28 de Enero de 2008
Mis libros de infancia: Struwwelpeter y Zille
El otro día recordé una de mis lecturas de infancia. Era un libro llamado Struwwelpeter (que ha sido traducido al español como Pedro Melenas o Pedro Guerellas). El libro fue subtitulado “Historias divertidas y estampas aun más graciosas con 15 láminas coloreadas para niños de 3 a 6 años”.
Se trata de una serie de rimas escritas por Heinrich Hoffmann, un médico alemán de Frankfurt que para la Navidad de 1844 buscaba un libro como regalo para su hijo. Pero como no le gustó lo que encontró decidió escribir él mismo un libro e ilustrarlo. Así fue como nació esto que se llegó a convertir en un clásico de la literatura infantil de la época. Luego fue traducido a varios idiomas, y como detalle curioso puede decirse que una de las traducciones al inglés fue hecha por Mark Twain.
Lo curioso de este asunto es que, pese al título de aparente bondad y alegría, los cuentos y las ilustraciones son bastante siniestras. Está por ejemplo la historia del niño que no se quería tomar su sopa y que para el quinto día de no tomársela, y de ir enflaqueciendo dramáticamente durante esos días, muere y es enterrado. Sobre su tumba le colocan el platón sopero.
O el cuento de la niña que se pone a jugar con fósforos mientras sus gatitos, Minz y Maunz, le advierten que eso es peligroso. La niña no hace caso, ella toma fuego, se quema y en la última estampa se mira al par de gatitos llorando literalmente ríos de lágrimas junto a un montón de cenizas negras. Curiosamente los zapatos rojos de la niña sobreviven al incendio.
Más traumatizante quizás es la historia del niño al que la mamá le pide que por favor no se chupe el dedo. La mamá sale a hacer unos mandados y el niño se pone inmediatamente a chuparse el pulgar. Acto seguido entra el sastre con una inmensa tijera y le corta ambos pulgares al desobediente infante. Y en la última estampa lo vemos llorando, con la manos extendidas y la sangre fluyendo de los pulgares amputados.
Por supuesto que la intención de estas historias era “aleccionar” a los niños a portarnos bien y por sobre todas las cosas, hacerle caso a nuestros padres, tomarnos la sopa, no chuparnos el pulgar, no jugar con fósforos, peinarnos y cortarnos las uñas... y cuando pienso en uñas no puedo dejar de estremecerme, pues cuando Madre me las cortaba lograba llegar justo al filito ése en que te sale un poquito de sangre y que duele como si fuera el fin del mundo. Pero madre, impávida, continuaba cortando pese a mis quejas. Y entonces yo pensaba en el sastre del libro y temía quedarme sin dedos...
No me gustaban las historias de Blanca Nieves o la Cenicienta, muy “light” para mí y prefería el terror implícito en el Struwwelpeter. No leía el alemán pero supongo que mi madre me explicó de qué iba cada historia. Con una vez bastó para que jamás se me olvidaran. Recuerdo con toda claridad el libro, de tapas duras, fondo amarillo y la imagen que ilustra esta nota en la portada.
El fin de semana, hablando con un amigo alemán sobre la recuperación de la memoria histórica, la conversación dio un giro espectacular y terminamos hablando, ni sé por qué, de las caricaturas de Zille, otro de mis libritos de infancia, hecho en tela, y que retrataba en imágenes bastante realistas la vida de la población de Berlin hacia finales del siglo XIX, comienzos del XX. No sé por qué se consideraba que aquellas ilustraciones fueran para niños tampoco, ya que las imágenes retrataban no sólo a madre reprendiendo a sus hijos por no comer su avena o limpiarse bien las orejas, sino que retrataba al padre borracho del brazo de alguna prostituta u otro tipo de situaciones que ni podía entender. Sin embargo hay que admitir que eran menos tremebundas que las del libro de Hoffmann.
Ya no tengo el libro de Struwwelpeter, aunque en algún viaje a Alemania repuse mi ejemplar de Zille. Desafortunadamente no encontré otro ejemplar como el que tuve de niña, con páginas de tela, aunque la portada sí lo era. Pero bueno, por suerte inventaron internet. Y encontré las rimas de Hoffmann en alemán, en inglés, ambas con las ilustraciones originales, y también una versión en español (aunque con ilustraciones diferentes).
