24 de Marzo de 2010
30 años...

¿Quién besara esa frente?
¿Quién pusiera el cuerpo para salvarte?
¿Quién embebiera su pañuelo con tu sangre y guardarlo como reliquia para recurrir a ella cuando necesitáramos fuerza y valentía?
Ayer estuve en el coloquio “Historia y memoria: una contribución al esclarecimiento del asesinato de Monseñor Romero” (puede escucharse el podcast en la página enlazada y pronto subirán el video).
Fue, como suele serlo, muy fuerte escuchar los diferentes testimonios e información del caso, en particular el testimonio del Reverendo William Wipfler, quien habló de aquella última misa en Catedral el 23 de marzo, cuando Monseñor Romero le ordenó a los cuerpos armados del país cesar la represión contra el pueblo. Me gusta (y me parece además muy importante), que se comparta una imagen humana de Monseñor, es decir, las anécdotas de él como persona, porque por desgracia se suele politizar su mensaje o utilizarlo con fines bastante alejados de lo que fueron él y su labor espiritual.
Presente en la mesa estaba Carlos Dada, el autor del artículo que este lunes pasado sacudió la conciencia del país. Habló un poco de la elaboración de estas entrevistas con Saravia, que fueron varias y realizadas en un lapso de 2 o 3 años. Dijo Carlos en algún momento que por muy difícil que le resultó realizar esta investigación (en cuanto a superar su asco personal por este sujeto Saravia), sintió que se convirtió en una obligación realizar ese trabajo.
Fue bastante la sorprendente información que nos fue compartida la tarde de ayer. Por ejemplo, que el Coronel Nicolás Carranza, ex-vice ministro de Defensa y uno de los hombres fuertes del ejército en la década del 80, trabaja (o trabajó, no sé si aún lo hace...) como vigilante de un museo en Memphis, Estados Unidos. Carlos Dada, hace un par de años hizo una investigación sobre este oscuro personaje y resulta que, desde su posición de vigilante, todos hablan bien de él, dicen que es atento y amable, ignorando sus vecinos y colegas que se trata de uno de los personajes más turbios de nuestro país.
Carranza fue juzgado en los USA, donde admitiera ser agente de la CIA desde los años 60 y donde, sin ningún asomo de arrepentimiento ni compasión, se vanaglorió de su trabajo en el ejército salvadoreño.
Por cierto, y esto es necesario decirlo en voz alta, el abogado defensor de Carranza fue pagado con los impuestos de todos los salvadoreños: su abogado defensor fue pagado por el gobierno del anterior presidente Antonio Saca, según lo comentó la Dra. Almudena Bernabeu.
Como ya he mencionado, tuve el privilegio y la bendición de conocer a Monseñor Romero, de que fuera parte de mi vida gracias al colegio de monjas donde estudié, de escuchar no sólo su mensaje directamente sino de conversar con él informalmente, escuchar sus bromas, conocer su humildad (una humildad que desarmaba, porque quiérase o no, ser Arzobispo de un país es una posición de poder, pero él no era para nada ostentoso con eso), podérmelo topar en los corredores del colegio en cualquier momento y otras cosas que ya he comentado.
El coloquio de ayer y una entrada muy conmovedora en el blog de Aniuxa me dejaron pensando en varias cosas: no sé por qué pensaba que los que reinvindicamos la imagen de Monseñor somos “los mayorcitos”, o sea, los que lo conocimos, los que lo vivimos. Pero leyendo el blog mencionado, me sorprendí al pensar que hay muchísima gente que ni siquiera había nacido o que eran pequeños niños cuando mataron a Monseñor y que, a pesar de eso, guardan un respeto muy grande por él.
Confieso que en mi adolescencia, la verdad es que tampoco tenía una idea de la magnitud del personaje que era o llegaría a ser Monseñor. Digo: uno convive con una persona con algo de frecuencia y está ahí. Y uno piensa que siempre estará. Y sabíamos que era “el arzobispo” y que era “monseñor Romero”, pero era como parte de la familia y lo que te une es el afecto. La admiración vino después. Y la comprensión plena de su labor, su mensaje y su martirio personal, a pesar de que en el colegio estudiábamos minuciosamente todas sus homilías, párrafo por párrafo, como buscando entre líneas la piedra filosofal.
