12 de Octubre de 2007
José Luis, el taxista
Por cosas del destino, conocí a un taxista. A José Luis podía llamarlo para hacer viajes de noche o giras por la ciudad. Sus precios eran razonables. Respetuoso, honrado, puntual, de total confianza. Pero lo mejor eran nuestras pláticas. Conversador ameno, de memoria prodigiosa, tenía un anecdotario interminable. Desde historias de taxista, pasando por anécdotas familiares y los infaltables comentarios deportivos.
Un día le comenté que estaba escribiendo una novela que transcurre en un barco. Me dijo que había sido marino mercante durante muchos años. Comenzamos entonces una serie de diálogos en que me detallaba sus escalas en los puertos más variados del planeta, las rutinas de su vida de marino, los mareos durante las tormentas, los delfines que eran el anuncio infalible de dichas tormentas (un detalle que incorporé en la novela). José Luis conocía Grecia, Italia, Egipto, Holanda y quién sabe cuántos lugares más. A uno de sus hijos le puso el nombre de un niño egipcio que le había servido de guía en Alejandría.
También fue paracaidista. De la primera promoción de paracaidistas, repitió varias veces, orgulloso. Y yo, permanente cazadora de historias, le hice prometerle que la próxima vez que nos viéramos, me tendría que contar eso con detalle. Y ya especulaba yo con sentarnos para ordenar todo aquel caudal de información y poderlo escribir. No podía saberlo, pero sería la última vez que lo vería.
Hace cosa de 10 días llamé para pedir sus servicios. Su esposa contestó el celular. Me dijo que José Luis había sufrido un infarto, que estaba en cuidados intensivos, delicado. El pasado jueves al mediodía, falleció. Tendría unos 52 años. Pero la muerte no es cuestión de edad. La muerte es un ser caprichoso, ya se sabe. Un momento estamos, y al otro nos vamos. Y quedan historias pendientes, en capítulo. Vidas que ya no conoceremos. Y promesas que no podremos cumplir.
Post Scriptum: Esta nota fue publicada en La Prensa Gráfica el 16 de octubre del 2004. José Luis falleció el 14 de octubre de ese año. Cuando fui a la funeraria a presentar mis respetos y vi su cuerpo, hubo un detalle inolvidable. Tenía una sonrisa en los labios, algo que no era efecto de los maquillistas fúnebres, algo que no se puede forzar en un cadáver. Una sonrisa y una expresión de gran tranquilidad. Nunca me quedó la duda de que, a pesar de ser muy corta, tuvo una vida intensa, muy movida pero feliz.
Y lo extrañamos.
:(
Yo nunca le he temido a la muerte, pero me produce una tristeza tan difícil de explicar... :(
analu | 12 de Octubre de 2007 - 11:08 PMTuve la dicha de conocerle, hombre de gran franqueza como pocos. Con sus historias y su carisma, tuve los viajes más amenos en un taxi. Hace muy poco hablé con su esposa, quien orgullosa me contó que ya era abuela. Me alegra mucho que la semilla de Don José Luís, siga germinando.
Antares | 14 de Octubre de 2007 - 05:36 AMHola Antares, qué gusto tener noticias de alguien que también lo conoció, y a través suyo, saber que la familia ha seguido adelante.
La verdad es que José Luis era un conversador amenísimo que hacía que uno se olvidara del tráfico y el stress de San Salvador.
Gracias por comentar y saludos.
Jacinta:
Me ha surgido la duda. Con su vasta experiencia como novelista, resulta adecuado lanzar mi duda hacia Ud. En materia de novelas, ¿qué hace que? ¿la historia hace el tema? o ¿el tema hace la historia? una duda nada más. siempre disfruto leerla.
saludos.
Hola Javier, interesante su pregunta que creo amerita una respuesta bien sustentada. Escribiré un post al respecto, no sé si esta o la otra semana. Saludos.
Jacinta | 14 de Octubre de 2007 - 07:16 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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