22 de Diciembre de 2008
Jamás callar
El caso del veto del Gobierno de Nicaragua en contra de Sergio Ramírez es, a todas luces, indignante pero no demasiado sorprendente. Después de los diversos ataques emprendidos contra otros intelectuales y artistas nicaragüenses, era nada más cuestión de tiempo que atacaran a Ramírez. Y no es difícil intuir que no será el último ataque que veremos. No cabe ninguna duda de que dicho gobierno continuará arremetiendo contra todo aquel que se atreva a señalar las numerosas arbitrariedades que ha cometido y está cometiendo el dúo Ortega-Murillo desde su retorno al poder.
Resulta irónico que gobiernos o partidos políticos que se anuncian opuestos a la censura utilicen precisamente eso como un arma, o mejor dicho, que lo conviertan en una práctica común, que además justifican de manera muy torpe. Todo lo cual me recuerda a la novela de George Orwell Rebelión en la granja, donde un grupo de animales se rebela contra los humanos. Quienes asumen el control de las cosas son los cerdos, que poco a poco se tornan tan o más déspotas que los humanos mismos en sus acciones y, finalmente, hasta se les asemejan en el aspecto físico.
Tampoco resulta sorprendente el veto si tomamos en consideración que los regímenes que se tuercen hacia el totalitarismo, sean de derecha o de izquierda, tratan de manipular y utilizar todo lo que huela a cultura, arte o literatura en función de una distorsionada interpretación de la ideología que dicen representar. Así, la literatura y el arte son transformados en panfletos políticos y todo lo que medianamente se sale de dicho marco se considera “sospechoso de subversión”.
¿Por qué tratar de manipular la cultura? ¿Por qué tratar de limitarla o callarla? Porque el acto esencial, la semilla primigenia del acto creativo implica libertad de pensamiento, acción y expresión. Ni el arte ni la literatura pueden existir si sus creadores no tienen libertad creativa. Pero para los regímenes totalitarios, la falta de control sobre la libertad del individuo es una amenaza. Al igual que lo son la crítica y el señalamiento. Para un régimen totalitario es necesario no solo controlar las acciones de los individuos, sino también sus pensamientos y emociones. Y el arte, que nace de las zonas subjetivas e ingobernables del ser humano, se convierte en un peligro.
Desafortunadamente, los actos de censura y los intentos por silenciar a los artistas son innumerables a lo largo de toda la historia de la humanidad. Es algo que conocemos demasiado bien, incluso en nuestro propio país. Baste recordar un par de casos: el secuestro y posterior asesinato del poeta y periodista Jaime Suárez Quemain y el ya conocido caso de Roque Dalton. Aunque ambos fueron asesinados por tendencias políticas opuestas y en situaciones profundamente diferentes, nos llevan a la misma conclusión: el artista resulta un impertinente al que, cuando habla demasiado, hay que callarlo a toda costa.
Todo este asunto me parece trágicamente irónico. En los años ochenta, quienes vivíamos en Nicaragua teníamos abundancia de libros a precios ridículos de editoriales prestigiosas de diferentes países. Obras de grandes autores al alcance de todos, incluso de los menos favorecidos. Muchos escritores, grupos de teatro, cantantes y artistas de diferentes disciplinas visitaron aquel país para compartir su trabajo, pero también para conocer de cerca la realidad de la revolución sandinista. Recuerdo las lecturas gratis, al aire libre, de Lawrence Ferlinghetti o los conciertos de la mexicana Amparo Ochoa, por ejemplo, eventos a los que se acudía de manera masiva.
Las editoriales Nueva Nicaragua y Vanguardia publicaban consistentemente novelas, cuentos y poesía de autores locales, pero también extranjeros, entre ellos, la primera y hasta ahora única edición, de Un libro rojo para Lenin de Roque Dalton, un libro suyo que había quedado inédito. Nicaragua era un hervidero cultural maravilloso, como posiblemente no se vuelva a ver jamás en ninguna parte.
Pero, hay que decirlo, no todo era miel sobre hojuelas. Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega, dirigía entonces la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC) y siempre rivalizó con el poeta Ernesto Cardenal, quien ocupaba el cargo de Ministro de Cultura. Murillo también dirigía el suplemento cultural "Ventana", del periódico Barricada (del FSLN), y no eran pocos los rumores sobre sus desmanes y negación a publicar textos en el mencionado suplemento o de montar exhibiciones y conciertos en los salones de la ASTC de gente que no estuviera “bien” con ella. Desde aquellos tiempos viene, en parte, lo que estamos viendo ocurrir hoy en día.
Qué lamentable que el actual régimen que gobierna Nicaragua haya recuperado el poder, no para enmendar los errores que se cometieron en el pasado, no para trabajar e intentar sacar adelante un país constantemente asolado por desastres naturales y el saqueo del erario público de parte de gobernantes sin escrúpulos. Lejos de eso, el poder está siendo utilizado por estos personajes para solventar antiguos rencores, para instalar a la familia Ortega-Murillo en lo que bien podría ser la próxima dictadura familiar del istmo centroamericano y para eliminar del camino político cualquier y toda amenaza a su poderío, como lo han demostrado las pasadas elecciones en Nicaragua que, pese a diversas denuncias de fraude, ha impuesto sus turbios resultados a palo y piedra.
En este caso, el Gobierno de Nicaragua ha secuestrado la poesía y la toma como rehén para negociar la realización de sus infantiles caprichos. El gran perdedor en todo esto será el amplio público al que las publicaciones de El País van dirigidas, pues se privará del gusto de acceder a la obra de Carlos Martínez Rivas, sin duda uno de los mejores poetas de lengua castellana y que, a toda honra, es centroamericano. Un poeta que, por lo demás, dejó pocas publicaciones y bastante obra inédita, por lo que esta antología constituía un suceso de particular importancia.
Sobre este caso, una amiga me preguntaba: “¿Será que están volviendo los tiempos difíciles a Centroamérica?”. Espero sinceramente que no. Pero hay que estar alertas, ser vigilantes. Y hablar, siempre hablar. Jamás callar.
(Publicado domingo 21 de diciembre en la revista "Séptimo Sentido" de La Prensa Gráfica).
Jacinta a las 04:34 PM | Referencias 0Tiene razón, Jacinta. Valiente comentario, no hay que callar ni siquiera ante la amenaza de un poder aniquilador y corrompido. Yo diré algo: estos días estamos presenciando la época de la demencia y el absurdo en la mayoría de los medios de comunicación salvadoreños.
La realidad también se puede inventar ¿se recuerda del caso de una radio que describía una invasión de Marte y que logró que mucha gente entrara en pánico?
Pues algo parecido ocurre en El Salvador ahora mismo, los medios saturan a la población de noticias inventadas, pero son contados los que creen. No voy a decir a que medios de comunicación me refiero. Eso si me lo voy a callar.
Saludos.
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