17 de Diciembre de 2007
Morir es un arte y yo lo hago excepcionalmente bien: Sylvia Plath
La mañana del 11 de febrero de 1963, se levantó temprano. Hacía frío, mucho frío. Aquel había sido uno de los inviernos londinenses más crudos y el frío intolerable sólo había servido para aumentar su depresión. Sus dos hijos dormían. Previendo que al levantarse tendrían hambre, fue hasta la cocina, sirvió un par de vasos con leche, preparó algo de pan con mantequilla y colocó los alimentos en el cuarto de los chiquillos, sin hacer el menor ruido.
Fue por unas toallas, todas las que pudo encontrar, y las mojó. Con ellas tapó la ranura inferior de la puerta, a manera de aislar totalmente el cuarto de sus hijos. Revisó una última vez la carta que dejó sobre alguna mesa. Era una carta dirigida a Trevor Thomas, el vecino que vivía en el apartamento justo debajo de ella. En la carta estaba anotado el nombre y el teléfono de su doctor.
Luego se encerró en la cocina, selló cuidadosamente la puerta con más toallas (algunas versiones dicen que con cinta adhesiva), encendió el gas y metió la cabeza en el horno. También se ha dicho que antes de eso, ella habría ingerido algunos barbitúricos. El olor a gas alertó a los vecinos y finalmente, cuando llegó la niñera, se tumbó la puerta para encontrar a Sylvia Plath, muerta en su cocina.
Hay quienes dicen que lo minucioso de todo este escenario pretendía no ser un suicidio definitivo sino un poderoso llamado de atención para todos los que la rodeaban. Aparentemente, según la lógica de Plath, sería encontrada fuera por la niñera o por Thomas, quien se estaría levantando y comenzando el día justo en el momento en que ella encendió el gas (de ahí el detalle de dejar el número del doctor anotado por ahí). Sin embargo, el informe del forense aseguró que su cabeza estaba metida “lo más adentro posible del horno”, lo cual le hizo concluir que “la víctima tenía toda la intención de morir”.
Pese al impacto de la muerte de Plath sobre sus familiares y sobre su esposo, del que se había separado, el también poeta Ted Hughes, a nadie pareció sorprenderle demasiado lo ocurrido. En octubre de 1996, en una entrevista concedida al periódico londinense The Guardian, Hughes diría que: “era una situación complicada e inevitable, ya que ella (Sylvia) iba sobre ese rumbo desde hacía tiempo atrás”.
La vida y muerte de Sylvia Plath, de escasos 30 años, comenzó a ser analizada y estudiada con la misma minuciosidad con la que se estudiaría su corta pero intensa obra poética. Sus estudiosos intentaron encontrar “culpables” por sus crisis de vida que parecieron comenzar desde muy temprana edad. Muchos mirarían a Ted Hughes como el villano de la historia.
Las depresiones y las visitas al “oscuro infierno de la mente humana”, como ella misma lo definiera, comenzaron alrededor de sus 20 años, con graves crisis de insomnio, depresiones esporádicas y pensamientos suicidas, según quedara registrado en las páginas de su diario. En alguna ocasión su madre descubrió extrañas cicatrices en sus piernas. Al preguntarle qué era eso, Sylvia respondió “quería saber si tenía el valor de hacerlo”, admitiendo que quería morir. Su madre la llevó de inmediato al psiquiatra. Luego de varias sesiones y de diagnosticársele una severa depresión, se le aplicó el tratamiento acostumbrado para dichos casos en aquellos tiempos: sesiones de electroshock.
Pero el radical tratamiento no le ayudó mucho y más bien empeoró su insomnio, llegando incluso a desarrollar resistencia a los somníferos. El 24 de agosto de 1953, Sylvia dejó una nota diciendo que había ido a dar una larga caminata. En realidad, había violentado el botiquín, robó los somníferos, se escondió en un pequeño espacio del sótano de su casa y se tomó alrededor de 40 pastillas.
Su “desaparición” provocó una búsqueda entre familiares y amigos y al día siguiente fue titular de varios periódicos. Su madre expresaría su preocupación al encontrar el botiquín abierto pues sabía que Sylvia estaba deprimida porque no había podido escribir. Dos días después fue por fin localizada cuando escucharon gemidos: la encontraron cubierta con su propio vómito y semi inconsciente en el escondite del sótano. Fue llevada de inmediato al hospital.
