27 de Julio de 2009
Jacinta en la tierra sin diamantes
Al final del pasillo de desembarque, en la terminal del aeropuerto, veo a 6 personas con sus mascarillas puestas, que observan a todos los que venimos bajándonos del vuelo 116 de Copa procedente de San José. Nos observan con miradas escrutadoras, con ojos poco amistosos. La imagen me resulta agresiva, muy fuerte para ser la primera impresión cuando se arriba a un país. Me siento como un personaje de las películas Exterminio, Contagio o Soy leyenda. Me siento también inmediatamente culpable de no sé qué.
Pero no estoy en una película. Estoy llegando a Managua. Ya en el avión nos han hecho llenar un cuestionario, encabezado por un logo que dice “Gobierno de reconciliación y unidad nacional. ¡El pueblo, presidente!”. En el formulario se pregunta si tenemos síntomas como fiebre alta, dolor de garganta, tos, fatiga y hasta diarrea.
Antes de llegar a las escaleras eléctricas que me llevarán a la sección de migración, hay otros 3 hombres enmascarados. Detienen a todos los pasajeros, mientras hacen que uno se pare sobre un pequeño cuadrito alfombrado para ver su imagen de colores en infrarrojo, en una pantalla justo enfrente del examinado y a la vista de todos los presentes. Es mi turno. Ahora me siento como un personaje de Depredador, donde el ser venido del espacio exterior tenía la posibilidad de hacerse invisible y detectar a sus presas por el calor de su cuerpo.
Me veo a mí misma en la pantalla, la cabeza roja, inundada mi silueta de amarillos, verdes, azules y naranjas, en fascinantes tonos fosforescentes. Son oleadas de colores que se mueven despacio. No sé si mis colores son “los correctos”. ¿Y si no lo fueran? ¿Si los colores me delataran como sospechosa con algún tipo de enfermedad?
Me siento desnuda, apenada de que todos los presentes me vean transformada en un montón de colores psicodélicos. La imagen me lleva a recordar la canción de los Beatles, “Lucy en el cielo con diamantes”. Pero en este caso, se trata de “Jacinta en la tierra sin diamantes”.
Mi deseo de saber qué significa cada color, la peregrina idea de preguntar si me pudieran imprimir una copia de esa imagen para guardarla como recuerdo o si por lo menos puedo sacarle una foto, se ve bruscamente interrumpida por la voz de alguien que grita “¡el siguiente!”.
Mientras espero mi turno en migración, noto que absolutamente todos los empleados del aeropuerto están enmascarados. Más de alguno tiene puestos guantes de plástico. A duras penas alguien te dirige la palabra o la mirada, como si los viajeros pudiéramos contagiarlos de algo por contacto visual.
El trámite de viajar se torna cada vez más en algo tedioso y desagradable. Los controles de seguridad impuestos por las autoridades sobre los pasajeros son bochornosos y algunos hasta absurdos y contradictorios. Me temo que también más de alguna de esas medidas resulta inútil. Quitarse los zapatos, vaciar los bolsillos, sacar cosas del bolso hasta, como ocurre ya en algunos aeropuertos de los USA, pasar por una máquina que te escanea de manera que te pueden ver virtualmente desnudo, son una agresión total a nuestro pudor personal, permitida en nombre de la seguridad pública. Y uno debe callar, hacerlo sin protestar porque si no, te convertirás en sospechoso.
A la sospecha de que todo y cualquier pasajero es un potencial secuestrador de aviones, una mula del narcotráfico o un pone bombas, ahora también somos sospechosos de ser portadores de enfermedades. A los trámites migratorios, los precios elevados de los pasajes y el servicio deficiente de las aerolíneas, hay que sumar también la incomodidad misma de los aeropuertos. Salones de espera con asientos incómodos, lugares nada agradables para comer donde, para colmo, todo es más caro y donde el menú, colmado de azúcares y grasas saturadas, te puede poner al borde de un infarto.
Eso para los que tienen la fortuna ($$$) de viajar por avión, porque viajar por tierra, sobre todo por Centro América, es una prueba a la paciencia y a la resistencia física. Las veces que he tenido que hacerlo, que no han sido pocas, me ha quedado muy claro que la añorada unión centroamericana es una quimera lejana que se derrumba al intentar cruzar nuestras fronteras.
No me opongo a las medidas de seguridad sensatas para lograr no sólo que el viaje sea un acontecimiento seguro, sino también para lograr en la medida de lo posible, que situaciones de salud no se tornen en sucesos incontrolables y letales para grandes masas de población. Tampoco me opongo a que las autoridades sepan quién está cruzando sus fronteras, con nombre y apellido, para tener manera de ubicar luego a algún auténtico delincuente. Pero partir de que todos somos culpables de antemano, y tratarnos en consecuencia, ha destruido por completo el encanto de viajar.
En el conocido poema “Ítaca”, del griego Constantino Cavafis, el poeta celebra como importante en un viaje, no el hecho de arribar al punto de destino, sino el trayecto en sí. “Ruega que tu camino sea largo” dice uno de sus primeros versos. Pero la verdad es que con todos los controles, sospechas, revisiones, trámites y costos que implica hoy en día viajar, amén del riesgo de un posible accidente aéreo, cada vez que viajo ruego que el camino sea corto, muy corto. Al mal paso es mejor darle prisa.
(Publicado en Séptimo Sentido, revista dominical de La Prensa Gráfica, 26 de julio 2009).
Jacinta a las 05:04 PM | Referencias 0He abierto el post varias veces, no sabía si comentar o no, me daba miedo que alguien de algún gobierno o de alguna autoridad aeroportuaria me delatara leyendo mi inconformidad y mi apoyo a lo que decís y denuncías... Ya ves, la paranoia nos lleva a estos extremos, y las enfermedades o los trances históricos se convierten excusas para el franco maltrato y el abuso. Y el ridículo, porque catalogarlo de otra forma es difícil. La ciencia ficción está acá, como el Infierno ha estado en la tierra desde siempre.
Guillermo B. | 29 de Julio de 2009 - 05:33 PMApuntás algo muy cierto Guillermo. Muchas de estas medidas permiten espacio para el abuso, pero por la paranoia colectiva, ni nos atrevemos a protestar o decir mucho porque nos pueden confundir por sospechosos.
Jacinta | 29 de Julio de 2009 - 05:57 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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