26 de Marzo de 2010
El castigo para los asesinos de Monseñor Romero
Cuando iba bajando las gradas hacia la cripta de Catedral, en medio del montón de gente, le pregunto a un policía: “mire, ¿sabe si aquí va a ser la misa para Monseñor Romero?”. El tipo me mira muy serio y me contesta con toda seguridad: “probablemente quizás”. Probablemente quizás...
De hecho, la misa ya había iniciado, pero era tal la cantidad de gente que apenas podía verse y escucharse a los oficiantes, una serie de sacerdotes venidos de Australia, Brasil, México, Alemania y Estados Unidos así como de varias comunidades salvadoreñas. Pertenecían también a diferentes denominaciones religiosas (entre ellos había una mujer). La misa fue precedida por el obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, Samuel Ruiz (quien fuera uno de los oficiantes en la misa del entierro de Monseñor el 30 de marzo de 1980).
No tenía pensado ir a Catedral pero en la tarde sentí la imperiosa necesidad de estar allá, así es que un amigo muy gentilmente me acompañó y nos fuimos a pesar del tráfico de la tarde y del calor sofocante, que adentro de la cripta, y con cientos de personas amontonadas allí, era francamente asfixiante. Pero ni modo. Era allí donde tenía, quería y sentía debía estar esa tarde.
De hecho hacía varios años que no visitaba la tumba y me sorprendí al descubrir que no estaba en el mismo lugar dentro de la cripta y que ahora yace en el fondo de la misma, bajo una escultura que tiene en las cuatro esquinas unas figuras que no me gustan mucho, pero encima, como yacente, está labrada la imagen de Monseñor (creo que la escultura está hecha en madera, pero puede que me equivoque. Las emociones de aquella tarde y de toda la semana han sido bastante intensas como para fijarme en detalles... de hecho pienso regresar después de las conmemoraciones, con calma).
El caso es que, caminando a través de aquel mar de gente, logré por fin acercarme a la tumba, que estaba cubierta de flores, globos, papelitos, imágenes de Monseñor y todo tipo de recuerdos que la gente iba colocando encima, a excepción de la imagen de su rostro labrado. Y cuando vi aquello, la emoción fue tan grande que por supuesto se me llenaron de lágrimas los ojos.
No quería llorar. Porque no quiero (aunque me duele al día de hoy la manera tan canalla y cobarde en que lo mataron), pero no quería sentirme triste sino pensar en mis recuerdos personales de él, en su legado, en su palabra y su imagen, tan vivas y tan vigentes. Pero pues sí, uno no es de palo. Sentía el llanto ya en los ojos así es que decidí ver las fotos que había alrededor, que eran las de su cuerpo, herido, sangrante y acomodado en la tina de un pick-up para llevárselo a la Policlínica Salvadoreña. Y fueron quizás las fotos, o el mar de gente, o la devoción representada en aquellas cositas tan sencillas que la gente le llevaba como ofrendas las que me impactaron profundamente (me recriminé por llegar con las manos vacías, pero mi salida fue bastante espontanea y por lo demás, mis finanzas están en cero).
No pude evitar llorar. Llorar de rabia, de dolor, de tristeza. Incluso hasta de culpa. Uno imagina tontamente haber podido estar allí aquel 24 de marzo de 1980 en la capilla del Hospitalito de la Divina Providencia y haber podido hacer algo por evitar que él muriera, poner el cuerpo para detener la bala... Lloré también conmovida al ver a otros acercarse y también llorar o arrodillarse y orar en silencio, con los ojos cerrados ante la tumba de Monseñor. No pude dejar de llorar hasta poco antes de la comunión.
La homilía fue muy conmovedora también. La multitud la interrumpió con aplausos en varias ocasiones. De las cosas que mencionó el obispo Ruiz me impactaron dos en particular.
Una, habló de Monseñor y de su vivencia de la religión, que no era un cristianismo que se limitaba a la Biblia y a dar misa, sino que trascendió la página y se convirtió en práctica. En un ejercicio coherente con las enseñanzas de Jesús. Lo cual le otorgaba una solvencia moral muy fuerte. Sus palabras eran reforzadas por sus actos. Y los que tuvimos la suerte de estar en su sendero aprendimos eso mismo: la religión como práctica y no limitada a la teoría de un libro.
La otra fue que, a pesar del asesinato, de la guerra, de los 75 mil muertos y los miles de desaparecidos, torturados, niños secuestrados, exiliados y demás atrocidades que ocurrieron durante la guerra, a pesar de tanta muerte, tanto dolor y tanta violencia, los salvadoreños, dijo, tenemos el privilegio de tener en custodia el cuerpo de un santo. Y que como tal, era nuestro deber honrarlo y protegerlo, pero sobre todo, mantener vivo su legado.
