22 de Marzo de 2010
¿Quién de nosotros?
1. Apenas voy a cumplir cuatro meses de haber regresado a El Salvador, y parece como que llevara aquí diez años. No lo digo porque es mi país y porque eso supone una continuidad con algo que ya se conoce. Lo digo porque la intensidad y la variedad de los sucesos de los que me ha tocado ser testigo, me han hecho sentir como que he vivido demasiadas cosas en una sucesión tan veloz y en tan poco tiempo que apenas he podido digerirlo.
Aparte del proceso interior normal de alguien que regresa a vivir a su país luego de algunos años de ausencia, se trata también de lo que pasa a su alrededor, de lo que ve, de cómo percibe el lugar. Cada semana trae intensos debates políticos, éticos y sociales, malas noticias, cejas alzadas ante el encarecimiento de la vida, expectativas decepcionadas y violentadas de un plumazo, violencia desmedida y un creciente e inagotable hartazgo ante lo que vemos pasar con toda impotencia.
La semana en la que escribo esto culminó con un hecho que estuvo en boca de todos. Cuando ya pensábamos que no nos podríamos sorprender más por las diferentes historias de crimen y muerte que ocurren, fuimos sacudidos al ser testigos, gracias a una secuencia fotográfica, del asesinato de Carlos Fernando Garay, de 17 años, estudiante del primer año de bachillerato en Hostelería y Turismo del Instituto Nacional Francisco Menéndez.
2. Parece que se nos está tornando cíclico esto de que cada tanto tiempo hay algún crimen en particular que nos indigna colectivamente pero, al poco tiempo, todo queda en el olvido y cada quien sigue con su vida, hasta la próxima vez que otro crimen nos indigne. Pienso en el caso de Christian Poveda, por ejemplo. O en el caso de las muchachas decapitadas por sus amigos, adolescentes todos ellos. Ahora es el caso de Carlos Fernando Garay.
En cada ocasión parece que ya estamos rebalsando hasta la coronilla de indignación. Numerosos clamores airados exigen por diversos medios un “basta ya” a tanta violencia. Pero fuera de más y más discusiones, todo sigue igual.
Éste es un caso algo diferente porque hay varios puntos que ameritan discusión. Uno fue, por ejemplo, la actitud del fotógrafo Nilton García. ¿Debió tomar las fotos o ayudar a Carlos?
Yo les pregunto, y espero que contesten con sinceridad: ¿Quién de nosotros se hubiera acercado a ayudar a Carlos? ¿Quién de nosotros se iba a enfrentar al muchacho con la cuchilla y se la hubiera quitado (y no olvidemos a la muchacha que lo acompañaba)? Quizás entre 3 o 4 se hubiera logrado neutralizar a la pareja, pero ¿una sola persona lo hubiera intentado? No lo creo.
La nota del periódico subrayó precisamente la indiferencia de los transeúntes. ¿Saben por qué nadie lo ayudó? Porque en este país tenemos miedo y dejamos que el miedo nos domine. Si vemos que alguien es agredido en la calle, mejor nos cruzamos, evitamos el pleito, de ser posible hasta miramos para otro lado. Y lo hacemos porque tenemos miedo de que también nos maten. Porque tenemos miedo de que nos reconozcan y nos busquen después a nosotros o a nuestra familia.
Esto lo sabemos muy bien los que hemos sido asaltados con violencia. Cuando a mí me agarraron a golpes para asaltarme en el centro de San Salvador hace unos años, logré observar los rostros de algunas personas a mi alrededor, con la esperanza de que alguien me ayudara. Los pocos que hicieron contacto visual conmigo voltearon de inmediato la cara. Querían ver porque les ganaba la morbosidad pero no querían meterse, caminaban haciendo un círculo alrededor de nosotros (supongo que para permitirle al asaltante suficiente espacio para golpearme mejor), ni la policía ni el CAM ni ningún tipo de autoridad apareció en mi auxilio, por lo cual además deduzco que nadie llamó al 911.
La sensación de impotencia y de soledad que se tiene cuando se es víctima de algún acto delictivo y nadie acude en tu ayuda es profunda. Cuando vi las fotos de Carlos no pude evitar revivir esa sensación.
3. Ojalá que estas fotos obren como una gran bofetada en el rostro de nuestra sociedad. Porque uno de nuestros mayores problemas es que el constante roce con la violencia nos tiene insensibilizados.
