18 de Junio de 2007
El veneno que nos une a la ciudad
En el capítulo 22 de su libro Estambul, ciudad y recuerdos, Orhan Pamuk cuenta que cuando era un niño tomó el hábito de contar los barcos que miraba pasar en el Bósforo. La descripción es tan vívida que podemos visualizar al niño, apoyado en algún balcón, viendo hacia el agua y contando los barcos. Pocas páginas después de ese párrafo nos encontramos con una fotografía donde se ve a un muchacho apoyado en un balcón. Al fondo de la foto se ve, por supuesto, el Bósforo y un par de barcos. Suponemos que el muchacho de la foto es el joven Pamuk.
El autor cuenta que llegó a un punto en que comenzó a tomar nota en un cuaderno de todos los barcos que iban y venían. Y además, se dio cuenta que su manía no era original, que su hermano, amigos y conocidos también contaban los barcos del Bósforo.
En este libro, Orhan Pamuk ha tenido la gran habilidad de recrear su infancia al compás de la ciudad en que ha vivido toda su vida y desde donde, nos lo confirma en una que otra línea, escribe precisamente las memorias que tenemos entre manos.
Parecería que es imposible que un lector de cualquier país se conecte con las memorias de un chiquillo en Estambul. Pero lo que permite que un salvadoreño, por ejemplo, pueda identificarse con un niño turco son esos recuerdos que subsisten a través del tiempo y que Pamuk relata con tanto acierto. El relato de los juegos infantiles, las peleas con el hermano, el primer amor, las escapadas de la escuela, disparan los recuerdos del propio lector porque son cosas que todos hemos vivido aquí y en la Cochinchina.
De Estambul, Pamuk nos describe la visión de ilustres visitantes de Occidente (como Flaubert, Gautier y Nerval, entre otros) y la visión de los diversos personajes intelectuales de Turquía misma, visiones contrastantes que, juntas, conforman un cuadro panorámico de la ciudad, del Bósforo y de sus diferentes barrios y habitantes, un macro y un micro retrato de Estambul.
Uno de los puntos en los que Pamuk insiste es en subrayar el vínculo que une a los habitantes con Estambul: el hüzün, una de esas palabras de difícil traducción. Podría definirse como una mezcla de melancolía y amargura, aunque comprende toda una actitud de derrotismo, de conformismo, de silencio, de lo abrumador que resulta el pasado imperial para sus habitantes, muchos muy pobres, que ven cómo poco a poco la ciudad cambia su rostro, muta sus edificios y casas, conserva algunos vestigios desvencijados de glorias pasadas y trata de adecuarse a esa occidentalización irremediable que sufre Estambul.
Este libro le otorga a la ciudad la categoría de personaje, donde la sombra del fenecido imperio otomano parece seguir vertiendo sobre sus personajes un veneno llamado amargura.
El libro viene acompañado de muchas fotos, todas en blanco y negro, tomadas de archivos y de la colección familiar de la familia Pamuk y que complementan visualmente las descripciones del autor, contribuyendo al ánimo a veces melancólico del libro, pero donde también se encuentra una ternura subyacente en la delicadeza con que describe las múltiples facetas de laciudad.
El tono melancólico de la narración adquiere diversas intensidades. Hay espacio para el humor pero también para la crítica hacia sus conciudadanos (no deja de llamarlos amargados, aunque debe señalarse que él mismo se considera como tal también).
Las descripciones de sus paseos por la ciudad, a solas o acompañado de alguno de sus familiares o amigos me remitieron a una serie de recuerdos personales. Me fue inevitable recordar el San Salvador de mi infancia, una ciudad totalmente diferente a la de hoy en día.
Sentí una perturbadora dicha al pensar que por lo menos tuve el gusto de ver una ciudad limpia, sin ninguna venta callejera (repito: ¡ninguna!), una ciudad que siempre me gustó pero que me desquició por completo cuando volví a vivir en ella demasiados años después. Lo curioso es que la descripción que hace Pamuk al inicio del capítulo 34 (titulado “La infelicidad es odiar la ciudad y odiarse a uno mismo”), no es demasiado diferente al San Salvador que reencontré:
“Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provoca la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma”.Me pregunto si algún día alguien podrá escribir un libro que hable con la misma dura ternura sobre la ciudad de San Salvador y que no esté lleno de reproches, cinismo y amargura, ese mismo sentimiento que forma parte del veneno que nos une con nuestra rabiosa ciudad.
Estambul, Ciudad y recuerdos
Orhan Pamuk
(Traducción de Rafael Carpintero)
Literatura Mondadori
México 2006
448 págs.
Calificación personal: Excelente
(Publicado hoy en Centroamérica 21, sección Cultura).
Me gustaría saber cómo podría conseguir esa edición,o si está a la venta aquí en España,aunque fuera de otra editorial. Gracias
Rocío Fernández | 6 de Octubre de 2007 - 12:12 AMLos datos del libro están al final de la nota. Aunque está publicado en México, Mondadori tiene filiales en Europa. Pregunte en Casa del Libro u otra buena librería en España, seguro se lo consiguen.
Jacinta | 6 de Octubre de 2007 - 12:24 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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