Y vaya que la memoria está intacta.
Hola Jacinta, interesante tu post sobre la literatura infantil en la Alemania del siglo XIX. Soy salvadoreño residiendo temporalmente en Alemania y es alentador que los libros para los pequeñines ya no son tan aterradores como los que mencionas. Lo compruebo al ver los libros de ilustraciones con los que se entretiene mi hija de dos años en la guarderia donde nos la cuidan.
Me gusta el estilo de tu blog al que llegue a traves de la serie de articulos del club de los escritores suicidas que aparece en centroamerica21. Adelante.
luis | 28 de Enero de 2008 - 09:10 PMGracias Luis. Qué bueno que los libros ya no sean como aquellos que me tocaron a mí...
Saludos.
Has Tocado un tema interesante que va de la literatura al concepto que se tenía de los niños hace 200 años en Europa. Una investigación quizá corrobore las grandes dosis de violencia simbólica que se consideraban admisibles para entretener y “educar” a los niños. Caperucita Roja es bastante violenta, en algunas versiones la rescatan de las tripas del lobo.
No sé si recuerdas Master and comander de Russell Crowe. La película da una visión más o menos realista de cómo eran las batallas navales a principios del siglo XIX. En el barco que comanda el personaje de Crowe hay dos adolescentes y uno de ellos es casi un niño, a esa edad comenzaban su aprendizaje para convertirse en oficiales. Entre la muchedumbre de marineros, sí se ve a un niño de nueve o diez años ¿Admitían niños de esa edad en los barcos de guerra de la época? Talvez se tenía otro concepto de la entidad del niño y de los límites de la infancia.
Hay una doble moral bien intencionada en lo que respecta a la baja dosis de violencia que se prescribe en la literatura infantil de nuestra época. De las buenas intenciones a la realidad hay mucho trecho: el cine y la televisión le brindan a los niños de ahora la oportunidad de contemplar acciones más sádicas y crueles que las que tú mencionas. Si en el siglo XIX la violencia podía ser un recurso didáctico, ahora, en algunas películas, la violencia sólo es un espectáculo que brinda placer a los espectadores infantiles. Yo he visto una película, protagonizada por un muchachito, en la que Santa Claus es un ogro. No sé quién resulta más sádico: si el ogro o el niño. Es una película violenta que se regodea en el sadismo (el niño mete a Santa Claus en un sarcófago con clavos, le pone una bomba y un largo y violento etcétera) y la han pasado por la televisión en horario de tarde, es decir, a la hora en que los niños están en casa.
La violencia está presente en todas las sociedades y es natural que llegue a las ficciones y a los relatos orales y que por esa vía alcance los ojos y los oídos de los niños ¿Podemos evitarlo? ¿Les ponemos una barrera que los proteja y preserve su pureza? Aquí, en ese a dónde colocamos la barrera, está presente nuestra concepción de lo que debe ser la infancia y de lo que deben “ver y leer” los niños. Un tema de difícil solución. No creo que ninguna de nuestras respuestas impida que el Coyote sea castigado una y otra vez, de forma cruel y chistosa, por intentar cazar al Correcaminos.
Álvaro, creo que señalás una contradicción bien particular. Ahora se intenta que los cuentos para niños sean sin violencia, pero el entorno los bombardea con ello constantemente y sin tregua. Cuando yo era niña, nuestros cuentos y caricaturas tenían elementos de mucha violencia gráfica y sin embargo, habían menores índices de criminalidad.
Yo creo que sería casi imposible extirpar la violencia de libros, películas, juegos, porque aunque se lograra, ¿cómo le tapamos los ojos a los niños de la violencia real del día a día?
Hace varios años leí que los niños no pueden diferenciar entre lo que es fantasía y realidad hast ahí por los ocho o nueve años (más o menos por el segundo o tercer grado de primaria). Tengo una pariente que llevó a su hijo por primera vez a una iglesia católica cuando el niño cumplió los seis años. El chiquillo se asustó y tuvieron que salir de inmediato de la iglesia. La causa del trauma fue el ver por primera vez la imagen de un hombre torturado y sangriento, clavado en una cruz.
