26 de Abril de 2010
Géneros en extinción
Hace pocos días terminé de leer los diarios íntimos del escritor estadounidense John Cheever. Como suele ocurrir con los diarios personales, las luces y sombras de la persona que los escribió permiten dimensionar al escritor en su justa medida y comprenderlo exactamente como es: un ser humano, con problemas, alegrías, faltas y triunfos.
Los problemas en su matrimonio, algunas decepciones de sus hijos, su dura batalla con el alcohol, el conflicto con su homosexualidad, su vivencia del catolicismo, su proceso creativo y finalmente, el arribo de la vejez y el cáncer de riñón que lo llevan a la muerte, son alternados con su proceso creativo y bosquejos e ideas para sus cuentos y novelas.
Todo es narrado por Cheever con la honestidad que solamente se alcanza en un escrito íntimo y personal, aquel que se supone nadie leerá; en el espacio privado donde se puede ser sincero sin ser juzgado y donde los más sucios secretos y duros comentarios trascienden la corrección de toda índole para dejar desnuda el alma humana sobre un pedazo de papel.
El diario de John Cheever me llevó a recordar otros diarios que son emblemáticos y de lectura casi obligatoria: El oficio de vivir de Cesare Pavese, los Carnets de Albert Camus y los de otros escritores como Anaïs Nin, Virginia Woolf y Bertold Brecht.
Los diarios forman parte de un género autobiográfico que, podría decirse, nace sin premeditación. Algunos, como el de Anna Frank, sirvieron en su momento como tabla de salvación, como una roca desde la cual aferrarse a la cordura cuando todo alrededor parecía caer en la enajenación y el horror. Otros diarios perviven a sus autores, muchos de los cuales, ante la impredecible circunstancia de la muerte, no tuvieron tiempo de destruirlos.
Pero ¿qué tan auténtico y honesto es el producto final que resulta publicado? Ante la conciencia de que sus diarios podrían ser publicados, ¿no sucumbe un escritor a moldear y auto-censurar el contenido de su propio diario? ¿Y qué pasa cuando albaceas, editores y familiares meten mano en los textos para salvar la imagen del autor?
En la introducción escrita por Benjamin Cheever, uno de los hijos de John, explica que su padre tenía un profundo interés en publicar esos cuadernos privados. Benjamin también confiesa lo duro que fue para él y el resto de su familia, leer algunas partes.
De las 3 o 4 millones de palabras que contenían los cuadernos en que Cheever escribió sus diarios, se hizo una rigurosa selección para omitir repeticiones, entradas no comprensibles o de nula calidad de redacción. La obra publicada, que abarca solamente 500 páginas, es apenas una vigésima parte del total escrito, según lo explica al final del libro el editor Robert Gottlieb.
La familia decidió no omitir entradas por su contenido y procuró que la selección reflejara, de la manera más fiel posible, a la persona que escribió aquellos diarios. Se nos asegura que el texto escrito es fiel al original y al autor.
En este caso, los lectores nos hemos visto favorecidos por el respeto de la familia Cheever de dejar los textos tal cual, aunque habría que preguntarse qué fue lo que se omitió de aquel extenso material, si sería digno de publicación o si ocultaba información valiosa.
Muchas veces el material final que llega a las manos de los lectores está tan manipulado que decepciona, como es el caso de los diarios de Alejandra Pizarnik. La familia intervino tanto en lo que se podía publicar o no de aquellos diarios, que dejaron al público con la lectura de textos mutilados y manipulados en favor de no revelar “los sucios secretos” familiares o personales de la autora en cuestión.
Para incontables personas, la escritura de un diario ha significado la posibilidad de encontrar un refugio interior y de descubrir con ello el poder sanador de la palabra. No es inusual que más de alguno haya descubierto durante su adolescencia el gozo y el alivio que puede producir la palabra escrita. El salto desde esas páginas ocultas a aventurar en algún género literario, donde la realidad vivida se manipula para transformarse en ficción, no es de extrañar.
