7 de Julio de 2009
El día que compré Thriller
Entre el 84 y el 85 tuve que hacer más de un viaje a México. Y ya era una especie de rutina que, al acercarse la fecha de regresar a Nicaragua, me iba a una de esas grandes tiendas mexicanas donde venden desde alfileres hasta televisores. El asunto era ir a comprar provisiones. Anoto que en aquel tiempo vivía en Nicaragua y que los Estados Unidos nos tenía bajo un embargo económico severo. No había, literalmente, nada. Y lo que tenía que ir a comprar era una buena dotación de cosas como shampoo, desodorante, jabón de baño, pasta de dientes, toallas sanitarias, papel higiénico, acetaminofen, entre otras cosas, además de un infaltable frasco de chile de árbol (vendían unos que ya venían preparados en un chilerito que me duraba meses).
Entré a la tienda y hacia el lado de la izquierda estaban los radios, equipos de sonido, televisores y discos. Así es que comencé mi gira por aquella sección. Me entretuve viendo los casettes (sí chiquillos, los CD’s todavía no existían) y entre los que estaban rebajados encontré Thriller. Me puse a pensar en las canciones del disco que me gustaban (ya tenía más de un año de haber salido) y me lo llevé junto a las provisiones arriba mencionadas.
Regresé con mi botín a la Managua sandinista y escuché mi casette de Michael Jackson hasta que prácticamente se me desbarató en las manos. No exagero. Lo oía tanto, todo el tiempo, día y noche, como si fuera el único casette que tuviera, hasta que un día se hizo pedazos y no hubo manera de volverlo a componer, hecho que me molestó mucho porque uff, ¿cómo vivir sin aquella música?
Lo divertido era que mi casette de Michael Jackson era como mi pecado secreto. Es decir, yo estaba escuchando la música del imperialismo y dándole rienda suelta a mis "desviaciones existencialistas pequeño-burguesas" (que fue de lo que me acusaban en cierta organización de izquierda cuyo nombre no voy a mencionar), mientras todo el mundo andaba en la onda de la Nueva Trova (la cual a mí ya me tenía empachada hasta el vómito, empacho que dura hasta el día de hoy), o de la salsa, que tampoco me gusta.
Pensé en esos detalles la semana pasada cuando me enteré de la muerte de Michael Jackson. Al comienzo no lo creía. Pensaba que no era cierto. Pero luego la verdad se impuso. También pensé mucho en mi propia mortalidad (aunque confieso que desde el suceso del avión en febrero de este año, pienso a diario en la muerte). Digo, si los ídolos mueren, no cabe duda alguna que nosotros los simples mortales nos vamos a morir también. No hay escapatoria.
Y es curioso cómo la muerte cambia la perspectiva de las cosas. Muchas veces no nos damos cuenta de lo importante que es algo o alguien para nosotros, hasta que lo perdemos físicamente. Michael Jackson había estado por ahí siempre, en el soundtrack y en la película de mi vida. Daba por sentado que “estaba ahí”. Era como una especie de compañero de juegos (aunque algunos años mayor que yo) con el que crecimos juntos.
Sin quererlo, uno construye una especie de cercanía emocional hacia sus ídolos aunque jamás los conozca ni vaya a uno de sus conciertos. Esa cercanía emocional, ese afecto que uno desarrolla por un ser que forma parte de nuestras vidas, es la que se siente ofendida cada vez que alguien se empeña en destacar el lado oscuro de Michael Jackson, lo que hizo o no hizo o cómo lo hizo o por qué lo hizo. Me repugnan todos esos reportajes que han salido en estos días y que se han enfocado (muchos con la peor de las intenciones) en lo negativo y que destacan además las ganancias económicas, incluso las que sigue produciendo ahora, después de su muerte, y esa asquerosa frase que dijo alguien al par de días de muerto, que MJ era más valioso ahora muerto que cuando estaba vivo. Que poca...
No es que yo ignore toda esa información y que no haya que hablar de ello más. Pero creo que, como usted y como yo, hizo cosas buenas e hizo algunas cosas mal. Me pregunto ¿cómo reaccionaríamos o viviríamos nosotros puestos en los mocasines de Michael Jackson? ¿Lo habríamos hecho mejor o mucho peor? ¿Cómo manejaríamos el stress de la fama desde los 5 años, el pararnos delante de miles, digo MILES de personas que gritan tu nombre, se desmayan y lloran histéricos, que no te dejan ni a sol ni sombra y con periodistas acosándote de manera que tenés que crear una burbuja que te aleja tanto de la realidad que perdés toda perspectiva y normalidad de vida? Después nos asustamos que nuestros ídolos hagan “cosas raras”, se emborrachen, se droguen, engorden o se suiciden...
El que quiera quedarse con la morbosidad, es su opción. Pero yo me quedo con la música, con los videos, con el baile, con las canciones que he andado tarareando todos estos días, con mis momentos personales donde sus canciones me hicieron sonreír, cantar, bailar y soñar, y con la esperanza de que, en algún lugar del universo, por fin Michael Jackson pueda ser feliz.
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