejo de esos que piensan que el arte es un pasatiempo pero jamás un oficio “decente” al cual podamos dedicarnos, que las piezas de museo son un montón de “basura vieja” o que los edificios de épocas pasadas de nuestras ciudades deben quemarse o derribarse para darle paso a esa modernidad mal entendida como la oda al cemento y al mal gusto, y que arrasa inclemente sobre flora y fauna para imponer la impronta humana en su distorsionada noción de progreso.
En El Salvador, el gobierno asigna al área de cultura un raquítico y mísero 0.03% del presupuesto nacional, que es utilizado sobre todo para pagar los salarios de más de mil empleados y que no es suficiente ni para mantener en funcionamiento instituciones con necesidades tan diversas y complejas como el zoológico, teatros, museos, sitios arqueológicos, casas de cultura, bibliotecas, parques ecológicos, el Archivo General de la Nación, la Orquesta Sinfónica, la Dirección de Publicaciones e Impresos (con su respectiva imprenta que se cae a pedazos), entre otros. Imposible pensar que con ese presupuestito van a impulsarse también proyectos nuevos. Habría que hacer magia para lograrlo.
El desarrollo integral del ser humano, la superación de la pobreza y de la desigualdad, pasan por la cultura. En consecuencia, la cultura es una inversión necesaria y no un gasto suntuario o inútil, como desafortunadamente piensa demasiada gente.
(Publicada en Revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, 12 de diciembre 2010).
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