22 de Febrero de 2008
Las tres chispas del diablo
Cuando aprendí a leer, el periódico se convirtió en una de mis lecturas cotidianas. Estoy hablando de mis 5, 6 años. Nadie me impedía leerlo. Yo prefería la crónica roja y una sección que tenía La Prensa Gráfica llamada “Sucesos de anoche”, que podía aparecer en cualquier parte del diario porque eran notas que surgían al cierre de la edición y se acomodaban en cualquier espacio. Por lo general eran muertos, choques, asaltos, atropellados, crímenes pasionales y suicidios.
Los suicidios siempre me fascinaron. La idea de que alguien se quitara la vida me ponía a pensar y mucho. En aquella época, años 60, recuerdo que había un método bastante común para suicidarse en El Salvador y era ingerir algo llamado “las tres chispas del diablo”.
Nada como esa combinación de palabras para agitar mi ya enfebrecida y dinámica imaginación. Recuerdo que le pregunté a mi padre qué era eso. Primero me preguntó que de dónde lo había sacado. Le dije que del periódico, que alguien se había suicidado tomando eso. Mi padre nada más me dijo que era un veneno y que no anduviera leyendo esas cosas. Pero nunca me quitaron el diario de las manos ni me andaban fiscalizando las páginas que debía o no leer.
Desde entonces se me convirtió en un deporte personal detectar casos de suicidas con tres chispas del diablo, porque lo que quería era saber qué diablos era esa sustancia. La escueta definición de “veneno” que me había dado mi padre no era suficiente. Yo quería saber dónde lo vendían, cómo era, cómo olía, cómo se tomaba, qué efectos (además de la muerte) causaba en el cuerpo humano, etc. Y mi mayor ambición era, por supuesto, verla personalmente, algo que nunca logré.
A falta de datos fidedignos, tuve que, por supuesto, imaginármelo. Así es que para mí, las tres chispas del diablo eran una piedra. La piedra tenía forma de cubo, pero un cubo de bordes imperfectos y burdos, como los de una piedra cualquiera en el suelo. Era gris, pero podían notarse en su composición pedacitos metálicos plateados y algunas vetas azules que en algún momento brillaban, sobre todo las partes plateadas (ésas eran las “chispas”).
Lo que más me costó fue meter al diablo en el asunto. Así es que pensé que la piedra tenía que conseguirse por métodos muy difíciles. Quizás donde algún brujo. O quizás uno se iba al monte y se la encontraba por ahí, como se encontraba la piedra del rayo (que dicen se forma en el justo lugar donde cae un rayo) o que había que ir a desenterrarla... ¿pero cómo se llegaba a saber eso? Ah, fácil. Era que el diablo mismo se le aparecía a estas personas y les decía dónde ir a buscar la piedra. Y al diablo me lo imaginaba igualito que el de las viñetas de Jamón del Diablo, con todo y trinchante, sólo que en negro y del tamaño de una persona normal.
Esas “apariciones” ocurrían nada menos que en el barrio San Esteban de San Salvador. Por qué ubiqué mis apariciones ahí, no sé. Quizás porque alguno de los suicidados era de aquel barrio que yo conocía harto bien debido a que mi padre era dueño de un mesón ahí, a menos de media cuadra antes de llegar a la Iglesia. Creo incluso que alguna vez algún inquilino se suicidó en uno de aquellos cuartos. (“Mesón” en El Salvador, es lo que en otros lugares se llama cuartería).
No tengo idea de cómo la gente ingería la piedra. Tampoco por qué eran tres chispas y no cinco o siete o cien. En mi imaginación, la gente realmente no se la “tomaba”. Imaginaba a la gente encerrada en algún oscuro cuarto de mesón en San Esteban, sosteniendo el cubo de piedra en la palma de la mano derecha (tenía el tamaño suficiente como para caber en la palma de la mano y tenía que ser en la derecha porque en la izquierda el asunto no funcionaba, quizás porque soy zurda y eso me haría inmune a sus efectos...); entonces ocurría alguna especie de oscuro y misterioso trance con sólo verla, una trance en el que el diablo le daba instrucciones al suicida para eliminarse.
Luego pensé que TODOS los suicidios ocurrían así. Que todos se encontraban o topaban o les regalaban una piedra de tres chispas del diablo y que por las noches, de la profundidad de la piedra, surgía la mera voz del cachudo (olores de azufre incluidos, claro) para obligar al que la tuviera a matarse, fuera ahorcándose, pegándose un tiro, tomando mata-ratas u otros métodos.
Al cabo de los años, siempre recordé aquel “cuento” (que ahora se me ocurre no estaría demás escribir... me apropio copyright sobre el concepto). Y en alguna plática casual, ya ni recuerdo dónde ni con quién, alguien me desencantó y aterrizó violentísimamente a la realidad, diciéndome que las mentadas tres chispas del diablo era un mata-ratas azul en polvo, común y corriente, que se conseguía en cualquier parte, el veneno preferido por las domésticas y la gente pobre para matarse. Algo así como el Racumín. Sólo que la marca era “Tres chispas del diablo” y venía en bolsitas plásticas transparentes. Aunque si eso es cierto, no me consta tampoco.
Por supuesto que no puedo terminar de decir el profundo desencanto que saber aquello me produjo. Y lo olvidé bien pronto porque lo que yo me había imaginado era mil veces mejor que la triste realidad.
