27 de Octubre de 2008
Gris Dickens, alias "El Chuco"

Era grande, gris y con el pecho blanco. Su cuerpo era inusualmente largo, tanto que lo pensé “un gato salchicha”. Le faltaba un pedazo de la oreja derecha y siempre andaba sucio, con algún arañazo en la cara. Tal era su grado de suciedad que comencé a llamarlo “el gato Chuco”.
Primero se asomó como para tantear territorio pero huía al verme. Luego comenzó a pelear con la Loli, mi gata, y yo corría para espantarlo. En algún momento dedujo cómo entrar por la puertecita de la Loli, y se robaba su comida. Se convirtió en rutina correrlo, pero el gato no se rendía. Así es que la que tuvo que rendirse fui yo.
El Chuco, viendo que no lo corrí más, se puso confianzudo. Después de comer se echaba a dormir en el lavamanos del baño o sobre el televisor. Me daba recelo su aspecto feroz y me sorprendí cuando me dejó acariciarlo. Su pelo era muy áspero al tacto y siempre le sentía cascaritas de heridas antiguas en la piel.
Ya que íbamos a tener que convivir, decidí ponerle un nombre decente. Y lo llamé Dickens, en honor del escritor inglés creador de personajes como niños huérfanos y gente del bajo mundo de Londres que siempre se sobreponían a la adversidad.
La Loli observaba al visitante con curiosidad. Un día la escuché maullar de una manera diferente. Después de vivir más de 14 años con ella, le conozco todos los maullidos, y aquel era totalmente nuevo. De puntillas me fui a ver qué pasaba. La Loli y Dickens estaban sentados uno frente al otro. Hubiera dado mi reino por saber qué decía ella, pero supongo que le explicó “las reglas” de la casa: “Mirá, tarado, no vengás maullando a las 3 de la mañana pidiendo comida que mi mami se enoja y además no te va a hacer caso. Y no se te olvide que aquí la que manda soy yo”. Luego le soltó un par de bofetadas en la cara al otro, quien nada más cerró los ojitos asustado y ni le levantó la mano.
Venía todas las tardes, entre las 4 y media y las 6. Comía. Luego dormía un par de horas y se iba de nuevo. Volvía de madrugada y se quedaba dormido sobre unos periódicos viejos esperando a que yo me levantara para darle desayuno. Los sábados, váyase a saber por qué, se quedaba a dormir acá toda la noche. Dormía a pierna suelta, agotado. Podías moverlo, gritarle, sacudirlo, y él ni abría los ojos.
Devoraba más que comía. A veces comía dos latas de alimento, una detrás de otra y todavía me miraba, relamiéndose contento los bigotes, pidiendo una tercera. El pelo se le comenzó a poner bonito.
Alguna vez vino cojeando o con una herida sangrante. Dickens me dejaba examinarlo y darle los primeros auxilios, mientras escuchaba con paciencia mis ruegos y regaños para que dejara sus correrías.
Cuando llovía venía totalmente empapado. Entonces el ritual de bienvenida era tomar una toalla y secarlo desde la punta de sus accidentadas orejas hasta la cola, tratamiento que él disfrutaba con máximo placer. Llegué a creer que se mojaba a propósito con tal de que yo lo frotara con la toalla, tanto así le gustaba.
La presencia de Dickens fue lo único que logró sanar la depresión de seis meses que le quedó a la Loli por la muerte de su hija, nuestra amadísima Bonifacia (que el Gran Padre Gato la tenga en su gloria).
Vi muchas veces a la Loli caminar junto a él y pegarle tremendos bofetones a Dickens, solo porque sí. Él ponía carita de Oliver Twist, parpadeaba con tristeza, pero no la agredía. Y de vez en cuando salían juntos a tomar el sol en la mañana, que era lo que a la Loli le gustaba hacer con la Boni.
Sentí curiosidad sobre la vida de Dickens. ¿Dónde pasaría el día? ¿Tendría algún hogar? Pensé que vivía en un taller de mecánica porque más de alguna vez vino manchado de grasa. Siempre que yo salía, estaba atenta por si lo miraba en algún jardín o calle de la vecindad. Como en efecto ocurrió un día, cuando lo vi sentado en la ventana de una casa vecina.
Le pregunté a la dueña de esa casa si el gato era suyo. Me dijo que no, pero era el papá de los críos de una de sus gatas. La preñó cuando tenía 4 meses y desde entonces, como padre responsable, llegaba todos los días a comer y a visitar a su “mujer e hijos”. Allí lo llamaban “el Gris”.
Aquella tarde, cuando Dickens vino a comer, lo cargué como a un bebé y lo amonesté: “Ajá, conque te llaman el Gris...”. Dickens me miró con una expresión de gran inocencia, como diciendo: “No te apures por eso, nena, tú eres mi chica y puedes seguir llamándome Dickens”.
Cuando dejaba de venir un día o dos, yo me preocupaba. Y eso me recordaba su condición de callejero. Su vida estaba plagada de peligros inimaginables para mí. Desde enfermedades, atropellamientos, pleitos con otros machos hasta lo peor de todo, el odioso ser humano.
Así pasamos cosa de un año. Pero de pronto, Dickens comenzó a venir menos. Día de por medio, cada dos días, dos veces por semana. Y un día finalmente dejó de venir. De eso ya hace algunos meses.
No sé si la Loli lo extraña mucho, pero yo definitivamente sí. Sobre todo porque tengo el mal presentimiento de que murió. Por su gradual no venir, pienso que quizás enfermó. Pero como soy la eterna ingenua, imagino que quizás encontró un hogar mejor que el mío donde decidió quedarse y que se está dando ahora la vida de un gran sultán, rodeado de lindas gatitas y bondadosos humanos que le dan de comer todo lo que él quiere, mientras lo frotan con toallas sin necesidad de salir a mojarse bajo la lluvia. Miau miau.
(Publicado domingo 26 de octubre 2008 en Séptimo Sentido, revista de La Prensa Gráfica.
"Chuco" en salvadoreño, es sinónimo de sucio. También hay un atol del mismo nombre.
En la foto, juntos pero no revueltos, tomando el sol: La Lolita de Nabokov, a la izquierda, y a la derecha, Dickens el Gris).
Ay qué lindos, deberías presentarle tu gata a Juan Bonilla!
Y sobre el guapo, cruzo los dedos porque regrese, el mío se fue cuatro meses y regresó hace como un año, desde ahí, no sale ni a la esquina...nosotros decimos que fueron extraterrestres...
Ojalá. A veces he visto a un gato que se le parece andando por los tejados, pero no estoy segura de si es él.
Ya he oído varios casos de gatos que se van meses y luego vuelven... ojalá así sea con Dickens. Es un gato muy noble.
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