Esta semana, luego del artículo de Dada, del coloquio de ayer y de todas las emociones que ha revuelto toda la información que ha salido a luz, me ha quedado la certeza y el convencimiento de que el rescate de la memoria histórica debe realizarse a partir de la sociedad civil. Que es nuestro deber hacerlo. Que ya basta de estar esperando que otros (el gobierno u otras organizaciones) lo hagan por nosotros.
Somos nosotros, los que tenemos las herramientas y la experticia para hacerlo, los que debemos reconstruir la historia, investigarla y dejarla plasmada. Periodistas, abogados, escritores, antropólogos, sociólogos. Pero tenemos que reconstruir la historia contada desde la calle de en medio, es decir, la historia no politizada ni manipulada por ninguna ideología, sino la historia como un mecanismo de búsqueda de la verdad, de la reconstrucción de la identidad nacional, de la comprensión del momento histórico (o mejor dicho “histérico”) actual, y de la búsqueda y ojalá obtención de un ajuste de cuentas entendido no como una venganza, sino como la elaboración y asimilación de nuestro pasado, lo que ojalá permita que mediante una clarificación de los eventos que ha vivido este país, podamos impedir que en el futuro recurramos a los mismos sombríos mecanismos para resolver nuestras diferencias ideológicas.
También me ha quedado la certeza y el imperativo personal de que los que vivimos aquel tiempo, los que conocimos a Monseñor Romero, los que vivimos la guerra, los que recordamos y estamos lúcidos, tenemos la obligación moral y social de dejar testimonio. Porque ningún libro de historia podrá plasmar con objetividad ni con detalle la complejidad de aquel tiempo y porque la distorsión y el olvido son peligrosos, sobre todo en nuestra muy frágil sociedad.
Ciertamente no somos pocos quienes no teníamos edad para darnos cuenta de la dimensión que tenía Monseñor, pero la sentimos ahora. Yo nací un año y medio después de su muerte, pero he visto en mi familia y en gente muy pobre esa devoción por alguien que no solo les devolvió la dignidad que era pisoteada, si no que además iluminó el camino para salir adelante.
Como decía él, es nuestra labor ser micrófonos de Dios, ir y llevar su mensaje de esperanza, de cordura, de diálogo y de compromiso a toda costa con lo que es justo.
Saludos
Victor
Victor | 24 de Marzo de 2010 - 06:43 PMGracias Víctor por su comentario.
Eso viene a demostrar que el mensaje de Monseñor fue tan fuerte, tan correcto y justo, que le sobrevivió y que tendrá validez siempre.
Eso es lo que lo convierte en inmortal y universal.
Yo tampoco había nacido cuando asesinaron a monseñor Romero... pero siento como que si lo hubiera conocido. Leyendo su texto e informadome en otras fuentes he comprendido que monseñor Romero además de ser la voz de los sin voz, era la única voz racional y sensata en medio de un caos social. Por eso su labor ha trascendido en la historia y lo seguira haciendo...porque todos nos vamos a encargar de que su legado no se pierda, de que su muerte no sea en vano.
Margarita
Margarita | 24 de Marzo de 2010 - 08:04 PMSin lugar a duda, somos nosotros los artifices de esa historia. Aqui en Los Angeles nosotros hemos retomado el trabajo de entrevistar personas de la Diaspora, para que quedel el referente historico de nuestra comunidad.
rossana | 24 de Marzo de 2010 - 09:47 PMLa verdad naci algún tiempo después de la muerte de Monseñor, lo conocí através del colegio y mi familia, lo que ellos contaban, lo que he percibido a través de la lectura de sus homilías.... y sí es verdad, con tan sólo escuchar lo que la gente dice de él, te pasa un cierto espíritu de paz y armonía, humildad....
christy najarro | 25 de Marzo de 2010 - 03:22 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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