Este no es el único caso y seguramente no fue el único de aquel día ni tampoco será el último. ¿Qué lo hace diferente? Que quedó documentado para que nos demos cuenta que los 14, 15 o 16 asesinatos diarios son reales, que los muertos tienen nombre y apellido, que tienen rostro, que tienen familia que los llora y los extraña.
Las autoridades se han pasado años convenciéndonos de que la violencia proviene sobre todo de las maras o del crimen organizado. Pero estas fotos vienen a demostrar que la violencia la tenemos metida en todos los ambientes de la sociedad, en las calles, en los hogares, en las colonias “bien” y hasta en los centros de estudios.
¿Qué debió haber hecho el periodista? La respuesta inmediata sería decir que debió haber ayudado a Carlos. Y para que usted lo sepa, de hecho lo hizo. Llamó al 911 para pedir ayuda mientras, con un telefoto, tomaba las imágenes a una distancia prudencial. Mucho más cerca de la escena estaban un par de guardias privados y armados que, al igual que el resto de los que pasaron por el lugar en ese momento, no hicieron absolutamente nada, porque el suceso no tenía que ver con el lugar que estaban cuidando.
Me parece que aquí la discusión no debería desviarse ni empeñarse en juzgar moralmente a un periodista que, finalmente y en medio de una situación veloz y compleja, lo que hizo fue su trabajo. Un trabajo que nos deja un patético y duro retrato del estado de la nación. Una serie de fotografías que ojalá sirvan también para que este crimen no quede impune.
Esas fotos hablan de la indiferencia de los pasantes y desmitifica la cantaleta de que la violencia proviene sobre todo de pleitos entre pandillas. Retratan el riesgo extremo en el que vive y muere nuestra juventud y toda nuestra ciudadanía. Nos provocan rabia y nos impulsan a la indignación. Ojalá que también nos induzcan a la reflexión profunda pero, sobre todo, a la acción.
4. Cadáveres desmembrados; jóvenes que se matan en la calle, en pleno día; asesinatos grupales; granadas lanzadas en lugares públicos; buses quemados; choferes y cobradores asesinados; el nivel de stress que esto impone en todos... no es de extrañar que la salud mental de los salvadoreños se vea afectada y que todo eso termine traduciéndose en pequeños episodios cotidianos de agresividad que van desde la mala atención que recibimos en un comercio u oficina hasta las groserías y la prepotencia que manifiestan con demasiada frecuencia los conductores de vehículos.
Todos estamos indignados, es cierto. Pero quizás lo más grave de toda esta situación es que no vemos el impulso de acciones que combatan la violencia de manera efectiva. Y no sólo me refiero a acciones represivas, sino a acciones preventivas, de reeducación y a acciones legales que permitan que las penas aplicadas estén acordes con la gravedad del delito cometido, independientemente de la edad del criminal. ¿O qué creen? ¿Que un muchacho de 16 años que decapita a un par de muchachas (que además conocía), se va a regenerar durante siete años en un centro de menores? Alguien que obra así tiene ya un nivel de descomposición interior tan profundo que, francamente, no sé cómo pueda revertirse.
5. ¿Cuántas personas más tendrán que morir antes de que este problema encuentre una solución real? ¿Cuántos salvadoreños más verán su futuro truncado por unas puñaladas o un balazo? ¿Cuántos crímenes atroces seguiremos viendo antes de que la ira colectiva se salga de control?
¿Debe aumentarse la pena máxima para los menores? ¿Servirá eso para reducir en algo la criminalidad? ¿Alguien que pasa una temporada en una de nuestras cárceles o centros de menores saldrá convertido en mejor ciudadano? ¿Podrá reintegrarse a la sociedad o saldrá más torcido de lo que entró? ¿Sería la reeducación y la reinserción de ex-criminales algo posible en un país con el nivel de descomposición moral como el que vivimos?
Volvamos sobre el hecho periodístico que tantos criticaron: ¿Se debe o no informar sobre los diferentes delitos que ocurren? ¿Y cómo debe informarse sobre ellos? ¿Dónde está el límite ético que distingue el cumplir con el deber profesional o cumplir con el deber moral?
Pero antes de tirar la próxima piedra pregúntese a sí mismo y responda con sinceridad: ¿qué es lo que usted va a hacer la próxima vez que vea un crimen de estos ocurriendo delante de sus propios ojos? ¿Ayudará a la víctima aún a riesgo de su propia vida? ¿Lo hará?
(Publicado en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 21 de marzo 2010).
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