24 de Octubre de 2008
Para construir una novela (y 2)
-Bastante del material leído cayó repetidamente en el error de ser discursivo. Autores que quieren convencer al lector de planteamientos morales, religiosos, ambientalistas y políticos. Párrafos largos explicando conceptos que son obviamente la opinión personal del escritor, pero que están puestos o en boca de algún personaje o como parte del discurso narrativo. Hubo alguien que incluso se atrevió a pringar la novela con el así llamado “lenguaje inclusivo”, o sea, hablando de hombres y mujeres, niños y niñas, hermanos(as)...
Obviamente el escritor de novelas tiene un punto de vista y una opinión de las cosas, y la novela puede ser un espacio para compartirlas. Pero hay que evitar el discurso, y sobre todo, el afán de convencer. Ya lo vivimos en los tiempos de la guerra en Centro América. Se confundió panfleto con literatura y se utilizó mucho el discurso político en la narrativa. Pero ya sabemos que el aceite y el agua no se mezclan. Si alguien quiere convencer a un lector de algo, mejor que escriba un ensayo, y argumente y fundamente desde el texto teórico.
Creo que demasiado a menudo se pierde de vista que la novela cuenta una historia, presenta personajes que desarrollan esa historia, ambientes, circunstancias. Y que los hechos muchas veces demuestran más que un discurso explícito.
Allí radica precisamente gran parte del genio de la escritura: ¿cómo plantear a través de una historia, de escenas y de personajes, lo que yo creo y pienso? Hay que hacer un gran ejercicio imaginativo para ello. Un discurso cualquiera puede decirlo, pero contar una historia... eso es otra cosa.
-Varias novelas daban la impresión precisamente de no tener una historia qué contar. De que los autores estaban más preocupados (o enamorados) de un personaje, de una circunstancia, de una época, pero que no tenían una historia bien armada. Parecían una secuencia de escenas. Pero una sucesión de escenas, en sí, no construye una historia, a menos que esas escenas impliquen una lógica que se de a conocer hacia el final o en el transcurso de la novela.
Podría no haber una historia concreta, si por ejemplo, se tratara de un texto experimental. Pero no era el caso del material leído.
Por lo contrario, había un par de novelas que pretendían abarcar demasiado (demasiados temas, personajes, momentos históricos y hasta países). Y quizás lo hubieran logrado de haber contado con la libertad de tener un número indefinido de páginas y pasarse de las 300 reglamentarias del concurso. Pero el exceso de personajes y temas, o posiblemente la manera de no poder resolver todo eso en menos de 300 páginas, también dispersó el contenido o la intencionalidad del autor.
Creo que se debe tener en claro la historia, su hilo, lo que queremos decir con ella, y mantenernos apegados a ese hilo, que es la columna vertebral del asunto.
-Es importante, en todo texto literario, atrapar y enganchar al lector desde el comienzo. Si bien es cierto la novela cuenta con espacio para desarrollar más la historia y los personajes, de nada sirve el espacio si no contratamos el interés del lector desde la primera frase y desde el primer capítulo. No podemos pretender engancharlo en el segundo o tercer o quinto capítulo, porque es posible que el lector ni llegue a esa parte si se aburre o no le provoca seguir la lectura.
El capítulo inicial, y las primeras frases, son vitales para marcar el tono de la historia, para dar pistas que enganchen la curiosidad del lector y lo empujen a continuar y no soltar el texto.
-Lo que voy a decir es seguramente una valoración muy subjetiva y personal. Pero una de las conclusiones a las que llegué es que un libro puede estar bien redactado, puede manejar técnicas literarias diversas, tener una historia interesante y muchos elementos que la hagan positiva... pero si no tiene un “espíritu” que le de vida y pasión propias, la técnica cae por sí sola.
El texto escrito puede llegar a ser frío y seco y no toca al lector, no lo emociona, no le hace imaginar las partes de la historia que no están escritas, no lo hacen pensar en el texto una vez que se cierra el libro.
Ese espíritu es el que nos hace leer de un tirón un libro, el que nos hace no querer llegar al punto final pero al mismo tiempo, el que nos come de ansias para terminar pronto porque queremos saber lo que ocurre con los personajes.
Transmitirle ese espíritu al texto es algo misterioso que no puede “enseñarse” ni explicarse a alguien que pretenda escribir. Creo que es algo que tiene que ver con la manera de escribir que cada quien tiene. Con la pasión personal por el texto o la historia, por los pedazos de vísceras que el escritor suelta de sí mismo y que reparte en el texto, por dejar hablar muchas veces al corazón, a la intuición, al lado oscuro e inexplicable de cada quien. Hay escritores que ocultan ese lado, por temor de sí mismos o de lo que puedan pensar los demás. Hay quienes no saben equilibrarlo con el trabajo estrictamente racional que entra en juego en la etapa de pulido. Un texto excesivamente pasional tampoco funciona.
Y ese espíritu es, final y realmente, el que distingue la escritura de la literatura: cualquiera puede redactar y escribir algo. Pero hacer literatura... he ahí el enigma.
Estas son apenas algunas impresiones, basadas en mi experiencia de escritura. No pretenden, como jamás lo han pretendido otras recomendaciones previas sobre escritura anotadas en este blog, ser fórmulas, recetas ni leyes. Soy la primera en aborrecer de eso.