Carlos | 29 de Enero de 2008 - 05:02 PMHola Jacinta,
¿Cómo estás? Te escribo porque me ha parecido sumamente interesante lo que has escrito sobre este libro. Resulta que estoy estudiando Germanistica y mi Tesis justamente la voy a hacer sobre este libro pues ha sido un libro que a mi en lo personal, desde pequeña, me ha marcado. Me encantaría poder intercambiar contigo comentarios hacerca de tu perspectiva hacia este libro. Tengo un cuestionario de 9 preguntas en español que me gustaría ver si me las pudieras responder, pues es para poder realizar mejor mi investigación. Además quería preguntarte si de casualidad sabes de alguien que tenga el libro en español, pues he estado buscandolo por librerías, bibliotecas e internet y no logro conseguirlo...
Espero que estés muy bien y espero recibir noticias tuyas pronto.
Muchos saludos, Karla Bade
Karla, si relee el post, al final de la nota viene el enlace al libro en español.
Si las preguntas no son muy largas y no le urge para una fecha en específico, mándemelas a mi correo, aunque estoy algo apretada de tiempo por mucho trabajo.
Gracias y saludos.
Jacinta,
mi abuelo, que era suizo-alemán, me regaló el Stuwwelpeter cuando yo era un niño. Me causo una trementa impresión, toda mi vida he tenido las imágenes grabadas de los dos gatitos llorando sobre las cenizas de Paulinchen, y de la de la sopera sobre la tumba del anoréxico Kaspar, y del sastre de las largas tijeras cortándole los dedos al pobre Konrad. A mi madre el libro le pareció un espanto, un ejemplo de sadismo educacional germáno y para evitar que me traumatizara, lo escondió, tan bien, que nunca más lo encontré...
Ya de mayor, una vez que estuve en Frankfurt, lo primero que hice, fue visitar el museo dedicado al Struwwelpeter y allí me compré otro ejemplar del libro del Dr. Heinrich Hoffmann. El Struwwelpeter-Museum se encuentra en la Hochstrasse 45, en pleno centro de Frankfurt.
Un saludo, Hanno
Gracias Hanno, no sabía que había un museo del Struwwelpeter en Frankfurt. Si algún día vuelvo por allá, seguro lo busco.
Jacinta | 22 de Agosto de 2008 - 03:23 PMyo lo tengo, en español es "Pedro es desmañando" y mucho más eufemístico.
lo mejor de todo es cuando se burlan de un negro. Papá Noel los mete en un frasco de tinta china negra o sea que el castigo (nada políticamente correcto) es ver si les gustaría ser negro
"Er kann nicht's dafür" significa "no puede evitarlo". No se rían del negro porque no es negro a própósito. La tradición racista alemana es sorprendentemetne un sobreentendido hasta después de la posguerra en la que mis ancestros se convirtieron en campeones de lo políticamente correcto-
"Meine Damen und Herren, lieber Neger..." es una famosa gaffe que cometió en los 60 un presidente alemán en Libia. Heidegger dijo "los negros no tienen Historia".
soy profesor de alemán y enseño todo eso-ins Schwarze treffen y seien wir nicht blauäugig-y tu comentario me gustó mucho. Freud fue educado con este libro y escribió un artículo acerca de la (¿lo adivinaste?)¡castración! (el pulgar cortado es para mí más bien un mensaje mafioso).
Lo interesante es que muchas máximas morales dle saber popular germánico condicen con la tesitura del espíritu quye anima al libro (morgen, morgen und nicht heute sagen alle faule Leute/wer nämlich mit h schreibt ist dämlich...)
un abrazo
Martín
Éste libro hace referencia a conductas anormales en niños, y su cuento fue utilizado para describir síntomas del Trastorno de Déficit de Antención con Hiperactividad... pero me encanta!, y como psicoterapeuta infantil lo recomiendo siempre a los padres de familia. Saludos
Alix | 22 de Julio de 2010 - 07:02 PMMe parece más cercano a lo siniestro, estoy trabajando este tema con una paciente que lo trae como traumático, el libro se lo regala su abuelo y no lo conocía, me lo mostro la sesión pasada y lo "olvidó" en mi consultorio.
Me remite al texto de FReud LO OMINOSO.
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