4 de Mayo de 2009
No estamos condenados
Hace pocos días vi en HBO una película estadounidense llamada Los condenados. La historia giraba en torno a un productor de “reality shows” que quiere mandar a diez de los prisioneros más deleznables del mundo a una isla desierta para matarse unos a otros. El último y único en quedar vivo recibiría su libertad. La lucha de estos presos sería transmitida en tiempo real por internet.
Comienzan a buscarse a los delincuentes. Ya tienen a casi todo el grupo. Al productor le ofrecen un guatemalteco, pero no lo quiere. Dice que ya tiene dos mexicanos, no quiere más latinos. Desea a alguien del Medio Oriente para garantizar audiencia de ese rincón del mundo.
¿Y dónde creen ustedes que se busca a ese nefasto último delincuente? En El Salvador, por supuesto. Resulta que un iraní de mala estopa se encontraba preso por aquí. También escogen a un estadounidense llamado Jack Conrad y a otro tipo que, por los tatuajes, no nos extrañemos si representara a un pandillero nacional. Todos están cumpliendo condena en una cárcel de Sonsonate.
La cárcel es subterránea y está compuesta por siniestros túneles de piedra. Los guardianes hablan en cualquier tipo de español, menos en “salvadoreño” y los uniformes no pueden identificarse como de nuestros cuerpos de seguridad. Los tres precandidatos para el “reality” pelean en un cuarto de la cárcel sonsonateca y el gringo resulta vencedor, ganándose el pase para ir a la isla.
Conrad, un sujeto musculoso, alto y pelón, es de pocas palabras y menos simpatía. Los productores del show no saben nada de su vida o antecedentes más que puso una bomba destrozando un edificio salvadoreño en el que murieron tres personas. Pero resulta que Conrad es un agente encubierto enviado por el Pentágono a El Salvador para desmontar una importante bodega del narcotráfico. Durante su misión es capturado por las autoridades locales y metido a aquella cárcel subterránea de Sonsonate, donde ha pasado un año siendo torturado y conviviendo con lo peor de nuestra delincuencia.
Si se consulta la página correspondiente a la película en el Internet Movie Data Base (Imdb), sin duda la base de datos sobre películas más completa y seria que hay en la web, el resumen del argumento menciona que Conrad se encuentra en “una cárcel corrupta de Centro América”.
No es el tipo de película que yo normalmente hubiera visto, pero la miré hasta el final porque tenía curiosidad de saber qué otras menciones hacían de nuestro país. Al final, la historia me dejó pensativa. No por el argumento en sí, poco imaginativo y totalmente predecible. Sino porque todos los elementos que se vinculaban al Salvador eran muy negativos: tortura, corrupción, cárceles siniestras, narcotráfico, violencia.
El asunto es que se trata de una película del 2007 y la narración está situada en tiempos actuales. No es la primera vez que escucho en alguna película ese tipo de alusiones negativas sobre el país. Por lo general se ha tratado de apenas alguna frase. Pero en este caso, la mención era consistente y tan frecuente que mi orgullo nacional no dejó de sentirse magullado.
Supongo que no debería extrañarme. El Salvador, junto con Colombia, Guatemala, Jamaica y Sudáfrica, encabezaron en agosto del año pasado la lista de los países con el mayor número de crímenes violentos, según una investigación elaborada por el PNUD y la organización Small Arms Survey, con sede en Ginebra.
Un país con los altos niveles de delincuencia e inseguridad como el nuestro, con un largo historial de violencia política, guerras, golpes de Estado y demás, es cualquier cosa menos un apacible paraíso. Desafortunadamente la imagen de violencia nos trasciende y nos representa ante muchos en el extranjero.
Pese a que la actual crisis económica parece ser por ahora nuestra principal preocupación, y que todos nuestros pensamientos y expectativas están concentrados en el gobierno entrante, no debemos olvidar (y por lo demás, es difícil hacerlo), que la delincuencia en nuestro país está lejos de ser un asunto controlado.
Aquella promesa hecha por el presidente Antonio Saca de que a los malacates se les había acabado la fiesta y de que el nuestro iba a ser el país más seguro de Latinoamérica, era maravillosa y hasta dieron ganas de creerle. Pero después de varios planes que pasaron por todas las versiones de lo duro, el promedio diario de homicidios no ha descendido sustancialmente. Y eso son sólo los homicidios. Porque suele obviarse que hay cualquier otra cantidad de crímenes como violaciones, asaltos, robos, secuestros, extorsiones, estafas, etc.