Algunas personas escriben diarios sin intención literaria ni de publicación pero con el ánimo de dejar un documento vivencial para sus hijos o familiares. Otros se acercan a la escritura de un diario en momentos de profunda tribulación, por ejemplo, cuando muere la pareja o un familiar muy cercano o cuando deben pasar por enfermedades terminales.
Aunque parece un ejercicio muy sencillo, llevar un diario puede producir en quien lo escribe una sensación de alivio de sus problemas, de comprensión de la realidad y de auto-reflexión, como un mecanismo de elaboración de sus vivencias personales.
La puesta en palabras de la emoción exacta que se vive puede hacer menos angustioso un problema y menos terribles a los demonios que nos acosan. A veces quizás no se logra mucho escribiendo lo que nos ocurre, pero ciertamente funciona como válvula de escape, sobre todo en la sociedad actual, donde parece que nadie tiene interés en escuchar los problemas personales del prójimo y donde se cree que desahogar el peso del corazón es signo de debilidad personal.
El diario personal también ha sido usado como recurso para estructurar algunas obras literarias. Pienso en el Diario del año de la peste de Daniel Defoe o el Diario de un poeta recién casado de Juan José Jiménez, por ejemplo.
Los diarios íntimos, al igual que las cartas, terminaron incorporándose en lo que se conoce como el género autobiográfico. Pero a diferencia de las memorias, las crónicas o la auto-biografía, los diarios y las cartas, escritos al calor del momento, sin pensar en la publicación ni en su valor estrictamente literario, esconden su valor y su interés para el lector desde otro aspecto: el de la autenticidad de la escritura.
¿Cómo podría valorarse entonces, desde el punto de vista eminentemente literario, este tipo de material? ¿Un diario es “bueno” por lo que cuenta, por cómo está escrito, o siempre son interesantes, no importando cómo estén escritos, simplemente porque los escribió algún personaje que nos interesa? ¿Cómo saber que el material que estamos leyendo no ha sido manipulado hasta la distorsión y la censura por familiares y editores?
Ante el apogeo de internet y la instalación de diferentes mecanismos que permiten al común de la gente expresar lo que le pasa y siente, me pregunto si el diario, como parte de un género autobiográfico, muy apreciado tanto por escritores y lectores, esté viendo su agonía.
¿Cuántas personas hoy en día llevan un auténtico diario? ¿Se siguen regalando pequeños cuadernos con candado, como eran los diarios adolescentes de antes, para que los jóvenes escriban sus secretos?
Las redes sociales como Twitter y Facebook, que le permiten al usuario compartir con extraños y conocidos lo que se hace, piensa, lee y opina, pero sobre todo el blog o bitácora personal, concebido inicialmente como “un diario en línea”, podrían hacer mella en la idea del diario como refugio personal.
De hecho, todos estos espacios son exactamente lo opuesto al diario personal. Lo que para el escritor de diarios es un ejercicio secreto se ha transformado, con la aparición de los blogs, en un diario escrito y presentado de manera pública, ante la vista de propios y extraños.
Por supuesto, no todos los blogs son iguales y ante la aparición de otras redes sociales que obligan a escribir textos más breves, son pocas las bitácoras que continúan con las entradas enfocadas en los sucesos personales de quien lo maneja. Además, y obviamente, escribir un “diario a la vista” debe influir en el contenido que se escribe, aunque internet brinde la falsa sensación de que “nadie o casi nadie está leyendo”.
Incontables personas utilizan las redes sociales para desahogar asuntos personales. No sé si es una percepción errada de mi parte, pero tengo la impresión que dichas redes tienen, en parte, la culpa de que la gente escriba cada día menos correos electrónicos, por ejemplo. El surgimiento precisamente del correo electrónico fue un grave revés para la escritura de cartas, otro de esos géneros personales que ya vio mejores días.
