3 de Agosto de 2007
¿Soy escritor? (y 4)
A comienzos de los 80 leí una novela del español Miguel Delibes llamada La hoja roja. Recuerdo poco del argumento pero hubo un detalle de la historia que se me quedó grabado. Uno de los personajes secundarios muere y cuando van al lugar donde vivía, resulta que encuentran cientos de páginas y manuscritos, no recuerdo si novelas o cuentos. Pero sí recuerdo la profunda sorpresa de quienes encontraron los papeles porque nadie sabía ni se imaginaba que el fallecido era un escritor, pues nunca publicó nada y jamás habló de ello con nadie.
Sinceramente no recuerdo cuándo me asumí escritora. Ya mencioné que en algún momento de mi infancia, decidí que iba a ser escritora “cuando fuera grande” (tendría unos 8 años), y lo hice con la misma convicción como cuando decidí, antes de eso, que iba a ser Egiptóloga y que iba a vivir en Egipto para descubrir más pirámides y sarcófagos mucho mejores que el de Tutankamon. (Conste que mi pasión por Egipto y mis ganas de ir allá continúan tan fervientes como en la infancia y muchas veces fantaseo con lo que habría sido de mi vida si hubiera estudiado Arqueología y me hubiera especializado en Egiptología y me hubiera ido a vivir a Egipto…)
No puedo recordar alguna época de mi vida que no estuviera ligada a la escritura. Comencé escribiendo diarios, cuentos, poemas y hasta hacía adaptaciones de algunos cuentos de Chejov a teatro, para representarlas en el colegio. Como a los 14 o 15 años escribí mi primera novela, que por supuesto fue un perfecto desastre, pero fue una “apuesta” que hicimos con una amiga del colegio. Escribiríamos una novela en nuestras vacaciones de fin de año, sobre cualquier tema, y tenía que tener por lo menos 100 páginas. Ese año me quedé a solas con mi padre en San Salvador porque mi madre y mi hermano se habían ido para Alemania los 3 meses de vacaciones. Y como en esa época no teníamos empleada doméstica, a mí me tocaba hacer todo: barrer, trapear, sacudir, cocinar, lavar la ropa, planchar y alimentar y atender a la incontable cantidad de animales que teníamos: gallinas, gallos, patos, pavos, pericos, gatos y perros (creo que se me olvidó alguna tortuga).
Todo eso lo hacía en las mañanas. Y en las tardes me sentaba a escribir, disciplinadamente, todos los días. Escribía a mano y creo que el manuscrito final tuvo algo así como 120 páginas. Yo cumplí con el ejercicio, mi amiga no.
Siempre escribí. Era vital para mí. Escribía en aquellos tiempos para “solucionar” lo que estaba mal a mi alrededor, que era todo. Escribía para desahogarme y “decir” lo que no podía en voz alta a nadie. Escribía para escapar de la realidad y fantasear con un mundo y una vida mejor.
Pasaron muchas cosas. Y en medio de todo eso yo escribía. Comencé, casi sin darme cuenta, a escribir mi primera novela Apuntes de una historia de amor que no fue, cuando comencé a fantasear con todos los sucesos que ocurrían en El Salvador de fines de los 70 e inicios de los 80. Cuando tuve algo así como 400 páginas llenas de escenas, diálogos, personajes, recortes de prensa, comentarios irónicos, reflexiones, sueños y simples divagaciones verbales, pensé que sería bueno trabajar ese material y “hacer un libro”. Ni siquiera pensaba en términos de “una novela” o “un libro de cuentos”. Pasé años para reducir ese primer mamotreto a poco más de 100 páginas que fueran legibles.
En algún punto de mi vida, ya publicada esa novela, ya con otro puñado de historias en borrador entre manos pensé “¿y cuándo voy a ser escritora?”. Alguna voz interior contestó rápido la pregunta: “Si vas a esperar a un hipotético futuro para ser escritora, es posible que no lo seás nunca. Además recordá que la muerte puede tener la impertinencia de aparecer en cualquier momento”.
Así es que decidí que el momento era ya, que quería ser escritora “ahora” y que no iba a esperar a que las condiciones para ello aparecieran por arte magia. Además, había leído algún artículo de Sergio Ramírez en el que hablaba de esa gente que te vive diciendo que “algún día voy a escribir una novela cuya historia es tal y tal” y te la describen con lujo de detalles, pero jamás la escriben realmente. Yo definitivamente, no quería ser así.
Eso fue hacia finales de los 80. Y en algún momento a partir de entonces, cuando la gente me preguntaba “¿Vos qué sos? ¿Qué hacés?” yo contestaba “Soy escritora”. Se me reían en la cara, me miraban como si estuviera loca (todavía ocurre): “Si… ése es tu hobby, ¿pero qué hacés?”. Yo reafirmaba “soy escritora y no es un hobby”. Más risas, más burlas. Por supuesto que querían saber de mi profesión universitaria o por lo menos, con qué trabajo “serio” me ganaba la vida.
Comencé desde entonces a marcar en toda mi documentación, en el espacio de oficio o profesión, la palabra mágica: ESCRITORA. Y lo sigo haciendo hasta el día de hoy.
