7 de Septiembre de 2009
El primer día de mi exilio
Quince de marzo de 1980. Los últimos días habían pasado rápido. En menos de un mes tenían que irse. El viaje parecía demasiado sacado de la manga como para ser cierto. Pero lo era. Se iban. Decían que era por un hipotético “unos meses”. Pero ella intuía que era “para siempre”.
Aquello significaba despedirse de lo que más amaba en el mundo. De sus amigos. De sus animales. De sus cosas, de su hogar. ¿Qué llevarse, qué dejar? ¿Cómo decir “adiós”? ¿Cómo comenzar una vida nueva? ¿Cómo olvidar la antigua?
El momento culminante de la angustia fue la despedida en el aeropuerto. Ese no saber. Esa sensación de soledad que jamás ha dejado de acompañarla a todo lo largo de su vida. En los instantes culminantes siempre parece ser que el único testigo, siempre fiel y presente, es su soledad. Su soledad lo sabe todo.
Y aunque intenta recordarlo, no lo logra. No recuerda el rostro, siempre contenido de su Padre. El rostro que, está ahora segura, ocultaba el dolor. Un hombre de 76 años se separaba voluntariamente de sus dos únicos hijos y de la que había sido su esposa en los últimos 20 años, ella mucho menor que él. Padre sabía que ese día comenzaba su propia soledad.
Todos sabían, pero nadie lo decía, que aquello no era solamente una despedida. Era una separación. Era un divorcio. Era una desgracia. Una desgracia que contenía una maldición. No lo sabían entonces, pero solamente se reunirían una vez más, los cuatro.
Recuerda, eso sí, el trayecto entre Los Planes de Renderos y el aeropuerto de Comalapa. Era la primera vez que iban al nuevo aeropuerto. Era la primera vez que viajaban por la carretera que habían visto construir durante meses desde el ventanal del comedor, desde donde se miraba el Valle de San Jacinto, el Lago de Ilopango, cerros y lomas. Ver un paisaje así durante 18 años, cada día, casi cada minuto de tu vida, te hace creer en Dios.
Ella recuerda nada más luces. Las luces encendidas de la ciudad dormida, muda, solitaria. Una ciudad que por las noches parecía una ovejita tierna y mansa, pero que sabía esconder muy bien su calidad de lobo depredador.
Madre no decía nada. Hermano tampoco. Ella menos. No podían hablar. No sabían hablar. Nunca supieron cómo hacerlo. Para cada uno el viaje era diferente. Para cada uno había una angustia particular. O un alivio. O congoja.
Recuerda lágrimas en el avión. Muchas lágrimas. Los tres lloraron.
Recuerda las horas de espera en el aeropuerto de Bermudas. Un aeropuerto gris, pequeño donde no había qué comer. Donde no había qué mirar. Donde no había qué hacer.
Recuerda el tedio. El interminable. No era el primero, porque ella sube y baja de aviones desde que tiene 5 años. Y viajar te hace conocer el verbo “esperar”. Practicarlo. Sentirlo. Casi amarlo. Y esperar te hace conocer el tedio. La seca paja intragable que es el tedio.
Recuerda asientos negros y rostros aburridos. Siluetas. Una tienducha que vendía chicles y periódicos. Un atardecer interminable. Algún ventanal. Y una humilde palmera. E imaginar las playas de arenas blancas y aguas color turquesa. Y cuerpos bronceados contoneándose perfectos, sudorosos, semi desnudos. Y el resplandor del sol sobre las olas y el mar, espejitos, diamantes deslumbrantes. Vacaciones en el mar. Vivir en el mar. Vivir sola en el mar. Ser el mar.
Despegan de Bermudas y ya es de noche. Ella se asoma a la ventanilla y emprende el ritual que ejecuta cada vez que viaja por avión: imaginar que éste cae.
Afuera es la oscura leche de la noche. Leche negra. Leche fría. Leche de muerte. Hay un momento, mientras cruzan el Atlántico, en que siente que el avión ya no se mueve. Piensa que quizás murieron sin darse cuenta. Y que sus almas se han quedado trabadas para siempre en aquel avión. Y que permanecerá sentada en el avión por el resto de la eternidad. Asomándose a la ventanilla sin ver nada más que la leche de la muerte. Sintiendo que ya no hay movimiento. Que nadie habla. Y lo único que escucha es el motor del avión (para siempre, no olvidemos que es “para siempre”). Y lo único que se mueve es ella, que mira su propio reflejo sobre la ventanilla. Y cree que está viva aunque quizás esté muerta, ya no sabe. No siente nada.
Cuando arriban al aeropuerto de Tegel, en Berlín Occidental, es la mañana del día siguiente. Los abuelos alemanes están para recibirlos. Y Madre y Abuelos comienzan un interminable parloteo en alemán. Ella no entiende ni jota. Ella y Hermano no dicen nada. Sólo obedecen y los siguen.
Salir del aeropuerto. Caminar a una parada. Montar en el autobús con aquella impensable cantidad de maletas (recordemos, se iban “por unos meses”), ver por la ventanilla del autobús color crema de dos pisos, y decirse a sí misma mientras mira un bosque con árboles desnudos y secos: “Éste es el primer día de mi exilio”.
De los tres viajeros de aquella mañana, Madre nunca volvería. Hermano volvería para quedarse años después. Ella sigue vagando por el mundo como gitana errante, sin encontrar hogar ni sosiego.
El cuarto, el que se quedó, nunca volvería a vivir con nadie. Murió, en compañía de su soledad, casi exactamente veinte años después.
(Publicado domingo 6 de septiembre 2009 en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).
Jacinta a las 05:23 PM | Referencias 0Jacinta muchas gracias por compartir este relato. Es una historia que refleja ese sentimiento que trae el exilio. Un exilio que sigue y sigue en diferentes partes del mundo y le sucede a muchas personas.
Alma | 8 de Septiembre de 2009 - 11:42 PMGracias Alma, a veces pienso que de hecho los exilios nunca terminan, porque aunque uno retorne, se han roto muchas cosas y han cambiado mucho (y uno también cambia en el viaje).
Jacinta | 10 de Septiembre de 2009 - 04:06 AMSería bueno hacer una antología de relatos como el tuyo ¿no te parece? Podría llevar el mismo título: Primer día del exilio y tendría tantas ventanas y tantos caminos como vidas y rostros que se fueron al exilio.
Álvaro | 15 de Septiembre de 2009 - 07:00 PMBuena idea Álvaro. Saludos.
Jacinta | 16 de Septiembre de 2009 - 01:12 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
