10 de Febrero de 2010
El poeta Raymond Carver
¿Qué modo de vivir era este? ¿Un modo de vivir
donde un hombre está tan ocupado que ni puede leer poemas?
Eso no es vivir.
("El informe", Raymond Carver).
Ya lo he dicho más de una vez pero lo tengo que volver a decir: me alegra supremamente recuperar mi biblioteca y juntarla con otros libros que traje de Costa Rica. (Ténganme paciencia y comprensión: si lo repito tanto es por auténtico júbilo).
No se trata solamente de recuperar “un montón de libros viejos” (como calificó mi padre alguna vez a mi biblioteca). En muchos casos, uno vuelve a leer los títulos y los autores y es como reencontrarse con viejos amigos, con “gente que uno conoce”. En otros, en los libros que nos esperan con silenciosa paciencia para que exploremos sus páginas y sus mundos secretos, es como que alguien te aguarda en un café con la intención de conocerte, alguien a quien no conocés muy bien y que te causa curiosidad.
Volviendo un poco sobre un tema de días anteriores, creo que los lectores electrónicos de libros no podrán provocar ese sentimiento. Es el desfile de portadas y ver el nombre de los autores y los títulos en dichas portadas, los que provocan esa magia tan sencilla, esa sensación de reencuentro y de toparse con alguien. (De alguna manera, sí nos encontramos con alguien cuando leemos: alguien que nos desnuda y confía un poco de su imaginario secreto, de su intimidad, de su silencio volcado a palabras).
Esa sensación la recuperé hace un par de domingos mientras terminaba de acomodar unos libros y encontrarme con un par de Raymond Carver. Era más conocido como narrador pero también escribía poemas, aunque muchas veces sus versos parecen historias y de hecho cuentan cosas en ese mismo estilo seco y directo que figura en sus cuentos.
Lo irónico es que siendo Carver uno de mis autores favoritos, solamente he leído sus cuentos en libros prestados y los que tengo de él son dos de poesía, Ultramarines y Bajo una luz marina (que no es el mismo que el anterior, pues su original en inglés se titula In a marine light, aunque el primero contiene algunos poemas del segundo libro).
Carver es un autor al que me gusta mucho referirme en mis talleres de narrativa porque creo que su estilo es esencial para aprender varias cosas, sobre todo la exactitud del lenguaje, de la frase bien pulida. O de lo que se puede dejar implícito en lo que no se cuenta.
Es conocido el hecho de que su editor, Gordon Lish retocaba mucho los textos originales y “terminados” que le mandaba Carver. Lish se supone el verdadero creador del “estilo Carver”, de frases secas pero cortantes como cuchillas. Incluso se le supone el autor de los títulos de varios de sus libros (los títulos originales de Carver no eran así de buenos...). Pero esa plática la dejamos para otro día porque tendríamos que meternos a explorar la relación escritor-editor y la idea de hoy es hablar de otra cosa.
Lo que no sé es si la mano de Lish y sus cortes y correcciones se extendían también a los poemas de Carver, o si los poemas que leemos son lo más cerca y auténtico de Carver (si alguien sabe este detalle, no dude en compartirlo).
En todo caso, es quizás en sus poemas donde tenemos un acercamiento íntimo más fiel a la vida del autor. Hay múltiples referencias autobiográficas: su esposa Tess, su hija alcohólica, el padre muerto, la madre que depende de él económicamente...
Siempre he creído (aunque sé que no es cierto), que por lo general, el poeta “no miente”, no cuenta historias, no ficciona, y que cuando leemos un poema, nos acercamos lo más posible al corazón del escritor. Ha sido mi errónea percepción, insisto. Sé de poetas que cuentan historias falsas en sus poemas y que lo hacen así porque es el verso la mejor manera que encuentran de transmitir la historia o las emociones que los persiguen. O quizás es (como también nos pasa a los narradores), la invención de una ficción la mejor manera de contar la esencia de un suceso de nuestras vidas. Contar el sentimiento, pero no el hecho. Contar el pensamiento, la lección de vida, pero no el camino. A fin de cuentas, la literatura de ficción no es un confesionario público. Aunque hay quienes creen que lo es e insisten en usarlo como tal.
En la poesía de Carver, los versos no son malabares de palabras, ejercicios de ritmo ni metáforas huecas y vencidas. En realidad hay poco uso de la metáfora. Aunque si se quiere, el hecho descrito se convierte en una metáfora que al lector le toca vislumbrar. El hecho como metáfora.
Hay mucha gente que escribe verso y muchas maneras de hacerlo. Hay enfoques diferentísimos en la escritura de un poema. Pero escasos son aquellos que saben cómo hacerlo y tocar el corazón del lector. Descubrir cómo lograrlo (un enigma tan viejo como el tiempo), es descubrir la verdadera poesía. Releyendo su poesía, diría que Raymond Carver llegó allí.
El correo
Sobre la mesa, una postal de mi hijo
en el sur de Francia. El Midi,
lo llama él. Cielos azules. Casas hermosas
cargadas de begonias. Y sin embargo
él está en la ruina, necesita dinero enseguida.
Junto a su tarjeta, una carta
de mi hija hablándome del que vive con ella,
el colgado de la anfeta. Está destrozando
una moto en el cuarto de estar.
Subsisten a base de harina de avena,
ella y sus hijos. Por el amor de Dios,
necesita alguna ayuda.
Y está la carta de mi madre
que está enferma y pierde la cabeza.
Me cuenta que no quiere quedarse aquí
mucho más. ¿No la podría ayudar
en este último traslado? ¿No puedo pagar
para que tenga casa propia?
Salgo. Pensando en pasear
hasta el cementerio en busca de consuelo.
Pero el cielo está agitado.
Las nubes, enormes e infladas de oscuridad
a punto de abrirse.
Entonces el cartero llama.
Su cara es de reptil. Echa la mano atrás,
¡como si fuera a golpear!
Es el correo.
Creo que a Carver le pasa lo mismo que al Bukowski poeta: su poesía tiene la fuerza, la intensidad de un relato breve. No hay malabares con el lenguaje, ni figuras literarias. Todo el texto es un hecho poético en sí mismo. Me encantan los dos. Saludos Jacinta.
vania vargas | 10 de Febrero de 2010 - 05:41 PMGracias Vania, ¡un gran abrazo hasta mi queridísima Guatemala!
Jacinta | 10 de Febrero de 2010 - 06:45 PMCuando usted habla de cómo los libros de nuestra biblioteca personal(esa que uno mismo casi sin darse cuenta construye libro por libro)son como viejos conocidos nuestros, lo comprendo perfectamente. Me pasa con muchos de mis libros que al leerlos de nuevo es como vacacionar pero aventurando, leer es viajar geográfica y cronológicamente y en cierta medida es también un viaje al interior de uno mismo; creo que es un acto de autodescubrimiento que produce una, no se si llamarlo asi: sensacion de placer. Me pasa con El Nombre de la Rosa, con El Tambor de Hojalata, con Narraciones Extraordinarias, etc. Y al acercarme al final de mis libros favoritos (no importa cuantas veces los haya leido) siempre me da un raro sentimiento de melancolia y tristeza, como si estuviera efectivamente, a punto de despedirme no se por cuanto tiempo de un viejo y muy fiel amigo.
Luis Cornejo | 11 de Febrero de 2010 - 08:05 PMhay mucha sinceridad y transparencia en tus escritos : un estilo que me agrada mucho!
susana | 12 de Febrero de 2010 - 11:37 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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