Esta criminalidad, sumada a nuestra posición geográfica, que está siendo aprovechada como corredor de transporte del narcotráfico, presenta un panorama poco alentador. Mientras tanto, la imagen que se sigue proyectando fuera de nuestro país no es positiva. Limpiarla es algo que no podrá arreglarse con ocasionales y bonitas campañas de turismo ni con informes y cifras de resultados en apariencia positivos, pero que contradicen la realidad cotidiana y la percepción de los salvadoreños.
Sin embargo, recordemos que no somos personajes en una película de ficción y que aquí, en la vida real, más importante que limpiar nuestra imagen hacia el exterior es garantizar nuestra seguridad ciudadana. Porque, contrario a los personajes antes mencionados, no estamos ni debemos ser condenados a un presente o a un futuro de violencia. No lo merecemos. No nos dejemos.
me parece un exelente artículo,realmente es una lástima que despues de pasar por tantos problemas, nuestro pais todavía tenga que cargar con mal de la delincuencia y por supuesto con el desprestigio.
memo | 4 de Mayo de 2009 - 05:36 PMPues recuerdo un episodio de 21 Jump Street (aquella serie de los ochenta protagonizada por J. Depp, ¿se acuerda?), donde por primera vez escuché el nombre y vi imagenes truchas (porque tampoco era para tanto) de El Salvador, asociadas con el retraso y la violencia pero utilizadas obviamente como excusa para nutrir el morbo y entretener audiencias. Y desde ese fecha la lista sólo se ensanchó.
Jacinta, estoy totalmente de acuerdo en que no debemos dejarnos abrumar por la violencia. Sin embargo, si nos lo merecemos. Pero me explico. Ayer, comprándole un mango mechudo a una vendedora que los conserva en salmuera a un lado del Hula Hula, me llevé una sorpresa. Estaba platicando con ella de pajaritos preñados, cuando a saber de dónde sacó su cabeza y sus pezuñas el duende atávico de la violencia. Un señor con una nueve milimetros en mano iba persiguiendo a un fulano, al tiempo que vociferaba: ¨Te voy a matar hijueputa¨. Y las palabras subsiguientes de la señora fueron:¨Hay que oir, abrir bien los ojos y callarse la trompa.....Estamos bien así como estamos¨.
A un académico de esos que hacen mucha bulla aquí en E.S., le escuché, eso si, mientras dilucidaba en privado la situación de la violencia con un político (uno de esos que se asemejan a un sinapismo encarnado, aunque a decir verdad, todos salen del mismo molde), una aseveración gemela pero con una prosodia impecable, a la exclamada por la vendedora de mangos. Supongo que expresiones como estas son reflejo del vivo deseo que tenemos todos de sobrevivir. Pero, también me queda claro que frases así, cuando salen de la boca de personajes que tejen la telaraña del poder y que frente al público sostienen un fraseario prodesarrollo (del diente al labio nada más), suenan mendaces y mezquinas.
En sintesis, a los salvadoreños no falta ser verdaderamente ambiciosos y no solo vivazes.
Para muestra un botón. Es cierto que hay salvadoreños dispersos por todo el planeta que están volando alto, en el buen sentido. Pero mi experiencia, y no es mi intención sonar petulante narrando esto, con los salvadoreños que he tenido el gusto de conocer en universidades finlandesas, israelíes, alemanas o japonesas, es, para decirlo brevemente: ambigua. Estableciendo un parangón no tan arbitrario, a mi juicio los salvadoreños y costarricenses dan la milla extra y se ponen de a tu a tu con los chinos, indios o alemanes en el aspecto académico, y para decirlo en buen argot: ¡los salvadoreños somos paloma, somos queso! Somos asombrosamente inteligentes (al menos en su acepción de aptitud para el razonamiento cognitivo), pero, y aquí viene el pero, al finalizar sus estudios los salvadoreños simplemente se desvanecen, se esfuman, mientras que los ticos se rebuscan para...no sé cómo decirlo...ocupar ya sea en sus paises o fuera de ellos, escaños claves desde los cuales es posible repercutir positivamente. No los estoy idealizando, solo intento plantear mi parecer basado en mi magra experiencia.
Creo que a los salvadoreños no nos gusta o nos cuesta dar la estocada final. Que violenta me salió esta metáfora, pero que le voy a hacer si no estoy haciendo nada para desmerecerme de la violencia.
Es cierto que en pocos días parto de nuevo de El Salvador, a seguir relatando estos problemas pero desde afuera; ojala que algún día trabajemos juntos, pero aquí, para solucionarlos. Si es que para esa fecha remota aún no se solventan. Mientras, seguiré recolectando más muestras de sangre.
Excelente post Jacinta.
Guarnieri | 5 de Mayo de 2009 - 06:15 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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