29 de Enero de 2008
Sobre el mundo del espectáculo literario
En un reciente intercambio de correos con un par de amigos escritores me sorprendió un poco constatar que estamos algo decepcionados del mundo literario. Esa decepción se manifiesta sobre todo en la falta de entusiasmo por publicar cuando surge una oportunidad. Uno de ellos me decía que al principio el mundo artístico le parecía lo más importante, pero que con el tiempo ha aprendido a preferir pasar sus horas con libros o películas, que eso lo llena mucho más. Y sé que escribe en silencio, sin aspavientos, más por satisfacción personal que por otra cosa. Que es como debería de ser, me parece a mí.
En lo personal no escapo de esas decepciones y claro que las comprendo. El mundo del espectáculo en que se ha convertido en varios sentidos lo literario (que no la Literatura), está lleno de acciones y situaciones que están muy alejadas de la esencia del oficio. Hay demasiada pose, demasiada actitud, provocación por el puro hecho de provocar y no porque se sustente una tesis, distorsiones como juzgar la calidad del escritor como ser humano a partir de lo que escribe, presentar libros a una editorial y jamás tener una respuesta sobre si se publicará el libro o no, esa competencia tácita de estar en las listas de libros más vendidos...
Esos correos con mis amigos me llevaron a recordar la ilusión tan grande con la publiqué mi primer libro y que estoy segura compartimos todos cuando publicamos por primera vez. Es algo profundamente inocente: es una mezcla de orgullo de ver tu nombre y el título de un libro que vos te inventaste en una portada, es cierto, pero también implica la ilusión de que la gente leerá lo que escribiste. Uno también es optimista pues piensa que “mucha gente” te leerá. Y digo que es una ilusión inocente pues uno no se pone a pensar en números ni a calcular los derechos de autor, no se piensa en la entrevista ni en la foto. O por lo menos yo no lo hice cuando publiqué mi primer libro en 1987.
Por supuesto que el mundo ha cambiado horrores desde entonces. Y con ese afán que se tiene ahora de convertir todo en un show, la publicación de un libro por desgracia, no ha escapado de ello. Tampoco ha escapado de las redes de la comercialización, donde muchas veces por sobre la calidad literaria priva su potencial de ventas.
Ahora uno teme más que ansía lo que ha venido a conformarse como algo que las editoriales consideran “necesario” para darle visibilidad a un libro: las presentaciones personales. Y es bien contradictorio que casi le exijan a uno como escritor presentar el libro, hablar de él en público, cuando nuestro oficio se desarrolla a puerta cerrada, cuando muchos sufren de miedo escénico y cuando lo que uno prefiere (yo por lo menos), es la soledad y el silencio de mi escritorio.
Todo esto ha distorsionado los dos momentos fundamentales que son, a fin de cuentas, la esencia misma de la literatura: la escritura y la lectura. Ambas tienen características semejantes y también opuestas, pero una se alimenta de la otra de manera indefectible. Ambas son actividades de carácter totalmente íntimo, donde el escritor y/o el lector se enfrentan por sí mismos con una historia, sea para imaginarla y traducirla a palabras, sea para emprender el proceso inverso al retomar las palabras y concebir la historia en su imaginación.
Lo importante es ese momento de intimidad, el de la escritura y el de la lectura. Todo lo demás alrededor de esos dos actos, todo el manoseo, los intermediarios y el ruido alrededor de ambos no es más que parte de un espectáculo y no son, en definitiva, el objetivo último de la escritura.
Tiene toda la razón mi amigo: son más valiosas esas horas solitarias leyendo y escribiendo. Más satisfactorias, más gozosas. Por esos momentos es que uno se enamoró de la literatura.
Lastimosamente esto es así al igual que en el mundo de las Artes plásticas! no nos queda más que seguir haciendo lo que se siente!
Julia Valencia | 29 de Enero de 2008 - 07:05 PMNo son ustedes los únicos que hablan de esas cosas, y no pensés que las generaciones de ahora, de jóvenes escritores, no nos sentimos igual.
Al igual que ustedes, comentaba esa desazón con un amigo escritor; ambos hemos ya publicado, y sabemos lo que es la pérdida de esa especie de inocencia y virginidad casi infantiles, que hacen que vaya quedando lo esencial: la escritura y la fruición para devorar los libros que nos enferman.
¿Por qué uno sigue en esto? Si conociera las razones, habría vendido mi biblioteca hace tiempo, entregado a algo que bien puede ser una derrota segura.
El acto de la escritura y el acto de la lectura son actos profundamente íntimos.
El que escribe plasma de ésta manera su voz más profunda, la que escucha cuando lée, la que no escucha nadie mas que él, porque la que usa para hablar es muy distinta de esta. Darle vida, en lo interno de uno mismo, a la voz del escritor es así mismo un acto de comunión desprovisto de las mediaciones impertinentes del cuerpo que tanta confusión crean.
Que en el intermedio de ambos actos se haya creado un tinglado enorme de maquinarias y rituales mediaticos, que la literatura, fuera de la cabeza del escritor y del lector, sea un espectáculo y un negocio, no es competencia del escritor, ni debería preocuparle.
Al escritor le compete escribir, punto. Y la verdad sea dicha, ahí acaba su labor y su placer. Es imposible para el autor saber como, cuando y donde se producirá el encuentro mágico que revivirá sus palabras y les dará vida de nuevo.
El dilema doloroso no nace de que el autor quiera un lector, feliz evento que normalmente sucede, sino de que quiera muchos.
La lección que enseña el tiempo es que ser escritor no significa ser famoso, popular o siquiera bien leido, sino el tener el poder de alzar nuestra voz, por una o varias horas, en el fuero interno de un extraño y que talvez, al final, el extraño reconozca a esa voz como la suya.
Si eso sucede una vez, me doy por satisfecho.
En cuanto a obtener la fama y la gloria, eso ya es enteramente otro oficio.
Juan Murillo | 30 de Enero de 2008 - 10:03 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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