25 de Marzo de 2008
Una vida de amor, locura y muerte: Horacio Quiroga
En 1937, en el sótano del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, había un paciente llamado Vicente Batistessa. Estaba internado en esa parte del hospital por su aspecto físico: tenía horribles deformaciones, causadas quizás por una elefantiasis, una neurofibromatosis o el Síndrome de Proteus. Apenas era visitado por el médico que lo atendía y por alguna enfermera.
Un día, un paciente alto, delgado, barbado y de ojos verdes, bajó al sótano por curiosidad y encontró a Batistessa. Le habló. El deforme, acostumbrado a ser visto con temor o en el mejor de los casos, a ser ignorado, apenas tuvo valor de contestarle. Poco a poco se dio cuenta que el paciente barbado era sincero y amable y ambos se hicieron amigos. El barbado exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, que ambos compartirían.
Cuando ya Batistessa, profundamente agradecido por ser tratado como un ser humano normal, se encontraba en la habitación que compartiría con su amigo, el barbado le contó la historia de su vida.
Se llamaba Horacio Silvestre Quiroga Corteza y había nacido en El Salto, Uruguay, el último día del año 1878. Cuando era apenas un bebé de brazos estuvo presente cuando su padre, Prudencio Quiroga, murió al disparársele accidentalmente la escopeta, que llevaba en una posición incorrecta, al descender de una lancha. Su madre, Juana Pastora Corteza, asustada por el disparo y la visión del marido herido, dejó caer al bebé, que se golpeó contra las tablas del muelle y casi cae al agua.
Fue un niño tímido, asmático y algo tartamudo. Cuando Horacio cumplió doce años, Pastora vuelve a casarse con Ascensio Barcos, a quien el niño tomó gran afecto. Pero cinco años después del matrimonio, Barcos sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó paralítico y afásico. No conforme con su suerte, Barcos, utilizando el poco movimiento que todavía tenía en una de sus piernas, logró arrastrarse hasta donde guardaba la escopeta, puso el caño en su mentón y accionó el gatillo con el pie. Horacio, en ese entonces de diecisiete años, quien se había esmerado en cuidarlo, fue el primero que acudió al oír el disparo, encontrándolo muerto.
No fue sino hasta que Horacio cumplió 22 años que comenzó a escribir poesía. Admiró la obra de Leopoldo Lugones y de Edgar Allan Poe. A Lugones lo conocería en un viaje fluvial y éste lo invitaría a su casa en Barrancas. Mantuvieron una amistad que duró hasta la muerte.
Con el nuevo siglo, Quiroga viaja a París donde permanece durante 4 meses. Visitó la Exposición Universal, participó en un torneo de ciclismo y conoció a Ruben Darío. Sin embargo, se desencantó pronto de la Ciudad Luz, que le pareció demasiado banal y frívola. Las penurias económicas lo forzaron a regresar al Uruguay.
A su regreso, publica su primer libro, Los arrecifes de coral. Pero la alegría de su primera publicación se vio opacada demasiado pronto por nuevas tragedias. Sus dos hermanos, Pastora y Juan Prudencio, mueren de tifoidea.
Poco después, en Montevideo, a principios de 1902, Guzmán Papini publicó en un periódico una nota en la que vinculaba a Federico Ferrando, gran amigo de Quiroga, con un ladrón. No había otra manera para Ferrando de restaurar su honor más que batirse en duelo con Papini. Quiroga se ofreció para explicarle a Federico el uso de un arma de fuego, acostumbrado como estaba desde niño al manejo de las mismas. Héctor Ferrando, hermano de Federico, había comprado por encargo de éste una pistola de dos caños. Quiroga tomó el artefacto para explicarle el funcionamiento, pero en el momento en que quiso detener el gatillo, éste se accionó escapándose una bala que entró por la boca de Federico, matándolo al instante.
Traumatizado y adolorido por tal suceso, decide mudarse a Buenos Aires, para vivir con su hermana María. Leopoldo Lugones lo invita a participar como fotógrafo en una expedición de estudio de una ruinas jesuíticas. Aquel fue un viaje decisivo para Quiroga, quien arribó por primera vez a la región de Misiones donde el clima y la vegetación se instalarían en su imaginario personal para siempre. Compró un terreno en el Chaco donde intentó sembrar algodón. Como empresa aquello fue un fracaso, pero marcaría el comienzo de su vida como hombre de campo.
Publica cuentos en revistas y periódicos, se enamora y se casa con una de sus alumnas de la Escuela Normal, Ana María Cires, y se va con ella a vivir a San Ignacio, en Misiones. Construye una casa completa con sus propias manos. Eufórico por la vida en la selva, obliga a la esposa a parir a su primera hija ahí, nada más que con el auxilio de Quiroga como “comadrona”. Nace así Eglé, bautizada con ese nombre por un personaje de Dostoievski. El siguiente hijo, Darío, nacería en un hospital de Buenos Aires, ante la rotunda negativa de Ana María de repetir la aterradora experiencia anterior.
