28 de Marzo de 2008
Ratón de campo
¿Recuerdan la historia del ratón del campo y el ratón de la ciudad?
El ratoncito del campo vivía en un lugar rodeado de árboles, escuchaba cantar a los pájaros y comía verduras y frutas y paseaba por el bosque y los prados. Un día llegó a visitarlo su primo, el ratón de la ciudad, pero al poco rato de estar allí, el ratón de ciudad estaba aburrido y le dijo a su primo que debería ir a visitarlo a la ciudad, que allí se la pasaba muy bien. El ratoncito del campo accedió y se fueron juntos a la ciudad.
Nada más llegar comenzaron los problemas: al ratón del campo por poco lo arrollan en las calles, miraba casas y casas de cemento y en ninguna parte un árbol, mucho menos un pájaro. Y por todas partes esos abominables y peligrosos seres que detestan a los ratones: los humanos.
“No te fijes en eso”, le dijo el ratón de la ciudad, “en casa estaremos mejor”. Ya adentro, el ratón del campo se admiró de la linda casa y de una mesa llena de manjares deliciosos que comer. Pero cuando estaban por hincarle el diente a un rico pedazo de queso, apareció el gato y por poco se los cena a los dos.
“Es suficiente”, dijo el ratón del campo, “regreso a mi tranquila casa”. Y cuando regresó, el ratón del campo se sintió contento de ver de nuevo los árboles, los pájaros, las flores, de escuchar a los grillos cantar de noche y sobre todo, de sentirse en paz y tranquilo.
Así me siento yo con demasiada frecuencia. Definitivamente, soy ratón del campo. Es la primera vez en la vida que vivo tan metida en la ciudad y estoy francamente harta. No me agrada en lo más mínimo. Seguramente algo tendrá que ver el hecho de que me crié en el monte, es decir, en una casa en una especie de pequeña finca, con un extenso terreno lleno de árboles frutales, animales y un paisaje de esos que quitan el aliento, a media hora de la ciudad, alejados totalmente del mundanal ruido, casi sin vecinos.
Mi aborrecer la ciudad tiene más que ver con esa serenidad y con ese íntimo y constante contacto con la naturaleza que tanto extraño y que tanta falta hace en las ciudades. Siempre he sido de sembrar plantas, flores y alguna que otra verdura, de darle de comer a los pajaritos y de recibir los visitantes animales más insólitos, desde tacuazines hasta culebras. Una vez incluso me hice amiga de un murciélago.
Pero la ciudad... no tiene que ver conque sea San José. Tampoco me gustó vivir en Berlin en un octavo piso de un edificio. Y la idea de vivir en la ciudad de San Salvador me era ajena, siendo que siempre viví en Los Planes.
Aunque admito que me gusta el hecho de que tengo todo cerca y todo puedo resolverlo a pie dentro de un radio que no me obliga a caminar más de media hora en el más extremo de los casos, hay cosas que de plano me desagradan.
No me gusta tanto edificio, negocio, asfalto, ruido, humo. Pero lo que más puedo detestar es el tráfico, el ruido de los carros y los furgones, los pitos, la abominable desconsideración de los conductores que, no sé por qué, siempre se desquitan con los que andamos a pie (en vez de manejar contentos porque tienen vehículo propio...).
Por supuesto que el lugar donde vivo no ayuda para nada. Aterricé aquí por cosas del destino y por varios motivos no he podido salir. No lo pude ver antes de llegar, que si lo hubiera hecho, jamás me hubiera quedado aquí.
No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dicen. Y por eso me repito que más temprano que tarde tendré el gusto de irme a un lugar más cálido, agradable, limpio, privado, silencioso, amplio, con ventanas (muy importante para mí) y con un auténtico jardín, lo cual es imprescindible.
No me imagino viviendo en apartamento. Supongo que soy medio claustrofóbica, pues nunca me han gustado los lugares pequeños, los cuartos pequeños, las casas pequeñas. Aunque después de vivir en este minúsculo cuarto, cualquier casa me parecerá inmensa.
Me sueño una casa en un vecindario tranquilo de la ciudad, donde se pueda dormir las horas normales (aquí junto a la Calle de la Amargura, dormir es una utopía...), con jardín y ventanas, y un escritorio junto a la ventana para ver el jardín, lo que compensaría un poco todo lo desagradable que es vivir en una ciudad.
Me pregunto: ¿por qué los humanos hemos creado lugares tan feos, agrestes, áridos e inhospitalarios para vivir? ¿A esto le llaman “progreso”? Yo paso. Prefiero el campo...
Atente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