Siempre he comprendido (y emprendido) la escritura como un método de auto-conocimiento. Y en ese sentido, creo firmemente que cada escritor debe primero entenderse a sí mismo, entender cómo funciona mejor, cómo escribe mejor, cómo entiende y emprende mejor su oficio. Y ése, y ningún otro, será su mejor y personalísimo método de trabajo.
Comparto lo que a mí me funciona porque quizás a alguien le pueda servir de algo, alguien podrá encontrar quizás por ahí algún "pan para su matata", como decimos en mi pueblo. Y sin embargo, cada vez que emprendo un proyecto nuevo, todas esas cosas que supongo "saber" no sirven para mucho, porque siempre, cada libro nuevo, cada texto nuevo, comienza de cero. Y me siento tan ignorante, tan torpe y tan aprendiz como la primera vez.
Eso es también lo que me gusta de la escritura: no saber. Descubrir de nuevo siempre. Volver a aprender, volver a asombrarme. Porque si tuviera fórmulas prefabricadas, por lo menos para mí, escribir no tendría absolutamente ningún sentido ni gracia. En el complejo reto de la escritura, de lograr un buen resultado, está el perpetuo enamoramiento que tengo con este misterioso oficio.
Jacinta ojalá así fueran todos que captaran desde las primeras.
No sé si piensa igual pero me pasa igual con la música, lo que al principio es áspero, ríspido difícil de leer es lo que en muchas veces, no siempre, tiende a saborearse más, contrario a lo que rápido se agarra y es fugaz.
Otra cosa que me gusta son los escritores que tengan buena descripitiva, para uno imaginarse y ambientarse bien.
Si que es buena lectora, 29 novelas ! wow.
Saludos
Luis | 25 de Octubre de 2008 - 04:14 AMEs cierto, he leído libros que como que se sienten ásperos, pero tienen algo de ese espíritu del que hablé y eso lima esos cantos burdos.
Las descripciones son tema aparte. Son una ciencia en sí, pues pueden llegar a ser "de cajón", repitiendo los mismos adjetivos o lugares comunes. Lo necesario sería encontrar lo extraordinario en lo que estamos describiendo, para que la misma sea una imagen memorable.
29 novelas. Y después digo que no leo...
Jacinta | 25 de Octubre de 2008 - 07:18 PMLo del lenguaje inclusivo ha sido motivo de mucha hilaridad entre algunos amigos escritores acá en Costa Rica: ¿Qué se puede esperar de un escritor que se deja intimidar al punto de meter lenguaje inclusivo en una obra literaria? No es una muestra de gran coraje literario, definitivamente, ni de mucho discernimiento.
En cuanto al 'alma' de la obra y el hecho que algunas no tienen nada que contar, me preocupa porque creo reconocer en ese asunto un fenómeno generalizado, que es lo que yo llamo el 'querer ser escritor' más que 'querer contar una historia'.
Cuando uno tiene una conversación con alguien y le cuenta una anécdota, uno usualmente (y automáticamente, porque es parte de las reglas de interacción social) se asegura de que la anécdota 1. sea relevante 2. sea interesante 3. no divague en detalles innecesarios. Las novelas son conversaciones entre lector y escritor que duran varias horas (si bien el escritor es el único que habla) y a mi me parece una falta de respeto absoluta pedirle ese tiempo a alguien que uno no conoce sin antes decidir si uno tiene algo relevante, interesante y definido que decir. Muchos pasan por alto estos requisitos mínimos porque sienten que lo que importa es cumplir el tecnicismo de llenar cuartillas con palabras y que por ese mágico mecanismo se convierten en escritores, pero la verdad es que más bien ahí es donde radica la diferencia entre los escritores y los que nunca lo serán sin importar cuanto escriban.
Juan Murillo | 26 de Octubre de 2008 - 02:25 AMme parece que todos los errores que usted presenta están presentes en la mayoría de escritores jóvenes centroamericanos que se apresuraron a publicar.
he leído su trabajo y me gusta, y creo que los consejos que da no sólo se apoyan en lo que ve sino en lo que le ha tocado vivir.
esa escritura rápida, como si la vida se fuera, está bien pero no funciona.
gracias.
ME PARECEN INTERESANTES TODOS LOS COMENTARIOS. HASTA AHORA MI CONTACTO CON LA LITERATURA HA SIDO DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL LECTOR, PUES NUNCA INTENTÉ ESCRIBIR NADA HASTA HACE POCO EN QUE DECIDÍ ESCRIBIR PARA NIÑOS. SOY MAESTRO DE PROFESIÓN Y EL MUNDO DE LOS PEQUEÑOS PUEDE SER FASCINANTE A LA HORA DE CONCEBIR UNA HISTORIA. HE TERMINADO MI PRIMERA NOVELA PARA NIÑOS. ME GUSTARÍA, SI ES POSBLE, RECIBIR ALGUNOS CONSEJOS EN ESTE SENTIDO. GRACIAS
ERNESTO MIRABAL | 15 de Mayo de 2009 - 04:41 AMEstoy de acuerdo con tus afirmaciones. Creo que la diferencia entre un novelista y alguien que escribe es difícil de explicar. Quizás tenga que ver con la cantidad de ideas contenidas en cada párrafo; la creatividad en el lenguaje al servicio de una historia. En todo caso sin 'encanto' no hay literatura. El encanto es el principal enganche con el lector y comunica una esencia personal del autor.
Fran | 18 de Junio de 2009 - 10:03 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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