17 de Julio de 2009
Del libro como un fantasma
Hace años que dejaron de interesarme los ganadores del concurso de Alfaguara. No los leo. No me han interesado ni llamado la atención los argumentos de las obras ganadoras. Leo las primeras páginas y me digo “paso”, tengo cosas que me urge e interesa mucho más leer.
Eso no impide que siga las noticias sobre los ganadores. Hubo algo en la entrevista que le hicieron ayer al ganador de este año Andrés Neuman en La Nación de Argentina, que me dejó pensando.
Dice Neuman:
... para un escritor cuando el libro se publica en cierta forma muere. Probablemente resucite para los lectores, pero el escritor recibe un reconocimiento por algo que ya no le sirve. Uno habla de la historia anterior y lo que tiene en la cabeza es la siguiente. Yo le propondría a las editoriales hacer promociones de los libros que estamos por escribir, eso sería psicológicamente más saludable (se ríe).
Comparto el asunto porque conozco la sensación muy bien. Un libro está “vivo” para un escritor mientras continúa con nosotros, inédito, en nuestra gaveta o nuestro regazo. Aunque algunos amigos lo hayan leído, ese libro inédito sigue siendo “nuestro”. Cada tanto, mientras ese libro está aún con nosotros, lo revisamos con la meticulosidad con la que revisaríamos a un hijo: ¿lleva limpia la camisa al colegio? ¿Tiene una mancha en su zapato? ¿Le ha salido salpullido? ¿Tose demasiado? ¿Está comiendo bien? ¿Se le mira contento?
Mientras un libro está con nosotros, no deja en ciertos sentidos de ser “nuestro hijito querido y mimado”. Lo revisamos cada vez que podemos, porque todavía está con nosotros, y siempre, siempre le encontramos algo mal puesto, una coma, un acento, una palabra que sobra, una frase que podría estar mejor formulada.
En cuanto el libro sale impreso, esa posibilidad está muerta. Y de veras que no me explico por qué, pero de alguna manera el libro está “muerto” para su autor. Ya no podemos “tocarlo”, “peinarlo”, “limpiarlo”. Se convierte en un ente intocable e inamovible, manoseado por extraños. Quizás eso mismo es lo que nos causa el rechazo, la sensación de “muerte” de un libro, por mucho que amemos o que estemos contentos con ese libro.
Pero, y he aquí la paradoja, el libro muere para el autor, pero comienza exactamente en ese momento a vivir para el lector. Porque el libro no cobra vida pública hasta que está impreso. Hasta que extraños (fuera de tu círculo de amigos) lo leen.
No sé por qué, ver el libro en objeto, en papel, provoca una separación afectiva y emocional profunda entre el escritor y su propio escrito. Y creo que le pasa a buena parte de los escritores. Por lo general, además, y con los tiempos de retardo en las publicaciones, cuando uno entrega algo a edición, casi siempre uno ya anda sumergido en otra historia. Y si, como también pasa a veces, uno anda como que en una onda radicalmente opuesta a la que anduvo cuando escribió el libro que a duras penas va a publicarse, bueno, ocurre un desfase descomunal en los ánimos del autor. Porque uno realmente ya no quiere hablar del “libro viejo”. Uno preferiría hablar del libro en el que está trabajando, compartir la euforia de lo que va descubriendo, los retos que le presenta el texto, los logros, los obstáculos... aunque sabe que por superstición o prudencia, es mejor no hacerlo. Acaso el andar contando el proyecto actual devore la pasión que nos impulsa a escribirlo. Y eso sería grave para lograr terminar el texto.
En ese sentido resulta bastante incómodo para un escritor (por lo menos para mí) tener que realizar esos actos públicos de presentaciones de libros, sobre todo si el libro publicado es “viejo”, es decir, si se escribió varios años atrás o varios libros atrás (el tiempo de los escritores transcurre en libros, no en meses o años...). Uno anda en otra onda y es “forzado” a hablar de un libro escrito hace mucho tiempo atrás. A veces incluso cuesta recordar la onda en la que andaba uno cuando lo escribió... o no quiere recordarlo, y mucho menos hablar de eso en público.
Uno habla de ese libro con la sensación de estar hablando ya no de un muerto, sino de un fantasma. El fantasma de alguien a quien amamos íntima e intensamente y al que perdimos cuando lo dejamos ir. Un ser amado que, sabemos, jamás podremos recuperar. Y de pronto, hasta uno mismo es el fantasma.
