9 de Octubre de 2008
En el salón de belleza
Él, estilista colombiano, 6 años de vivir en Costa Rica.
Ella, salvadoreña, 3 años y 9 meses de vivir en Costa Rica.
En el momento del peinado, él le pregunta si quiere que le corte el pelo. Ella dice que no, que se lo cortó la vez pasada.
-Por cierto –comenta ella–, gustó mucho el corte que me hiciste.
-¿Ah sí? –exclama orgulloso el estilista–.
–Sí –dice ella– lo que pasa es que estuve en El Salvador, y como tenía más de un año de no ir, no me habían visto con el pelo así. A varia gente le gustó el corte.
Y él, ay qué bueno que fuiste, ¿y cuánto tiempo estuviste?, y ella le da detalles.
Entonces él pregunta ¿y no te dieron ganas de quedarte?
Y ella responde, apesadumbrada, ¡¡¡ayyyy, síiiiiii!!! Se me hizo difícil volver, quería quedarme allá con mis amigos...
Y él, a mí me pasa igual. Vieras que yo estoy con un gran dilema en mi vida, si quedarme o irme.
Y ella, ay, yo igual.
Y él, es que uno como que nunca se termina de adaptar, ¿verdad?
Ella, pues no, yo por lo menos sigo sintiéndome extraña. Y por lo demás, siento que la vida sólo es trabajo y trabajo y nunca progreso.
Él, en efecto, trabaja uno todo el día y todos los días y ni rico se hace uno, si por lo menos eso. Yo estoy igual que allá, no mejora mi situación.
Ella, yo pienso que si por lo menos uno mejorara, valiera la pena el sacrificio, pero para estar igual que estábamos allá, es mejor regresarse, porque por lo menos allá está uno con su gente, en su país, comiendo su comida...
Él asiente.
Ambos se quedan callados largo rato. Cada quién pensando en su terruño.
(Foto: Millie's Beauty Salon de Chicago. Tomada de Bright Lights Dim Beauty of Chicago).
Hay otro síndrome peor, que me han comentado conocidos: Se vive en Europa, digamos, por varios años. Se extraña la patria, se regresa. Pero al regreso ya nada es como uno se acordaba, molesta la contaminación, la corrupción, el crimen, la burocracia, en fin, se extraña Europa. Se regresa a Europa, pero se extrañan los amigos, la comida, el clima, el acento. En fin, de pronto se da uno cuenta que ya no se siente bien en ningún lado, ya no pertenece a ningun lado, ha perdido su patria.
Juan Murillo | 9 de Octubre de 2008 - 07:59 PMEso ya me pasó, aunque no sé si se trate exactamente de "perder la patria", porque uno no deja de ser de donde es nunca. Pero en efecto, uno ya no se siente bien en ninguna parte, y es un sentimiento bien "freak" (no encuentro mejor palabra para describirlo...).
Jacinta | 9 de Octubre de 2008 - 09:16 PMMe identifiquè completamente. Un lugar donde uno tiene cèdula se puede sentir como estar en casa... o no. Yo ahora ando pensando en los pròximos 5 años, y que tal vez me gustaría levantar raíces y moverme para otro lugar. Sé que ningún lugar se sentirá "como en casa", entonces más bien explotar la serendipia de estar en un lugar que definitivamente no lo es.
medea | 9 de Octubre de 2008 - 11:18 PMYo aún no resuelvo nada, y vaya que he andado mudándome por el mundo a cada rato. A veces es rico eso de poder levantar vuelo, sin apegos. Pero con el tiempo creo que termina cansando mucho, un cansancio interior claro. Tanto despedirse, tanto desprenderse, al final también uno pierde cosas intangibles, que son más palpables en la soledad del ser extranjero siempre.
Atente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
