29 de Julio de 2009
Sin nombre
Maras y migraciones son dos realidades cotidianas intensas para millones de centroamericanos. De manera directa o indirecta nos relacionamos con al menos una de ellas, quizás acaso más con las migraciones. Conocidos, familiares, amigos, más de alguien que conocemos y amamos ha tomado su maleta y se ha ido, de cualquier manera posible, a otro país para buscar una mejor vida. Algunos, de manera también directa o indirecta, hemos tenido que conocer a las maras. Recuerdo a una pareja de migrantes salvadoreños que trabajaban en Florencia, Italia. Cuando les pregunté por qué se habían ido de El Salvador, él dijo: “si me quedaba sólo tenía dos alternativas: me mataban o me hacía de la mara”. Y no quería ni morir ni ser marero y no vio más alternativa que irse, con su novia, y se la miraban de cuadritos en Florencia, sobre todo porque ella no tenía papeles, pero todo era mejor a correr el peligro de la dominación de la mara.
En lo personal no voy a olvidar jamás algún viaje rumbo a mi casa, cuando el bus atravesaba una calle lateral de la Colonia Modelo y la mara paró el bus. Se montaron los muchachos, tatuados, y el asunto era que le pedían al chofer el peaje correspondiente. Yo, que iba sentada en el primer asiento junto a la puerta, vi la lágrima tatuada junto a la esquina del ojo izquierdo que llevaba el que se había subido al bus y le hablaba al chofer. “Portate bien” le decía al chofer, mientras apretaba un puñal en la mano izquierda, medio metido en el pantalón, pero lo suficientemente a la vista como para que el chofer y los pasajeros lo viéramos.
Maras y migraciones se han convertido también en un tema que se está trabajando desde el arte y la literatura. No siempre a mi gusto, confieso. Creo que en muchos casos, se hace una exaltación de ambos. Al migrante se le pinta como un héroe romántico victimizado, al marero como un anti-héroe diabólico al que, por cierto, se le culpa de todo lo malo que puede pasar en un país. En El Salvador se dice que la violencia y la criminalidad es “toda” causada por las maras, algo que sinceramente no creo. Nunca fuimos particular y equitativamente “buenos” en El Salvador como para creer que nunca hubo delincuentes hasta que aparecieron los mareros.
Por lo demás, no faltan las exposiciones de fotografías de mareros con cuerpos cubiertos enteramente por tatuajes o haciendo las señales de manos que identifican su lenguaje hermético en cualquier lugar que se encuentren. Una “estética de la violencia” que, colgada de un salón de exhibiciones, parece sublimar y casi admirar a estas personas.
La excelente película mexicana Sin nombre, primer largometraje de Cary Fukunaga, fue la que me llevó a pensar y recordar estas cosas. Sería difícil contar la trama sin adelantar elementos que arruinarían el ver esta película. Baste decir que la historia involucra a una clica de la Mara Salvatrucha operando en Tapachula, México y a una muchacha hondureña que junto con su padre y su tío, emprenden el viaje con la esperanza de llegar hasta Nueva Jersey. Para ello cruzan el Río Suchiate, en la frontera Guatemala-México y se montan en lo que conocemos como el Tren de la Muerte.
Debo decir que me llevé una muy agradable sorpresa con esta película. Me gustó la construcción de la historia, los personajes, la fotografía, el uso de la música y las actuaciones. Excelente uso de la tensión dramática. Muy buenos actores, todos convincentes y equilibrados en sus papeles. Buena recreación de ambientes, gran utilización de exteriores.
Pero creo que lo que más me gustó de la película fue su tono balanceado en el tratamiento de los personajes. No se romantizó a los migrantes, no se satanizó a los mareros. De alguna manera todos los personajes eran simple y justamente lo que eran: seres humanos. Aún los mareros. Hay una escena que representa esto muy bien: cuando Lil’ Mago, el jefe de la clica (un tipo de aspecto intimidador que tiene tatuajes hasta en la cara), está sosteniendo a su pequeño bebé mientras están “ajusticiando” a un marero rival que intentaba irse a los USA. Lil’ Mago besa y le hace cariñitos al bebé, como cualquier padre lo haría. Y no le tiembla la voz para ordenar la ejecución del rival, que por cierto recae en Smiley, un niño de 11 o 12 años, recién “brincado” e iniciado al mundo de la mara por Casper, uno de los protagonistas de la historia.