Como cada día se escriben menos cartas, no me imagino que en el futuro veamos algún libro publicado que reúna los intercambios de correos electrónicos de algún escritor reconocido. Ni siquiera creo que algún escritor los guarde absolutamente todos. Así mismo, creo que será cada vez más raro que se publiquen diarios personales.
No es posible predecir si la intrusión de los diferentes recursos que ofrece internet constituirá el fin de algunos géneros literarios en particular. Pero lo que sí es cierto es que están transformando de manera acelerada nuestra manera de pensar, hacer y relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con la palabra escrita.
(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 18 de abril 2010).
Jacinta a las 05:07 PM | Referencias 0Jacinta,
Yo mantuve un diario por casi 10 años y en determinado momento decidí quemarlos y olvidarme de lo que en ellos había. Aunque no pensaba que algún día fueran a publicarse siempre hubo acontecimientos en los que me autocensuré Párrafos sin sentido para cualquier otra persona, códigos que solo yo sabía que significaban. Probablemente esos pasajes incomprensibles que la familia de Cheever eliminó fueran los más interesantes o más íntimos del autor y esos nunca serán entendidos por ojos ajenos.
Creo que así como muchos géneros literarios puedan estar viendo su fin con el crecimiento de la internet, también muchos podrían estar viendo la luz. Claro, sólo es una posibilidad. Por otra parte no se puede negar como la vida va cambiando con todas las posibilidades que nos ofrece la web. Por ejemplo, leí en algún lado que Twitter podría influir en la desensibilización de las personas pues por leer tantos tweets no dejamos aflorar sentimientos o de reflexionar sobre lo que alguien ha escrito.
En fin, espero no se dejen morar estos géneros, mientras exista quien lea, habrá quien escriba.
Saludos.
Bueno, llevo siempre un diario a mi lado, de vez en cuando rasgo páginas, ya quemé un par también.. siempre los escribi sin intenciones de publicación...en realción a los tweets, blogs y etc. me parece que sí existe una cierta desensibilización, pues la misma rapidez cibernética nos impide parar y pensar como lo haríamos en otras situaciones...
christy guzmán | 13 de Mayo de 2010 - 04:36 PMNunca leí las supuestas 3000 (¿son más?) páginas que conformaron el diario de Anaïs Nin. Sin embargo sentí un gusto muy particular cuando leí Henry y June que desencadenó la película Philip Kaufman allá por los noventas.
He leído algunos extracto de los diarios de Tolstoi y recién estoy recibiendo bajo el esfuerzo de una amiga extranjera, unos extractos de "el Borges de Bioy Casares." Carta a mi padre de Kafka siempre me pareció un cruel sustituto de un diario personal para soportar los envistes de la vida. ¿Fue de Balzac que se escribió qué de los grandes(Escritores) su diario personal podría hallarse entre sus novelas como testimonio de una época y vivencia intima, visión de la sociedad y de sus tiempos?
Yo creo que es imposible rastrear el pensamiento real de un escritor en una novela que por lo general van escritos de una manera de código personal o si se quiere criptográficos a diferencia de los diarios que están o deberían estarlo escritos sin piedad y sin temor a la censura. Esa es la posibilidad que va a desaparecer con la extinción de los Diarios cuya íntidad me hizo sentirme mucho más humano al leerlo, que alguien más, una mujer o un hombre, podría poseer una mente oscura e incomprensible para la humanidad de otros tiempos siempre fue poderoso al saberlo.
¿Fue Andrés Oppenheimer qué dijo que en nacimientos de Twinter y Blogs había incrementado la información y los escritores, pero no todos los que escriben lo hacen con calidad, ó qué alguien escriba a lo loco no significa que ha aumentado el creciente número de escritores todopoderosos?
Me parece muy buena observación que la tecnología puede hacer desaparecer las cosas que una vez quisimos con ahínco, como los diarios. Un genero extinguido.
Sin emgargo hay que aprovecharnos en la época que nos tocó vivir como lo hizo alguna vez Stephen King.
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