Allí es donde me temo que ocurre uno de los más grandes desencuentros entre escritores y editores. El editor quiere que uno se dedique casi que en cuerpo y alma a "promover" (como le llaman ellos), y por tiempo indefinido (léase, mientras recuperan por lo menos su inversión), el libro recién publicado. Y uno anda, por un lado, buscando la sobrevivencia cotidiana, ingeniando tiempo para la escritura y gestando libros/hijos nuevos, de amantes nuevos y desconocidos, hijos que pueden rasgarte el vientre en la escritura, hijos que pueden nacer fluidos y tranquilos, hijos que nacen y crecen con rabias y demonios, con sombras y luces. ¿Quién tendría entonces cabeza para hablar de fantasmas ya idos?
Bonito post.
Por otra parte, quizá esté la necesidad de deshacerse del libro para poder pasar a otra cosa, ¿no? Mientras uno no publica algo, como que se queda un poco "trabado" en los libros anteriores, y es difícil avanzar hacia "lo que sigue", sea lo que sea. En ese sentido, publicar un libro es matarlo emocionalmente, pero también es darle vida propia de manera... uh... objetiva (darle forma inamovible y con características propias), darle mayoría de edad y dedicarse a los hijos más pequeños, etcétera.
A veces los inéditos los ignoro, pero no puedo dejar de verlos de reojos de vez en cuando, y allí encuentro las cosas que debo superar, mejorar, cambiar. Pero es cuando releo uno publicado cuando me doy cuenta de lo que he aprendido y avanzado, y es en lo que tengo en proceso de escritura donde veo lo que me falta, y cómo hay libros inéditos que necesito publicar para resolver problemas. Y otro etcétera.
De acuerdo con vos. Mientras uno los tiene inéditos es como tener un pendiente y la publicación lo "resuelve" y cierra el ciclo.
Jacinta | 17 de Julio de 2009 - 07:13 PMInmensamente emotivo Jacinta. Nunca me lo había planteado desde ese punto de vista, pero en realidad es cierto debe ser una sensación de desprendimiento bastante fuerte.
Jose Guerrero | 17 de Julio de 2009 - 11:00 PMGracias José. Su comentario me dejó preguntándome si será así con otras disciplinas artísticas. ¿Qué sienten los actores al culminar un montaje o los compositores cuando se termina de escribir una canción o una ópera o un escultor cuando termina su escultura?
Hola Jacinta: Pues creo que toda creacion, cobra un poco de vida propia al final.
En el 2006 en la ultima representacion de un musical, en el que tuve la oportunidad de trabajar, recuerdo que un instante ya para terminar mi ultima escena, me di cuenta que era la ultima vez que estaria con "Max", mi personaje, y no pude evitar el empezar mentalmente a despedirme de El, de verdad fue un segundo de mucha nostalgia, lo habiamos creado como en seis u ocho meses, y en un momento ese "amigo", compañero imaginario, asi como todo su mundo simplemente se fueron cuando sali de la escena.
Creo que es una cosa parecida, con lo que comentas. Lo gracioso del asunto es que luego en mas de alguna ocasion me encontre gente que me saludaba y me decian: "Hola Tio Max", el personaje ya no estaba, yo ya estaba trabajando en otro proyecto, pero para mas de alguien del publico yo seguia siendo el Tio Max... jajaja
Jose Guerrero | 22 de Julio de 2009 - 09:39 PMPues gracias por compartir esa experiencia José. Supongo que de algún modo u otro, algo así ocurre para todos los artistas.
Jacinta | 22 de Julio de 2009 - 11:15 PMPero todas esas sensaciones ocurren a causa de una arbitrariedad del sistema de publiación ¿no? Los textos son de el autor y este debería poder, y puede, volver a ellos. No se acostumbra es cierto, pero tampoco nada lo impide.
Otra forma en que sucede eso es cuando los personajes de un libro anterior visitan una nueva historia en uno posterior y ganan en profundidad o los vemos con mejor perspectiva. ¿Una corrección al libro anterior, una mejora?
Juan Murillo | 27 de Julio de 2009 - 04:04 PMInteresantes preguntas Juan.
En la primera, no creo que tenga que ver con una arbitrariedad del sistema de publicación. Claro que uno puede volver sobre su texto, nada ni nadie lo prohíbe, hay autores que de hecho lo hacen y que hacen reediciones corregidas y aumentadas. Pero creo que uno como escritor tiene que aprender a hacer cierre con el libro en algún momento porque si no, te la pasarías reescribiendo siempre y creo que el exceso de corrección también puede dañar un texto.
Me parece muy diferente a lo segundo, que un personaje retorne en otro libro, en otra historia. A veces uno como escritor "sabe" que ese personaje tiene un montón de historias interesantes más qué contar. Hay personajes que son tan apasionantes que llegan a ser como parte de tu familia y de tu vida y se imponen a contarte más cosas.
Saludos.
Jacinta | 28 de Julio de 2009 - 02:34 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