Otro elemento valioso es la utilización del lenguaje. Los centroamericanos hablan como tal, los mareros hablan como tal, y los mexicanos hablan como tal. No hay acentos forzados ni aprendidos, lo cual le da un tono de gran autenticidad a la historia. No hay por lo tanto diálogos forzados o no creíbles, todo fluye. Me parece que esto fue un riesgo medido por parte del director pero que se libra muy bien. Hay realmente muchas expresiones que no se entienden, y quizás, si no se es de Guatemala, El Salvador y Honduras, habrá muchos espectadores que perderán gran parte de la sutileza de todo lo que se dice. Vamos, que para el común de la gente el lenguaje hermético del marero tampoco es de conocimiento general, pero varias expresiones pueden deducirse dentro del contexto.
La película no pretende explicar por qué la gente migra, cómo se formaron las maras o por qué la gente se mete en ellas. No justifica, no acusa, no victimiza. Obviamente lo que se quiere es contar una historia. Pero esa historia nos permite tener un atisbo de un macro-cosmos ajeno y complejo, pero real y muy presente en nuestra realidad regional.
Y su manera de presentar ese otro mundo es tan efectiva que, por lo menos cuando yo salí del cine y buscaba la salida atravesando las lujosas tiendas y ese ambiente tan frívolo y ascéptico de Multiplaza del Este en San José, me sentía muy extraña, desubicada. Multiplaza era una farsa. Las maras y las migraciones son la realidad, aunque no las veamos. Allí están, tocando y trastocando nuestras vidas, vivas y accionando en el preciso momento en que escribo esto.
espero llegue a los cines de El Salvador, sino en su defecto, como siempre, a algun rentavideo.
Julia. | 29 de Julio de 2009 - 11:37 PMOjalá que sí, me parece que sería muy importante y tanto más impactante si se presenta en El Salvador, Guatemala y Honduras, porque es nuestra realidad cotidiana, muchas veces ignorada por el común de la gente.
Jacinta | 30 de Julio de 2009 - 01:09 AMSe mira muy buena.
Jacinta en cinemax estàn dando una japonesa cj7 es excelente ! creo que la dan el 18 de agosto de nuevo.
El cine aciàtico es fenomenal.
Acà dieron la pelìcula documental vida loca, es muy bueno pero hace una apologìa de las maras lo que no me parece correcto en gente hace barbaries horrendas.
Saludos
Luis | 30 de Julio de 2009 - 10:18 PMNo creo que la vida loca haga una apología de las maras, en todo caso, como lo expresó el director en su presentación en el MUNA, ya de violencia y amarillismo hay bastante en los noticieros, concuerdo con Jacinta al respecto de la satanización de estos grupos, se que existen muchos puntos de vista al respecto y que seguramente es difícil tomar una posición bueno-malo al respecto, sin embargo concuerdo con el director, que él sí deja ver que son personas, que son humanos, pero no oculta la violencia, aunque tampoco muestra de una forma tan explícita, que en lo personal hubiera considerado gratuito e innecesario, porque, repito, ya lo vemos todos los dias en los periodicos y los noticieros, pero eso no deja de lado la existencia de la violencia, la delincuencia, entre otras cosas, es importante que se promueva la llegada de estos materiales a las salas comerciales, sin embargo, eso no garantiza que la sociedad quiera reconocer y reflexionar sobre este problema que existe en nuestra sociedad, seguro es más fácil ocultarlo o "disfrutar" de una animación de Pixar, con el deseo de ocultar la cabeza como avestruces. Yo pude verla gracias a la pirateria, que por extraño que parezca, de vez en cuando pone en circulación algunas buenas piezas de cine. Saludos y perdón por la extensión.-
Antonio | 3 de Agosto de 2009 - 05:52 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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