12 de Febrero de 2009
El día que murió Julio Cortázar
El día que murió Julio Cortázar me encontraba en algún lugar de Río San Juan. Posiblemente en la ciudad de San Carlos, Nicaragua. En aquella época trabajaba con un ONG alemán que se dedicó a construir toda la infraestructura de salud de aquella región tradicionalmente olvidada por los gobiernos de aquel país.
Nos tocaba andar por todas las poblaciones y visitar los nuevos asentamientos formados por personas que venían huyendo de la Contra. Estamos hablando de 1984, así es que la situación no era fácil.
En lo personal, era un contraste muy grande y fuerte conocer una de las zonas de belleza natural más impactante de la región centroamericana, pero al mismo tiempo, era una de las zonas más peligrosas y complejas por todo lo que ocurría a nivel político-militar.
Cuando volví a Managua, tuve que ir a alguna reunión al Ministerio de Salud. Y, lo recuerdo bien, caminando por uno de los pasillos vi en un mural una foto de Cortázar con la noticia de su muerte. Me quedé parada allí, viendo y leyendo una y otra vez la nota cortada del periódico Barricada, que ensalzaba al escritor pero que no decía algo tan elemental como de qué había muerto. Algún titular decía "¡Viva el compañero Julio!". La reunión a la que tuve que asistir la escuché a medias, porque mi verdadero yo estaba pensando en Cortázar.
Cortázar estuvo en varias ocasiones en Nicaragua, solidario como era con la Revolución Sandinista, en aquellos años donde la euforia y la esperanza de hacer bien las cosas era contagiosa. Él era además muy amigo de Claribel Alegría que también vivía (y vive) allá. El asunto es que nunca pude verlo en persona en ninguna de sus presentaciones o visitas, aunque fue Managua mi gran “escuela cortazariana”. Todos sus libros se podían conseguir en co-ediciones de Era de México y la Editorial Nueva Nicaragua, Siglo XXI e incluso logré encontrar una copia de Historia de Cronopios y Famas de una editorial argentina cuyo nombre no recuerdo (y no tengo mi biblioteca aquí para consultarlo | oh amados libros míos, ¡cuánto os extraño!).
Recuerdo que cuando visité a Claribel en esos días, me dijo muy triste “¿Viste? Se nos murió Julio”. Y de ron en ron, Claribel contó aquella noche varias de sus anédoctas con Cortázar.
Cuando se muere un escritor, sobre todo uno de los que has leído, que te ha dado horas de gozo e imaginación, que te ha enseñado más de alguna cosa a nivel literario, es un poco como que se muriera alguien de tu familia. Un pariente de esa familia alterna que uno construye en su vida, con relaciones de parentesco que no se definen con los roles tradicionales tan manidos de “padre, madre, hermano, primo”, sino que se definen por su nombre.
En este caso, aquel día se me murió Julio Cortázar. Como se nos murió, en cuerpo, a muchos. Y aunque curiosamente también, con el tiempo no es precisamente uno de los escritores a los que vuelvo (siempre vuelvo a Borges, pero muy ocasionalmente a Cortázar), hoy conmemoraremos el 25 aniversario de su partida, leyendo algo suyo.
Por suerte, la letra nunca muere.
has leido el poema de luis rogelio nogueras acerca de la muerte de cortazar? estuve tratando de encontrarlo en la net pero no aparece,,el coro diece mas omenos asi
Y Por si estas desgracias fueran pocas ,acaba de morir Julio cortazar...
felipe | 13 de Febrero de 2009 - 06:16 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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