13 de Noviembre de 2007
La carta: una especie en peligro de extinción
Hace algunos días recibí un correo electrónico de una muy querida amiga de la que tenía mucho tiempo de no saber nada. Tenemos muchos años de conocernos, siempre hemos sido íntimas y cuando nos reencontramos retomamos la plática y la amistad como si nos hubiéramos separado ayer mismo. Es de esos afectos y confianzas que no se ven alterados ni por la distancia ni por los silencios.
En algún momento de nuestras vidas nos vimos separadas geográficamente. Y en aquellas épocas (segunda mitad de los 80), eso significó que la comunicación debía mantenerse por carta. Cartas de las de antes, cuando uno escribía algo en un papel, lo metía en un sobre, iba a una oficina de correos, compraba estampillas, mandaba el sobre y esperaba.
Parte de la espera significaba calcular el tiempo que tardaría en llegar la carta. Luego, pensar que ojalá la persona contestara rápido y que así mismo, escribiera una carta y la mandara de vuelta. Todo ese proceso podía bien tomar un mes. A veces menos, dependiendo de lo rápido que el destinatario contestara.
Me era supremamente emocionante llegar al apartado postal y encontrar un sobre a mi nombre. Por lo voluminoso del sobre sabía si la carta venía larga o corta, o quizás traía fotos o recortes de algún periódico. Ahora que lo recuerdo, la cartas que mi padre me mandaba a Alemania siempre venían rebalsantes de los más variopintos recortes de los periódicos salvadoreños, desde notas sobre la situación hasta anuncios comerciales (parte de ello alimentó mi primera novela).
Mis cartas solían ser largas, nunca menos de dos páginas. En dependencia de la circunstancia de vida y del tiempo que había pasado, la carta se llenaba de anécdotas y reflexiones. También dependía de la persona a la que escribía. Algunas cartas “obligatorias” mías no llegaban ni a la página. Y escribía cosas que, si alguien las leyera, realmente no sabría ni un poquito de mí.
Escribí durante muchos años cartas a mano, sobre todo a los amigos más íntimos. Era una manera de “demostrar” el afecto, de decirle entre líneas “esta carta es muy personal”. Pero con el tiempo tuve que comenzar a escribir cartas a máquina porque la velocidad de mi escritura a mano no iba de acuerdo a la velocidad de mi pensamiento (léase: lo que mi voz me dictaba y redactaba). Entonces comenzaba las cartas con un “disculpame por escribir a máquina, pero es más rápido”... y seguro, las cartas se hacían más largas.
Con el tiempo, nos dejamos de escribir con algunos amigos. O nos escribíamos menos. Hubo épocas de vacas gordas que permitían llamar a gente por teléfono. O incluso viajar para vernos. Y entonces vino internet y el correo electrónico.
Fui de las últimas, estoy segura, en montarse al carro de internet y en abrir una cuenta de correo electrónico. Algo en todo aquello me causaba rechazo pero también me abrumaba la técnica. Esas cosas que no entiendo, como la electricidad o el teléfono entran para mí en la categoría de “milagros” por más que me lo expliquen técnicamente.
Es curioso. Siempre pensé que el correo electrónico serviría para ahorrar esas largas y enigmáticas esperas de cartas (el correo normal no era precisamente eficiente y parecía que las cartas viajaban por Pony Express o en la mano de algún chasqui, los mensajeros incas que hacían todo el trayecto corriendo). Pero parece que nos gustaba más aquel antiguo encanto de las cartas y el correo normal, del papel y la pluma especial, de los sobres de colores y las estampillas con motivos especiales.
No sé por qué asumimos que los correos electrónicos tienen que ser algo así como telegramas. Que hay que ir a lo sustancial y ser lo más breves y rápidos posibles. Hoy en día, con el añadido de los mensajes por celular y el chat, no solamente los mensajes se hacen más breves sino que se han asumido formas de escritura abreviada que se supone hacen la escritura y la lectura mucho más rápida. Pero caramba, ¿cuál es la prisa? ¿Por qué tenemos que hacer todo “rápido”? ¿Por qué, para qué debemos “ahorrar tiempo”?
Pareciera que, pese a que tenemos tecnologías más rápidas y eficientes que podrían facilitar la comunicación, no las aprovechamos. Y las cartas, aquellas páginas de acontecimientos, reflexiones y peticiones, perecen un poco cada día más.
Lo que sí es cierto es que la carta, que en alguna época fue casi considerada un género literario de cierto respeto, es una especie en extinción.
que lindo escribir una novela a partir de un género literario extinto... tan lleno de magia, de espera, de expectativa... lleno de tiempo como el que ahora no hay
diminui | 13 de Noviembre de 2007 - 07:41 PMHay una famosa novela de antaño, llamada "Pepita Jiménez" que fue escrita en género epistolar (así lo llamaban cuando se escribía algo a pura carta). El enlace es: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/
12148304229033728543435/index.htm por si te interesa.
Las cartas cada vez más las veo desaparecer de las novelas o incluso de los cuentos como recurso estilístico, y me parece una lástima. También veremos desaparecer con ello los libros de cartas de autores famosos, en las que conocíamos mucho de las intimidades de los autores.
¿Y desaparecerán también con ello las cartas de amor? Ojalá que no y que algo perdure de aquel género.
Nada como la carta. Tengo una amiga en alemania con la que nos escribimo, y una de las más interesantes esperas, es la de la carta que habrá de venir cargada con historias o dibujos de la nueva disposición de los muebles en su apartamento.
Amo las cartas a mano. Tanto que escribí un cuento en tres cartas http://aguatemala.blogspot.com/2007/08/cuento-en-tres-cartas-parte-final.html
Saludos Jacinta
Alberto | 14 de Noviembre de 2007 - 01:04 AMHay un cuento de Cortázar (no recuerdo ahorita el nombre) que también transcurre en cartas.
Gracias por compartir tu cuento, saludos.
Yo creo que el correo electronico ha venido a salvar a la carta, solo que con las diferencias que conlleva la tecnología.
Personas que nunca se hubieran animado a estar en comunicacion por carta ahora lo hacen por correo electronico, diariamente, si quieren.
Quizas veremos desaparecer el uso de cartas como recurso literario, pero quizas tambien veamos usar los correos electronicos como recurso electronico.
Ojala asi sea.
Soy Salvadoreño | 22 de Noviembre de 2007 - 05:49 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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