14 de Noviembre de 2007
Platicando sobre "Felicidad doméstica y otras cosas aterradoras" (1)
Hace algunas semanas, fui invitada por la Dra. Claudia Milián de Duke University en Carolina del Norte, para participar en su clase “Introduction to Spanish American Literature: Modernismo to the Contemporary Era”. Uno de los libros que los alumnos están leyendo en dicha clase es Felicidad doméstica y otras cosas aterradoras (de mi autoría), una colección de cuentos y crónicas publicada por la extinta Editorial X de Guatemala en el 2002.
Como viajar por el momento se me hace difícil (debido a algunas circunstancias que no vienen al caso), organizamos el encuentro vía conferencia electrónica. El encuentro tuvo lugar el pasado jueves 8 de noviembre, yo acá sentada frente a mi compu en San José de Costa Rica y ellos allá en Durham, Carolina del Norte en su aula de Spanish 116. Para algo bueno sirven estos asuntos de la técnica...
La idea era que yo hablara de cómo se había concebido u originado este libro, luego leer uno de los cuentos y contestar algunas preguntas y comentarios de los alumnos. Para un escritor, y para mí en lo particular, este tipo de encuentros siempre resultan fructíferos e interesantes, ya que por lo general las participaciones (que reflejan las lecturas de los otros), me hacen notar detalles que ni yo misma había notado en mi escritura.
Por ejemplo, la primera participante me preguntó por qué seleccioné el congelador y el tenedor como “objetos del horror” en los cuentos. Me quedé unos momentos en silencio (y al otro lado pensaron que se había cortado la comunicación), porque nunca me había puesto a pensar en ese detalle y porque un rápido repaso por los textos me hizo caer en la cuenta que también habría que agregar el horno... comenté que en este libro en particular, donde se explora el tema de la violencia doméstica o intrafamiliar (y no solamente entre parejas sino también entre padres e hijos), los objetos que se encuentran en el hogar, aparte de ser objetos que nos facilitan la vida, también pueden convertirse en objetos de violencia, sobre todo porque son las cosas que se tienen a la mano. En realidad, la selección de dichos objetos no fue ni consciente ni premeditada de mi parte.
Una de las preguntas que más me llamó la atención fue que si se me había ocurrido reescribir los mismos cuentos, pero en otro estilo (dado que el libro tiene diversos estilos de escritura). Me hubiera encantado responder que sí, y como un ejercicio de disciplina, quizás la experiencia sería auto-educativa para mí. Pero tuve que decir la verdad: no, no se me ha ocurrido y no creo que lo haría (aunque nunca debes decir nunca). El caso es que cuando escribo un texto y encuentro la forma y el tono que casan con la historia, de alguna manera el texto “se termina”, no solamente de escribir, sino de “vivir” dentro de mi imaginación. Mi necesidad de contar el cuento se acaba. Y sobre todo, después de publicado un texto, está como “muerto” para mí.
Caí en la cuenta, a nivel personal, que entonces una historia tiene algo así como un vida, que nace, crece, ocupa un lugar en el universo (en un papel, en un libro) y luego muere, por lo menos para su autor. Y eso pasa porque nos vamos llenando de nuevas historias e ideas. Los cuentos o los libros que escribimos son entonces como hijos viejos que ya pueden andar por el mundo por cuenta propia. Es algo un poco animal. ¿No han visto como los animales se desprenden de sus críos y hasta les toman odio a veces? Los empujan a irse, por su cuenta, mientras la madre original tiene nuevos hijos y nuevas familias.
Las demás preguntas tocaron temas muy diversos. Me preguntaron sobre el tema del sufrimiento de las mujeres en mis cuentos (a lo cual contesté que a mí me parece que no sólo las mujeres sufren o son víctima de violencia, y que los hombres no se la tienen fácil en nuestras sociedades tampoco. Para mí, todos sufrimos...); la presencia de la vida y la muerte para la narradora del primer cuento (“Algunas veces he muerto”), cuento sobre el que se hicieron la mayor cantidad de preguntas. También hablamos sobre la depresión, la indiferencia, la falta de esperanza y la estructura en dicho texto; y hablamos hasta de la identidad centroamericana en los USA y sobre la integración de los migrantes en aquel país.
Por desgracia, y como suele ocurrir cuando una plática es agradable e interesante, la hora y pico que teníamos para el encuentro se fue en un suspiro y muchas preguntas quedaron pendientes por parte de los alumnos. Así es que la Dra. Milián me las mandó por correo. Y me pareció una buena idea postear las respuestas aquí y compartirlas con todos. Eso será mañana.
Desde aquí, y nuevamente, le agradezco a la Dra. Milián la invitación a participar en su clase y la organización de todos los pormenores técnicos, así como también a los alumnos por plantearme sus inquietudes y a todos por darme la oportunidad de compartir algo de las intimidades de este librito.
Me ha gustado mucho leer este post. Claro que coincido en la idea de que un libro toma vida propia y que se regenera en la mente de los lectores, crece en ellos hasta que se convierte en una auténtica experiencia. En muchas ocasiones me he quedado con las ganas de leer el libro desde todas las perspectivas posibles para vivir, para que ningun detalle quedase en el aire.
Entiendo tb que como escritora eso es muy distinto. No puedes mantenerlo con vida a tu lado, sino se dejaria atras todas las demás historias que tb quieres contar.
Seguro que los alumnos de Carolina del Norte estaban muy emocionados por hablar con una escritora.
Hola Natalia, la Dra. Milián me compartió algunos de los comentarios y las impresiones de los alumnos (además de las preguntas pendientes) y fue una experiencia interesante para todos, definitivamente. La mayoría de ellos comentaba que les había servido intercambiar impresiones con el autor de un libro y ver su perspectiva de lo escrito.
Creo que decís algo importante, y es que un libro puede permanecer vivo para un lector siempre, incluso en las relecturas o en el recuerdo. No así para el escritor, quien debe seguir en su peregrinaje de contador de historias.
Gracias por tu comentario (por cierto, visité tu blog, muy bueno).
Saludos.
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