Advertencia que estuvo de más. Si hubo algo que me conmovió (y que alimentó mi agridulce llanto) fue ver a gente de todas las edades, de diferentes rangos sociales (aunque la mayoría era gente de extracción humilde) pero sobre todo, gente llevando a sus hijos, muy pequeños y otros no tanto, para que conocieran la tumba de Monseñor. Quiero creer que cuando esos niños crezcan, habrán escuchado de sus padres, tíos y abuelos quién era Monseñor, qué hacía, cómo lo hacía y qué predicaba. Y como dije en el post anterior, admiro que gente que no lo conociera ni hubiera siquiera nacido antes de la muerte de Monseñor, lo honre y capten su mensaje con la intensidad y claridad con que lo vivimos los mayorcitos.
Luego de la homilía, habló Monseñor Rosa Chávez, un estrecho colaborador de Monseñor Romero, y aunque el sonido del micrófono que le tocó era bastante malo, mencionó el artículo de Carlos Dada que circuló el lunes. Y mencionó que gracias a ese artículo, los nombres de los implicados materiales e intelectuales en el magnicidio, se están dando a conocer por fin. También habló de las cartas y más gestiones que se están haciendo por lograr su canonización.
A la hora de la comunión muchos tomaron la hostia y se fueron a hacer su oración a la tumba. Y mientras miraba a la gente hincada sobre el piso, rezando con toda devoción y reverencia por nuestro pastor, pensé que el mejor castigo para toda la pandilla de sus miserables y cobardes asesinos, el peor castigo era exactamente ése: tener que vivir en El Salvador y ver cómo, año con año, la figura de Monseñor Romero, muy lejos de opacarse o caer en el olvido, crece y se mantiene viva. Y se ha mantenido viva por la fe y la admiración que él sembró en su vida a través, precisamente, de la coherencia entre sus actos, su palabra y su fe. La fe y la admiración de los que fuimos tocados por su presencia y su mensaje. Y que el número de sus seguidores va en aumento. En ese sentido, decir que Monseñor Romero sigue vivo no es una frase hecha: es una realidad palpable y que crece año con año.
Ha habido otros homenajes. Por primera vez homenajes oficiales por parte del gobierno en turno. Estuve luego en el concierto del Teatro Nacional. Pero de eso no voy a hablar. Estuvo bien, presidentes y ministros incluidos. Sacos y corbatas, perfumes y collares de perlas, sinfónica y coros. Operativo militar impresionante en el centro de San Salvador no para proteger al ciudadano común en la zona de mayor criminalidad del país sino para proteger al presidente, embajadores y funcionarios, por supuesto. Y mientras sonaba el réquiem de Mozart, estupendamente interpretado por la Sinfónica Nacional bajo la dirección de Germán Cáceres, me preguntaba qué pensaría Monseñor Romero de todo aquello.
Creo que le hubiera incomodado tanto homenaje y que él hubiera preferido la misa de Catedral, donde todos sudamos y nos apretujamos para llegar hasta su tumba y le dedicamos nuestras oraciones y nuestras lágrimas y donde la gente le dejó papelitos llenos de errores de ortografía dándole las gracias por favores recibidos o pidiéndole el milagrito de un trabajo o de que un hijo se comporte mejor. Y lo hubiera preferido simple y sencillamente porque así era él. Sencillo, humilde, auténtico. Fiel a su palabra, a su fe. Consecuente, valiente, muy valiente, y como ya lo he dicho también en más de alguna ocasión, la encarnación del verdadero significado de ser pastor de un pueblo.
Mi reciente regreso a El Salvador no ha sido fácil. El trabajo para el cual fui contratada fracasó. No termino de asimilar las diversas intensas violentas situaciones que ocurren aquí a diario y, como dije, no soy de palo y me impactan en muchos sentidos. Siento que por mi oficio de escritora, columnista y bloguera no puedo encerrarme en una burbuja, como hacen muchos, y aislarme de la realidad. Vivir en este país no es fácil. Ni barato. Pero si hay algo que me alegra de mi regreso es el haber podido estar en San Salvador para este aniversario y compartirlo con cientos, miles de gentes que lo conocieron y que lo recuerdan y que seguirán manteniendo viva la presencia de ese espíritu iluminado que fue Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Y sus asesinos que se aguanten.
Hola Jacinta. Qué bonito tu post. Me conmoviste con tu relato y me animaste a visitar yo también la tumba de Monseñor Romero. Un abrazo!
Vanessa Núñez | 28 de Marzo de 2010 - 09:23 PMMuy bueno.
Saludos
Gracias Vanessa. Hay que ir a su tumba, a fin de cuentas es uno de los capítulos fundamentales de nuestra historia.
Gracias Nicolás, saludos a vos también.
Jacinta | 29 de Marzo de 2010 - 05:59 PMJacinta no se abata, una puerta se cierra y se abre un portón, todo reinicio es difícil, pero con su voluntad al final tendrá su recompensa.
Un saludo y siempre es agradable leerla, Monseñor le acompaña.
luis | 30 de Marzo de 2010 - 03:38 PMGracias Luis por sus palabras.
Me quedo con la frase "Monseñor le acompaña". No sabe lo que me conforta pensar que así sea...
Saludos.
Jacinta, gostei muito do seu post, porque sou um admirador férreo de Monsenhor Romero. Cumprimentos portugueses.
E acho que, referindo-se às suas recordações pessoais de Monsenhor, deveria pô-las todas por escrito. E eu gostava muito de as conhecer.
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