Quiroga crió a sus hijos de una manera muy particular. Los acostumbró a la selva y a los animales. Los exponía a situaciones de riesgo medido para que se valieran por sí mismos y no fueran temerosos. A menudo los dejaba dormir a solas en la selva o sentados al borde de un precipicio, para gran horror de su madre. Eso provocó fuertes desavenencias en el matrimonio, que junto con la lejanía de todo, las dificultades económicas, las fracasadas empresas que Quiroga emprendía y la diferencia de edades entre ambos, desembocarían en un final terrible.
Cansada de rogarle a Horacio que regresaran a Buenos Aires, Ana María Cires tomó una sustancia conocida como “sublimado”, un lento veneno que la tendría en agonía durante 8 días hasta finalmente morir. Quiroga quemó toda su ropa, todas sus fotos y desapareció cada objeto que pudiera recordarle a ella y a su propia culpa, por no haber accedido a las peticiones de su mujer.
Regresó a Buenos Aires con sus hijos y se dedicó exclusivamente a criarlos y a escribir. Publicó varios volúmenes de cuentos que le valieron respeto y prestigio. Conoció a dos jóvenes de quienes se enamoró. También conoció a Alfonsina Storni, con quien tuvo una muy buena amistad y hasta un romance, según se rumoró.
Haría un intento más por vivir en Misiones, esta vez con su segunda esposa, María Elena Bravo, amiga de su hija Eglé, 30 años menor que él. Con ella tendría una hija, María Elena, que sería conocida como “Pitoca”.
Había logrado algo de estabilidad económica gracias a sus libros, pero los tiempos literarios definitivamente estaban cambiando. La aparición de Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges, críticos y discriminadores de todo lo producido anteriormente, influenciaron en el cambio de gusto literario de los rioplatenses. Las obras de Quiroga comenzaron a decaer a tal punto que su novela Pasado de amor apenas vendió 40 ejemplares. Esto lo desilusionó fuertemente.
También habían comenzado los problemas con su joven esposa quien no podía adaptarse a la vida en la selva y a criar a su pequeña hija en aquellas circunstancias. María Elena tomó a la niña y regresó a Buenos Aires.
En esos días ya se habían manifestado los primeros síntomas de una enfermedad para cuyo diagnóstico Quiroga viajó a Buenos Aires.
La tarde del 18 de febrero de 1937, una junta de médicos, después de análisis, exámenes y una cirugía exploratoria, le anunció al amigo barbado de Batistessa que tenía cáncer prostático y que no había nada más que hacer.
Al saber la noticia, Quiroga pidió permiso para dar un paseo y visitar a su hija fuera del hospital, permiso que le fue concedido. Pasó por una farmacia y compró cianuro. Regresó al hospital. Mezcló el polvo en un vaso con agua. Y en presencia de Batistessa, Horacio Silvestre Quiroga Corteza, de 58 años, sintió en su propio paladar el amargo sabor del cianuro, tan similar al amargo sabor de todas y cada una de las desgracias de su vida.
Posteriormente, su gran amigo Leopoldo Lugones, su querida Alfonsina Storni y sus dos hijos, Eglé y Darío, también se suicidarían.
(Publicado en C.A.21, parte de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
Jacinta a las 03:54 PM | Referencias 0Está muy bien el artículo,salvo que el segundo apellido de Quiroga es FORTEZA,no Corteza
Luis | 24 de Mayo de 2010 - 04:43 PMEn dos años han desertado de nuestra existencia tres de nuestros más grandes espíritus. Cada uno de los cuales bastaría para dar gloria a un país. Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Alfonsina Sotrni. Anda algo mal en la vida de una nación cuando en vez de cantarla los poetas parten voluntariamente con un gesto de amargura y desdén, en medio de una glacial indiferencia de estado -Así da comienzo a un documental de “Canal encuentro” acerca de Alfonsina Storni que nos introduce en su vida y en su obra y pretende desentrañar, con pruebas, su poético suicidio.
Son difíciles de hallar “Vicente’s Bastistessa’s” por el mundo de los escritores suicidas. ¿A quién no le hubiera fascinado participar del principio del fin de un famoso escritor?
"Un hombre dormia bajo un árbol y soñaba que era mariposa, cuando despertó se preguntó sino era una mariposa que soñaba que era hombre..." (Cuento Zen)
Yo espero ser
La mariposa
Que una noche
Cuando era hombre
Dulcemente soñe,
Porque ahora
Que talvez soy
Una mariposa
No quiero ser
Este hombre
Que sueño que soy...
Hálvaro Goluboay © (Costa Rica)
Al igual que Sabina en su Oda a la critica... mucho quisieramos que sea la gente quién aprecie o desprecie nuestro trabajo... y no los críticos... talvez un día tambien llegará alguien a quien no le guste su trabajo como a mi no ne gusta el de Borges, a pesar de su Premio Nobel... Pobre Quiroga! Solo quién ha estado en su zapatos puede de verdad que se siente cuando devaluan tu trabajo... sin saber cuantas horas de vigilia, sudor y angustia te costó eso porque las palabras merodean en tu mente, te buscan y no te dejan dormir hasta que las encuentres...
Hálvaro Goluboay | 26 de Septiembre de 2010 - 06:22 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
