28 de Junio de 2007
Mañanas de seda azul
Lo escribo antes de que el recuerdo tome formas opacas:
Un cuarto en penumbras, un despertador sonando poco antes de las 5 de la mañana, despertar, maldecir, ponerse en pie. Tomar la ropa del día anterior, ponérsela, entrar al baño, encender la luz, ver la cara de zombi, lavarse la boca. Tomar circulación, licencia, llaves, libro. Y los cupones, sobre todo los cupones.
Abrir y cerrar puertas. Subir al jeep Toyota Land Cruiser celeste con techo blanco creo que año 78. Manejar un par de kilómetros. Llegar a la gasolinera. Sorpresa: ya hay 4 o 5 carros esperando.
Son apenas las 5. El día va a clarear. Me parqueo detrás del último carro. La gasolinera abre a las 7. Esperar dos horas.
El problema no es el tiempo, el problema es si alcanzará.
No sé qué año es. Quizás fue en el año más crudo de la guerra. Quizás fue en el año más intenso del amor.
Es Managua. Es el tiempo de la guerra de la contra, del embargo de los gringos. Hay racionamiento de gasolina. Tengo dos papeles en mis manos que valen más que todo el dinero del mundo: dos cupones de gasolina. Blancos y azules, un 5 bien grande y el logo de Petronic.
Dos cupones de 5 galones cada uno. Diez galones de gasolina: soy millonaria.
Tan millonaria como el que sabe de alguien que compra dólares a buen cambio en el mercado negro. O del que sabe en cuál de todos los Supermercados del Pueblo hay papel higiénico. O pasta de dientes. O azúcar. O en qué tramo del mercado Roberto Huembes se consiguen frijoles negros o la carne enlatada soviética.
Recuerdo casi siempre la misma imagen: un escuálido palito de jocote a la vera del camino donde yo, por lo general, tenía el turno de parquear. Para esperar. Para ser de los primeros. Porque en cosa de una hora, ya la gasolina se había terminado. No podías darte el lujo de dormir.
Dormir en el jeep, imposible. Dormir sentada, imposible. Yo soy la princesa del guisante. Tengo dificultad para dormir desde niña.
Veo cómo cambia la luz. Cómo se hace de día. Escucho a los pájaros, que en los entonces numerosos árboles de la Carretera Sur, despertaban cantando.
Y la carretera sin tráfico. Y en el retrovisor notar que a cada minuto, la fila se hacía más larga. Y más. Y más. Los carros se acercaban en silencio. Recuerdo mucho el silencio. Era la fila del silencio.
Entonces, cuando la luz ya está clara, tomo el libro que siempre llevo. Leí muchos en aquel jeep, en aquella fila. Los poemas de Jaime Sabines. Baudelaire. Lezama Lima. Cortazar. Palinuro de México. Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio. Quizás también Tristram Shandy. Osvaldo Soriano. La guaracha del Macho Camacho. Tres Tristes Tigres.
Son de las lecturas más agradables que recuerdo. No sólo por la calidad de los libros. También por la luz. Por el silencio. Por los pájaros.
Los pájaros despertaban cantando. Yo despertaba leyendo.
Mañanas de seda azul.
Y de pronto la prisa, la manguera, los cupones. Los benditos cupones.
Y el olor de la gasolina.
Recordé esto al enterarme hace pocos días en Moleskine Literario que las obras completas de Pablo Palacio se encuentran disponibles en línea. Siempre me fascinó lo inesperado de sus historias y personajes, su sentido del absurdo, su experimentación. Es imprescindible leer los cuentos de Un hombre muerto a puntapies y el relato Vida del ahorcado.
Pablo Palacio murió en Guayaquil, en 1947, a los 40 años, en el Hospital General Luis Vernaza de Guayaquil.
Soy hijo del escritor Pablo Palacio.
Mi padre no estuvo ni murió en el manicomio Lorenzo Ponce, murió en el Hospital General Luis Vernaza de Guayaquil. Por favor informese bien.
Gracias
Ya hice la correspondiente rectificación, aunque como ya será de su conocimiento, existen varias fuentes que mencionan el otro hospital como su lugar de fallecimiento.
En todo caso, me honra su visita y le agradezco la información.
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