23 de Marzo de 2009
Anel, in memoriam
Un fuego cruzado entre un grupo de cinco asaltantes y la seguridad de un carro blindado de la Lotería Nacional de Beneficencia de Panamá, sorprendió a Anel Omar Rodríguez, de 45 años, en el preciso momento en que bajaba de su automóvil.
Los asaltantes habían intentado robar dos bolsas con 70 mil dólares que estaban siendo transportadas a las 8 y media de la mañana del martes 10 de marzo de este año, a la sede de la Lotería. Los maleantes llevaban en sus manos algunos regalos dentro de los cuales habían ocultado sus armas. Al verse en apuros para huir con el botín, comenzaron a disparar.
A Anel lo alcanzaron tres tiros. Tuvo tiempo para llegar hasta la acera donde cayó encima de una franja de tierra, junto a un árbol. Murió en segundos. Uno de de la seguridad también murió y un asaltante resultó herido. El resto de los asaltantes huyó del lugar, dejando abandonada en otro punto de la ciudad, la lujosa camioneta que habían robado para emprender la acción.
Anel era el director del Instituto Nacional de Cultura de Panamá. Había ido a despedir a unos artistas cubanos que se hospedaban en un hotel cercano. Los cubanos, invitados para ayudar con el montaje de una obra de teatro, regresaban ese día a la isla.
Así era Anel. Trabajador incansable y sin horarios. Alguien que brindaba a los invitados del Instituto una atención personalizada, no como una tediosa obligación protocolaria, sino porque le importaba mantener una relación personal con los artistas, conversar con ellos, escucharlos e intercambiar opiniones, ideas y planes. Entre otras cosas, Anel tenía la idea de conformar una gran red de amigos artistas que pudiéramos colaborar con varios proyectos que tenía para la divulgación del arte y la literatura en Panamá, incluso en las provincias del interior en las que, por lo general, el arte es algo ausente.
Lo conocí el año pasado cuando fui invitada como uno de los jurados internacionales que seleccionamos el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 2008. En las oportunidades que conversamos era obvia su pasión por la cultura. Hablaba con efusivo entusiasmo de su trabajo, de las cosas que había hecho, de las que tenía pensadas hacer. Tenía poco más de un año de haber asumido el puesto y era realmente fascinante lo que logró en tan poco tiempo. Impulsó el mejoramiento de las condiciones laborales de la Orquesta Sinfónica y el Ballet Nacional, aumentando sustancialmente los salarios de sus miembros. Reactivó varias galerías, museos y salas de exhibición a lo largo del país. Pero su obra más importante para la cultura en Panamá estaba por venir. Trabajaba intensamente en una propuesta para la creación de la Ley de Cultura, con el asesoramiento de varios expertos nacionales e internacionales. Trabajaba a contratiempo, pues quería dejar eso firmado y en vigencia, antes de que el próximo gobierno asumiera el poder.
Su atención y sus relaciones con los diferentes artistas que llegaban a Panamá, eran consideradas por él como una manera de enriquecer su gestión. Nos pidió a los jurados dar algunas sugerencias para mejorar la calidad competitiva del Premio Nacional. Esto lo convenció de la necesidad de organizar talleres literarios. Ni lento ni perezoso, los organizó de inmediato. Algunos de nosotros quedamos invitados para impartirlos. Precisamente su último acto público fue la inauguración del primero de dichos talleres, el día anterior a su muerte, un taller de poesía dirigido por el poeta cubano Roberto Manzano.
Cada vez que lo escuchaba hablar me contagiaba de su entusiasmo. Me deseaba una persona con esa eficacia y esa visión en el cargo correspondiente aquí en El Salvador. Porque Anel era uno de esos funcionarios públicos que utilizaba su cargo no como plataforma política o como un trabajo tedioso más que debe hacerse de 8 a 5 para garantizar un salario o un status social. Concebía su labor como una manera de servir a la sociedad desde logros concretos y tangibles, y no como un asunto burocrático que discurre entre documentos y oficinas. Tampoco se convirtió en un personaje invisible habitante de la estratósfera, de aquellos que ni te dirigen el saludo cuando te encuentran aquí en la tierra.
Conocedor de las necesidades de los artistas y con la lucidez para saber que la cultura es un elemento vital para la conformación de la sociedad (y no un pasatiempo para minorías privilegiadas o un asunto sin importancia del que puede prescindirse), Anel dedicó gran parte de su cortísima gestión a dignificar al artista panameño.
Parte de su labor era el cabildeo con los políticos para lograr algunas metas pero sobre todo, para hacerles conciencia sobre el importante papel que puede tener la cultura en nuestras sociedades.
Hablaba de sus logros con el orgullo de la tarea cumplida, con la conciencia de todo lo que faltaba por hacer y con el entusiasmo de quien está enamorado de su trabajo. Pero lo hacía sin ínfulas ni arrogancia y reconociendo que todo su esfuerzo era, además, el resultado de un equipo de trabajo bien afinado, cuyos miembros marchaban al ritmo de su incansable paso. Porque, en efecto, Anel era incansable.
La última noche que lo vi fue durante la gala de la entrega de los Premios Miró en el Teatro Nacional, ubicado en el casco antiguo de la ciudad. En una amplia terraza se hizo el convivio correspondiente donde comenzaron las despedidas de los que partíamos al día siguiente. Accesible como era, intercambiamos teléfonos y correos electrónicos.
Era noche de luna llena y, como siempre en Panamá, hacía un calor de los mil diablos. La despedida fue larga, de ésas de tres, cuatro, cinco abrazos, como suele hacerse con la gente que nos simpatiza mucho. Estábamos supuestos a vernos en abril, cuando yo tendría que regresar para dar un taller de novela.
A veces uno se despide así de la gente sin saber, sin sospechar, que es para siempre. En abril, Panamá será para mí un lugar agridulce al cual volver.
Actualización: a raíz de este suceso, mi taller de abril fue cancelado.
(Publicada en "Gabinete Caligari", revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 22 de marzo).
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