Sé que lo soy porque ése es mi funcionamiento como individuo. Porque así funciona incluso mi organismo biológico. Porque mi cerebro funciona de tal manera que, ante la menor provocación, concibo una historia completa. O porque me paso las horas muertas en un bus o en un avión redactando mentalmente cosas o inventando historias. ¿Estoy en un café o un super y observo a alguien que me llama la atención? De inmediato se me ocurre su historia. ¿Me ocurrió algo? Pienso cómo lo voy a escribir. ¿Me siento en caos y confusión interior? Nada mejor que sentarme a escribirlo para pensar mejor (siento en esas situaciones que escribir es como planchar, las palabras me ayudan a “alisar” el caos). ¿Una idea, una frase absurda pero interesante? Corro a mi Moleskine para que no se me olvide.
Hay quienes creen que no se es escritor si no se publica lo que se escribe. Me permito disentir. Se dice que “la función del escritor” es comunicarse con los demás. También difiero. Algo no necesita tener una “función” para existir.
Estoy segura de que, al igual que el personaje de Delibes, debe haber cientos o miles de seres humanos en el mundo que escriben y escriben y que no comprenden la realidad, la vida ni el mundo si no es a través de la escritura. Que no funcionan si no es a través de la escritura. Y que nadie lo sabe. Yo me considero uno de esos seres.
Lo que he publicado es una cantidad mínima en comparación con las cientos de páginas que tengo escritas y guardadas. No me obsesiona la publicación, y con las tendencias y la actitud comercialoide de las editoriales contemporáneas, cada día me interesa menos. Si ocurre bueno y si no, no dejaré de escribir por eso y tampoco voy a "adecuar" mi escritura a la moda del momento. He fantaseado (Dios no lo quiera), con que si un día yo quedara ciega o sin brazos, yo seguiría escribiendo; cómo no sé, pero encontraría un mecanismo para hacerlo.
Sé de 2 o 3 escritores (renombrados y respetados) que no escriben nada si no cuentan con la certeza de que serán publicados. ¿Serán ellos escritores realmente?
Yo creo que el escritor escribe porque no tiene remedio, porque no puede hacer otra cosa, porque así funcionan su mente, su alma y su cuerpo. Si me leen, si no me leen, si les gusta, si no les gusta, si me publican o no, todo eso me tiene sin cuidado. Y seguiré viviendo mi vida y organizándola en función de la escritura, para poder dedicarme a ello el mayor tiempo posible, quizás con sobresaltos económicos pero con la alegría interior de tocar el hueso de la literatura con mis manos sucias todos los días, aunque sea por unas horas.
No podría ni sabría ni quiero vivir de otro modo.
(Ilustración: Thot, Escriba de los Dioses y Dios de los Escribas, ya que hablamos de Egipto. Detalle de un fresco en el templo mortuorio de Ramsés III. Tomado de Euroatlas).
Pues algo parecido me ha pasado a mí, pero con la diferencia de que nunca había escrito casi nada antes; soy dibujante/ilustrador ante todo, pero eso no significa nada: me encanta la lectura desde pequeño: punto a favor.
Una amiga mía me propuso una apuesta; escribir un relato de ciencia-ficción hard, pues al final me salió una novela de 180 paginas a una sola cara. Esta novela la ha leido muy poco gente, pero todos los que la han leído les ha gustado. De vez en cuando le doy un repasito pero poca cosa más: Busco más que nada faltas ortográficas o erratas.
Quizás me anime dentro de poco de escribir otra... :-)
Soy ante todo dibujante/ilustrador.
Que fabulosa forma de describir a un escritor. Vaya, tal vez empiece a considerarme uno de ahora en adelante. Felicitaciones Jacinta, son reflexiones muy hermosas.
Saludos
Alberto Enrique Chávez Guatemala
Alberto | 3 de Agosto de 2007 - 05:26 PMGracias por la serie Jacinta. Yo lo escribo y lo leo todo desde siempre. Creo que en secreto soy escritora pero me aterroriza la opinión de los demás. Concuerdo con vos en que se escribe porque no queda más remedio, porque es así como uno entiende y procesa el mundo, aún cuando lo que escriba no termine siendo tan bueno. Abrazos.
itzpapalotl | 3 de Agosto de 2007 - 06:02 PMMuy interesante esto que contás. Yo creo que funciono como vos, si es que uno funciona,jajaja, pero no podría renunciar a escribir y menos a leer. Y también te confieso, que a mí la palabra escritora me da miedo y me queda grande. Saludos.
Karla | 7 de Agosto de 2007 - 10:17 PMHola Jacinta. Muy buena serie!! De hecho hace un par de días escribí a su correo de g mail para pedir su autorización para hacer referencia a sus artículos en el blog de la revista Luna Park. Pero no sé si llegó. Disculpe la nueva nota, pero solo quería confirmar. Saludos gatunos.
Vania | 11 de Agosto de 2007 - 02:16 AMVania, fíjese que no recibí el correo que me indica, pero claro que puede hacer referencia a dichas notas, citando la fuente, claro.
Saludos y gracias.
Inventar historias no es ni remotamente ser escritora. Ser escritor es poner en el papel pensamientos no historias.
gloria | 17 de Agosto de 2008 - 12:25 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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