Pasaría el resto del año tratándose con una psiquiatra, recibiendo más tratamientos de electroshock y pasando un tiempo internada en el Hospital McLean. En enero del año siguiente fue dada de alta al confirmarse que su sempiterna depresión parecía haber cedido.
Sylvia se tiñó el pelo de rubio platinado, para marcar físicamente el cambio en su vida. Se sentía bien. Las cosas iban bien. Un par de años después sería aceptada en Cambridge y allí conocería a la persona que la marcaría, para bien o para mal: Ted Hughes.
A pesar de que Sylvia fue advertida por amigos del espíritu seductor de Hughes, la atracción entre ambos parecía irrefrenable. Contrajeron matrimonio en junio de 1956. La convivencia entre ambos fue mixta. Períodos de mucha creatividad, viajes, un par de hijos, discusiones que llegaron en alguna ocasión a los golpes, sospechas, celos profesionales. Mientras Hughes lograba publicar su obra y merecía críticas favorables, la primera publicación de Plath, El Coloso, recibió apenas tibias críticas.
En medio de un período muy intenso de escritura, donde Sylvia se levantaba de madrugada para poder escribir antes que comenzara el ajetreo doméstico, descubrió el romance de Hughes con Assia Wevill, también poeta y también casada. La separación de Sylvia y Ted fue dramática y desagradable. Hughes admitiría ante ella que no había querido tener hijos y que, por lo demás, había querido separarse desde hacía años de Plath porque la vida juntos había sido insoportable.
El quiebre interior que eso supuso para Sylvia fue demasiado. Se negó a volver a los Estados Unidos y vivir con su madre, pues pensó que antes debía “rearmarse a sí misma”. En Londres alquiló un apartamento donde había vivido W. B. Yeats, a quien ella admiraba.
A pesar de su depresión, de su insomnio, de su pésima situación económica y de una gripe rebelde, Sylvia pareció sobreponerse a toda la tensión escribiendo muchos de sus mejores trabajos. De ese período surge “Lady Lazarus”, uno de sus más conocidos poemas y donde la invocación a la muerte es palpable: Morir/Es un arte, como todo./Yo lo hago excepcionalmente bien./Tan bien, que parece un infierno./Tan bien, que parece de veras./Supongo que cabría hablar de vocación./Es bastante fácil hacerlo en una celda./Es bastante fácil hacerlo, y quedarse esperando.
A pesar de la publicación en enero de 1963 de su novela The Bell Jar (La campana de cristal), que fuera bien recibida por la crítica y de la compilación de sus últimos poemas en el libro Ariel (poemas sobre los que se sentía muy contenta y que, según le escribió a su madre, “me harán famosa”), Sylvia Plath entró de cabeza en el oscuro horno de la muerte.
Como datos incidentales hay que mencionar que luego de la muerte de Plath, Assia Wevill, quien vivía con Hughes y tenía una hija con él, abrumada por la culpa que todos parecían achacarle tanto a ella como a Ted, por el suicidio de Plath, optó por hacer exactamente lo mismo: el 23 de marzo de 1969, tomó un colchón, lo llevó a la cocina y puso a dormir ahí a la hija de ambos, Shura, de 4 años. Cuando la niña se hubo dormido, disolvió algunas píldoras para dormir en un vaso de whisky. Assia lo bebió, encendió el gas y se sentó a esperar la muerte.
(Publicado hoy en C.A. 21, parte 3 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
Aqui esta una grabación de Sylvia Plath leyendo su poema Daddy que abre enormes ventanas a su interioridad:
http://www.youtube.com/watch?v=6hHjctqSBwM
Aquí hay un articulo de Kathryn Chetkovich, esposa de Jonathan Franzen sobre lo que siente una mujer escritora casada con un escritor que recibe mucha atención mientras a ella la ignoran.
http://www.granta.com/extracts/2015
Sobre Sylvia gravitaban los hombres de su vida como soles negros, iluminando el inevitable camino hacia el suicidio.
Juan Murillo | 18 de Diciembre de 2007 - 06:40 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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