24 de Junio de 2009
Boris Vian, tanto tiempo después
Nunca olvidaré el día en que se me ocurrió darle a leer un par de cuentos de Boris Vian a los asistentes a uno de mis talleres de narrativa. El concepto de aquel taller era no solamente dar tips de escritura, sino alternarlo con un círculo de lectura para poder promover dicha actividad como parte de la disciplina imprescindible del escritor, cómo desgranar un texto para comprender su calidad y funcionamiento y leer a autores diferentes. Y se me ocurrió arrancar con Vian.
Leímos “Los perros, el deseo y la muerte” y otro cuento, aunque el que causó todo el revuelo fue el mencionado. La historia giraba en torno a un taxista y a una muchacha que sólo alcanza el placer al manejar un carro a toda velocidad por las calles del Bronx mientras atropella perros callejeros.
Las reacciones de los participantes fueron contradictorias, pero sobre todo intensas. Un grupo gustó del cuento por lo diferente, por lo irreverente y lo políticamente incorrecto. Pero el grupo que lo odió manifestó opiniones bastante agresivas, incluso contra mi persona:
-¿Quién dice que esto es literatura?
-Se supone que venimos a un taller a leer cosas buenas, no cochinadas.
-El cuento es horrible.
-Me niego a leer cosas que no sirven.
Y así por el estilo...
No sé por qué tengo en la memoria un grupo muy grande (creo que eran como 25 personas las participantes), y aquel día habían llegado un par de amigos escritores que, precisamente, eran admiradores de la vida y obra de Boris Vian. Me gustó la discusión porque demostraba algo que quería puntualizar a partir de aquel ejercicio: que muchas veces condenamos un texto por la sencilla razón de que nos desagrada, y no tenemos elementos para hacer un juicio objetivo del mismo. Y que no solemos reconocer las cualidades de un texto, cuando las tiene, independientemente de nuestro gusto personal (sea en cuanto a la forma o en cuanto al contenido).
La discusión tuvo que ser dirigida en ese sentido, a buscarle los tres pies al gato, es decir, que los que odiaron el cuento, a Boris Vian y a la persona que los puso a leerlo (o sea yo), detallaran sus motivos. Quienes odiaron el cuento lo odiaron sobre todo por su contenido: la “violencia” (y lo pongo entre comillas, porque ay, he leído cosas bastante más salvajes y gráficas que ese cuento), el erotismo “desviado” y el “atrevimiento” de dejar semejantes barbaridades por escrito y considerarlo un gran escritor.
Finalmente, después de una muy larga discusión, donde se dudó muchas veces sobre el valor literario de los textos de Vian, concluí que si después de muchos años de que este autor estuviera muerto, un grupo lo leía en El Salvador y se armaba una discusión tan apasionada como aquella, donde el texto no dejó indiferente a nadie, no podía ser muestra más de que aquel era un escritor que sabía cómo escribir y llegarle al lector. A fin de cuentas, un texto que se lee y se olvida y que pasa sin movernos ni un pelo, pensamiento o sentimiento, un texto que nos deja indiferentes, bueno, eso es lo peor que puede pasarle a un escritor.
Ayer fue el 50 aniversario de la muerte de Vian. Y recordé aquella anécdota que me sigue dando algo de risa traviesa. Creo que a Vian le hubiera encantado todo aquel revuelo.
Jacinta a las 06:35 PM | Referencias 0Muy buen cuento, un poco cruel (respecto al pobre perro y la chica) e impactante, pero bueno, qué sería de la literatura sin autores "transgesores" como Sade, Bukowski, Nin, etc.? Concuerdo con el hecho de que nada puede ser peor tanto para el escritor como para el lector que un escrito que no sacude, que no mueve nada. Saludos.
Antonio | 24 de Junio de 2009 - 10:40 PMYo estube en ese taller y ami me super llego no me gusto la actitud de los de encontra porque yo dije papa esto es literatura pura.fuerte es como la pagina roja-que no se puede ocultar- que siempre busco -y no allo-en los periodicos.
y llore con el cuento de salarrue mistiricucu-extraño-y es por que semos de otro planeta.ud me presento a bian so es buena persona.gracias por los cuentos chucos,too.
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