Recordé todo eso el fin de semana, en medio de las investigaciones en las que ando sobre los escritores suicidas y al leer sobre el veneno con que se mató la primera mujer de Horacio Quiroga, un veneno que llamaban “sublimado” y que la tuvo en dolorosa agonía durante 8 días...
Que temas más macabros Jacinta.
No hay peor desgracia para una familia que ver ese acto tan tremendo, es como un secreto oscuro que se trata de ocultar de toda manera, un recuerdo muy feo que no hay que traer a cuenta nunca.
Que horrible desesperación o desorden mental propiciado por sustancias para llegar a ese acto tan extremo, extremo que ni el más valiente se atrevería a hacer, creo que no hay cosa más grande a la que le tenemos miedo, que a la muerte.
Me viene a la mente el hermano de una conocida, y un ex empleado de un trabajo, agobiado por las deudas generadas por su vida licensiosa.
Ojalá piensen que siempre hay una solución y ayuda terapeutica, pobre la gente desposeída que llega a esto.
Al contrario de su etapa de la niñez, ya no soporto leer tanta nota amarilla, mejor respiro con las secciones culinarias culturales o deportivas.
Saludos cordiales, no vió la Marche de l´Empereur en Cinemax ? el documental narrado del ciclo de la vida del pinguino emperador, la quise ver por su fama es muy buena, me gusta cuando por fín dejan los nidos y se van los pinguinitos, y el verlos caminar, puros niños !
Luis | 22 de Febrero de 2008 - 05:22 PMcreo que no hay mejor nombre para un cuento (o libro de cuentos) que "las tres chispas del diablo"... lastima poque ya te apropiaste del copyright... pero igual puede servir para una banda de rock latino... veremos que es primero si el libro/cuento (tuyo por supuesto) o la banda (espero mía)... saludos
Victor | 22 de Febrero de 2008 - 05:40 PMLas "chispas del diablo" también eran unos cohetes que vendían en épocas navideñas, envueltas en papel de china rojo. En México se le llaman "chinampinas", pero son más pequeñas y menos violentas.
Las "chispas" se ponían en el suelo y había que restregarlas con los pies (bien calzados, claro) para que "reventaran". En realidad no revientan, sino que hacen un chisperío bastante regular.
Chistoso: yo creí siempre que esos suicidios se daban porque se tomaban chispas del diablo de las que revientan... Me imagino que con tres no alcanzaría para dar más que una intoxicación desagradable, pero no mortal. De niño suponía que la gente se la tomaba y reventaban dentro de la panza. A eso de los ocho o nueve años me dije: no, imposible, y me puse a hacer experimentos. No conmigo, porque no soy menso, sino mojando "chispas del diablo" como estarían dentro de la boca y no, no reventaban. Tons mi conclusión fue que eran bien venenosas, y cada vez que compraba de ésas y las reventaba, me lavaba muy bien las manos después.
Hacía siglos que no me acordaba de los suicidios con chispas del diablo...
Luis, vi la película pero no me gustaron ni la versión francesa ni la versión en español, porque le ponían voz a los pingüinos y me pareció... bueno, no me gustó simplemente. No he podido ver la versión gringa que es narrada por Morgan Freeman y como un documental más formal.
Rafael, no sabía lo de los cohetes. Tu versión tampoco está mal...
Victor, cuando formés el grupo (que por supuesto, tiene que ser de rock), me invitás a escucharlos.
Saludos a todos.
Jacinta | 22 de Febrero de 2008 - 08:21 PMJacinta pero la original es esa ! en francés, no hay versiones, a mi me pareció rara y muy buena.
Saludos cordiales
Luis | 23 de Febrero de 2008 - 01:27 AMSé que es la original, pero a mí no me gustó eso de ponerle voz a los pingüinos, no era necesario hacer esa ridiculez con una fotografía tan exquisita. Cuestión de gustos... y sí, hay versiones, pues se hicieron doblajes a diversos idiomas. Aquí la pasaron en español en los cines y me pareció fatal.
Jacinta | 23 de Febrero de 2008 - 01:30 AMEstá en lo cierto Jacinta ayer la ví en inglés y es vulgar !
Es que sabe siento que al gran público no le va a gustar un documental muy técnico, es una manera de presentarles algo digerible.
La verdad el mejor cine ahorita lo hacen los documentalistas de la vida natural, por ejemplos los excelentes documentales de planeta azul y tierra los diversos del amazonas, por cierto hay uno narrado en primera persona narrado por los animales en nombre indígenas bellísimo.
Un animal admirable por su belleza y fiereza es el leopardo marino, he visto documentales dedicados solo a esa especie excelentes, hace poco mataron a un camarógrafo, lo que nos recuerda que la naturaleza es de observarla y no inmiscuirse en ella, cosa que le pasó a Steve Irwwing.
Me moví del tema.
Luis | 23 de Febrero de 2008 - 04:03 PMHola, Jacinta.
Oye, el matarratas era matarratas pero de lo que sí estoy seguro es de que las Chispas del Diablo eran unos fulminantes que usabamos para jugar a la manera que describe Rafael. También los lanzábamos con hondilla contra los murcielagos para espantarlos del techo de ciertas casas...
Y por supuesto eran la psitola de los pobres para suicidarse tomándolas...
Un saludo.
Em mi barrio eran más expeditivos. Los dos suicidas que yo recuerdo son uno que se lanzó a la calle desde un tercer piso y otro que se voló la tapa de los sesos.
No sé por qué, pero al niño que fui le parecía más triste el suicida del revolver.
Álvaro | 25 de Febrero de 2008 - 08:46 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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