3 de Julio de 2007
Los Derechos del Enfermo Terminal
Hace algunos días encontré por casualidad en un folleto los Derechos del Enfermo Terminal, una serie de planteamientos en torno a cómo un ser humano, puesto en una circunstancia de enfermedad extrema donde ya no hay (supuestamente) nada qué hacer, puede tener una muerte más digna.
Me impresionaron tanto que decidí compartirlos por acá. Buscando más información sobre ello en internet me topé con que hay varias versiones, unas más completas que otras. La versión que yo leí inicialmente no señalaba autor, aunque en internet aparece firmada por una Dra. Alicia Palma.
Tampoco he logrado detectar si están establecidos según convenios u organismos internacionales, pero creo que eso no les quita su validez y sobre todo, la importancia de su contenido. Los comparto y luego comento algunos:
* Tengo el derecho de ser tratado como un ser humano vivo hasta el momento de mi muerte.
* Tengo el derecho de mantener una esperanza, cualquiera que sea esta esperanza.
* Tengo el derecho de expresar a mi manera mis sufrimientos y mis emociones por lo que respecta al acercamiento de mi muerte.
* Tengo el derecho de obtener la atención de médicos y enfermeras, incluso si los objetivos de curación deben ser cambiados por objetivos de confort.
* Tengo el derecho de no morir solo.
* Tengo el derecho de ser liberado del dolor.
* Tengo el derecho de obtener una respuesta honesta, cualquiera que sea mi pregunta.
* Tengo el derecho de no ser engañado.
* Tengo el derecho de recibir ayuda de mi familia y para mi familia en la aceptación de mi muerte.
* Tengo el derecho de morir en paz y con dignidad.
* Tengo el derecho de conservar mi individualidad y de no ser juzgado por mis decisiones, que pueden ser contrarias a las creencias de otros.
* Tengo el derecho de ser cuidado por personas sensibles y competentes, que van a intentar comprender mis necesidades y que serán capaces de encontrar algunas satisfacciones ayudándome a entrenarme con la muerte.
* Tengo el derecho de que mi cuerpo sea respetado después de mi muerte.
Me gusta su contenido en conjunto porque establecen al paciente terminal como alguien que tiene derecho sobre sí mismo hasta el último aliento e incluso después, sobre su cuerpo sin vida (que incluye las disposiciones de qué hacer con él, si enterrarlo o incinerarlo y eventualmente, qué hacer con las cenizas o qué escribir sobre una lápida).
Muchas de estas cosas deberían ser discutidas previamente entre el enfermo y sus familiares o con quien vaya a estar cercano en la circunstancia de su muerte. Preferiblemente deberían discutirse estas cosas antes de que la gravedad del paciente lo lleve a circunstancias de inconciencia, donde ya le sea imposible comunicarse.
Muchas veces los familiares (o alguno de ellos, como el cónyuge, padres e hijos), sienten que el moribundo es de su propiedad y que debe hacerse no lo que el enfermo manifestó desear, sino lo que los demás creen conveniente. A veces, dichas decisiones son más bien favorables para los familiares y no para el enfermo, sobre todo porque nos cuesta aceptar que la muerte es eminente y porque no queremos dejar ir al enfermo.
Me gusta cuando habla (en el segundo punto) de que se tiene derecho a mantener una esperanza, cualquiera que sea. Es la esperanza, finalmente, la que nos da aliento para continuar adelante en el día a día. Si no tuviéramos esperanza de que las cosas pueden mejorar, no podríamos ni sabríamos cómo seguir adelante en la vida.
He tenido varios muy queridos amigos que fallecieron después de enfermedades largas y dolorosas y aunque la muerte parece eminente, es precisamente la esperanza las que les permite esbozar una sonrisa en medio de la agonía. La que les permite reencontrarse y despedirse de familiares y amigos. Y también es la esperanza en la existencia de un más allá, la que permite que la perspectiva de irnos definitivamente de este mundo que conocemos no sea tan aterradora.
Aunque no estemos de acuerdo con los deseos o las creencias religiosas o espirituales del enfermo, definitivamente éste tiene el derecho a que se los respetemos, aunque esté en las últimas. Porque todos tenemos el derecho a una muerte digna y a hacer de nuestra transición un momento menos traumático (sobre todo para el que muere) al hacerlo como nosotros deseamos, dentro de la medida de lo posible.
Saber que un familiar o amigo murió en paz y que se hizo todo lo que se pudo por él, tanto a nivel clínico como humano y espiritual, ayudará finalmente a los que le sobreviven a encontrar algo de alivio a la pena de la partida definitiva de nuestros seres queridos.
En Costa Rica existe un lugar que se llama Clínica del Dolor, que ayuda no sólo a pacientes con dolores crónicos, sino también a enfermos terminales. Ellos ayudaron a mi padre en sus últimos meses, morfina y médicos incluidos. Sería interesante que pudieras hablar con ellos, quizá para CA21; sostienen mucho de lo que mencionas.
Rafael Menjívar Ochoa | 3 de Julio de 2007 - 05:08 PMTe agradecería me mandaras a mi correo personal el teléfono o la dirección, en efecto creo que sería interesante hablar con ellos. Lo que pasa es que existe más de un lugar acá que llaman "Clínica del Dolor" y no sé cuál será el que atendió a tu padre.
Saludos.
No tengo los datos, pero está dentro del Hospital Calderón Guardia. Leo en internet que ahora ya se convirtió en un centro nacional. Quien debe tener los datos es mi madre: 235-8057.
Rafael Menjívar Ochoa | 4 de Julio de 2007 - 08:50 PMGracias Rafael.
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