8 de Febrero de 2008
Besos de café con leche
Aquello solamente ocurría en las mañanas soleadas. O quizás es así como lo ha guardado mi memoria. Mi padre salía de su dormitorio al comedor, ya listo para irse al trabajo. Se sentaba en la misma silla que se sentó siempre incluso cuando ya no vivíamos con él.
Mi padre jamás desayunaba. Y eso lo recuerdo cada vez que escucho a los nutricionistas decir que se debe desayunar, que es la comida más importante del día. Mi padre jamás desayunó más que un vaso de jugo de naranja recién exprimido y una taza de café con leche y vivió con una salud bastante sólida hasta los 96 años. Quizás y apenas dos veces al año se le antojaba comer algo y entonces apuraba un poquito de Corn Flakes con leche o una tostada con mantequilla, pero nada más.
Yo ya estaba por lo general en el comedor. Y cuando él llegaba a sentarse para su jugo y su café nos sonreíamos. Me decía “buenos días, chichí”. Siempre me dijo “chichí”, una palabra cariñosa que se usaba antes para nombrar a los niños en El Salvador.
Inmediatamente me sentaba sobre sus piernas y él me abrazaba. Yo le pasaba las manos por la cara suavecita, recién afeitado y oloroso a Old Spice de Shulton. Entonces yo me estiraba toda sobre media mesa para alcanzar la cajita metálica azul de las Hermesetas, unas pastillitas de sacarina que él tomaba con el café. La cajita de las Hermesetas estaba al centro de la mesa, junto con la sal, la pimienta, las servilletas y el azúcar común. Me gustaba abrir la cajita que tenía una tapa deslizante y entonces, la magia: abajo había un hoyito y por el hoyito había que sacar la pildorita de sacarina. La cosa se ponía más difícil a medida que se iban acabando las sacarinas, porque había que hacer coincidir la pastillita con el hoyito. Era un jueguito que me encantaba y que a mi padre, estoy segura, le gustaba verme hacer.
A veces, si el jugo de naranja estaba muy ácido, me pedía que le sacara otra pastillita para metérsela al jugo. Y por supuesto, yo lo hacía encantada. Igual cuando alguna vez tuvo que tomar algún medicamento líquido que implicaba tomarlo en gotas, 14, 15 gotas, en el jugo de naranja. A mí me encantaba eso de contar las gotas. Lo hacía yo o lo hacía él pero yo contaba en voz alta las gotas, como si fuera el asunto más importante sobre la faz de la tierra. Para mí lo era. Que mi padre siempre estuviera saludable y que nunca se muriera.
No sé cuántos años tendría yo entonces. Serían 4 o 5, porque todavía no iba al colegio. Mi padre ya tendría 60 y algo. Se tomaba el jugo primero, generalmente de un solo trago. Al final decía “ahhhh” si le había gustado y ponía el vaso sobre la mesa con mucho ruido, como si se hubiera tomado un gran trago de vodka. O si el jugo estaba ácido arrugaba la cara, sacudía algo el cuerpo y yo me moría de la risa. Entonces repetía su acto de arrugar la cara una segunda vez, solo para que yo me riera de nuevo. O hacía un sonido con la boca, un sonido que me empeñé en aprender, un tronar la boca cuando uno junta la lengua con el paladar.
Luego se tomaba el café en ruidosos sorbos. Mi madre regañaba a mi padre diciéndole que no hiciera eso, que era mala educación, pero mi padre jamás le hizo caso. Al contrario, sorbía haciendo mucho más ruido y con la cara muy seria. Yo sabía que él lo hacía a propósito nada más que para fastidiar a mi madre. Cuando ella se iba a la cocina, él me decía en voz baja, cómplice: “muy brava tu mamá”.
A veces me pasaba todo aquel ritual sentada sobre su pierna. Me daba algo de tristeza cuando el café se terminaba, pues sabía que ya mi padre se iría a su oficina. Entonces me agarraba la cara y me daba un sonorísimo beso en la mejilla. Me la dejaba hasta ensalivada. Me ponía en el suelo, tomaba las llaves de su carro, algunas monedas y salía hacia la ciudad. Entonces me daba no sé qué aflicción de que se fuera y le pedía otro beso más. Me daba un besito silencioso y yo le reclamaba. “No, así noooo”. Él se reía y me lo daba, tronador y salivoso, como yo quería.
Yo me quedaba en casa. Y en el transcurso de la mañana sentía de nuevo el olor del café con leche y la loción Old Spice que se me habían quedado pegados en el cachete y por supuesto tenía que pensar en él.
Siempre tomo mi café negro y sin azúcar. Pero cuando ocasionalmente se me antoja un café con leche, el sólo olor me lleva de nuevo a aquellas soleadas mañanas y a aquel íntimo ritual entre mi padre y yo.
Hoy mi padre cumple 7 años de fallecido. Besos de café con leche para vos, papá.
me hizo llorar un poco....lo siento por tu padre... cuando leí el título me gustó porque soy amante del café y quien me enseñó fue mi papá...me identifiqué mucho, porque al igual que tú el café me recuerda mucho a mi papá...
saludos
christy
Qué bonito post. Gracias.
Rafael Menjivar Ochoa | 8 de Febrero de 2008 - 05:33 PMQue bonito recuerdo y que bonita descripción del ambiente en que vivió con su padre. Gracias a esto pude hacer una evocación, pero de mi abuelo que apenas tendrá un año de muerto.
Muy bella la forma en que usted recuerda a su padre y que bonita la forma de sus besos.
Jacinta, que bonito relato, me imaginé hasta el olor del café y me hizo recordar mi niñez también. Mi papá también usaba sacarina y tenía mucho tiempo de no recordar esas cajitas de metal. Un saludo para vos.
marielos | 8 de Febrero de 2008 - 07:40 PMGracias a todos. Saludos.
Yo vendia la sacarina en la farmacia El Carmen de Soyopango, siempre me parecio una cajita fascinante e intrigante. Con el relato compartido ahora me doy cuenta que el destino final de una de esas cajita a lo mejor sirvio para alimentar la ternura de una hija con su padre amoroso. Perder al padre es una de esas cosas que en la vida uno nunca quiere, el mio murio en los albores de la guerra en los 8o's, tambien su muerte y recuerdo para mi huele a cafe, ya que yo le esperaba en las madrugadas frias en un beneficio de cafe en su pueblo natal Chinameca. El guacal caliente, negrito y humeando y con la semita pueblerina de complemento. Ojala siga lloviendo cafe en su vida Jacinta y nos regale siempre una prosa con aroma humano como la de hoy. Asi sea.
Elmer Romero | 9 de Febrero de 2008 - 03:13 AMMuchas gracias Elmer por compartir un poquito de su historia también, y por sus muy amables palabras.
Su post me ha recordado mi propia infancia, siempre moviendome entre el apartamento en el que vivía con mis padre en el Barrio Candelaria (media cuadra abajo del Cine Apolo, antes habitado por Alvaro Menéndez Leal)y la casa señorial de mis abuelos paternos que estaba al lado. Mis padres salían muy temprano a sus trabajos, por lo que me dejaban en la casa de los abuelos que se disponían a desayunar al momento de mi llegada a las siete: recuerdo el ritual de la sacarina, los botes de Café Listo (viñeta amarilla y rojo) y de Café Expresso (viñeta roja). Los desayunos eran sin prisas, las servilletas eran de tela con diseños chapines y mis abuelos se dirigían a mi como si fuera un adulto. Era el inicio de los años setentas, pero yo aún extraño esa casa de arcos, macetas de geraneos y el regaño de mi abuela por mi tendencia a uilizar la lata de hermesetas como una maraca...gracias por su post.
Roberto | 9 de Febrero de 2008 - 06:55 PMEs un post entrañable, Jacinta. De verdad.Un abrazo.
Álvaro | 10 de Febrero de 2008 - 04:23 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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