2 de Mayo de 2007
Revisar y corregir: el tiempo de reposo
En las últimas 2 semanas, sin haberlo planeado, me la pasé releyendo la última novela que he escrito. Nada más quise leerla para ver qué me provocaba ahora, poco más de año y medio después de terminada. (La comencé en enero del 2004 y la di por “terminada” en agosto del 2005, aunque después de eso todavía la revisé en un par de ocasiones más).
No esperaba que el libro pasara tanto tiempo sin publicarse, pero una serie de sucesos de diversa índole así lo han impuesto. Lo cual no está mal. Si la venganza es un plato que se sirve frío, también lo es la literatura. Mientras más tiempo de reposo tenga un texto, mejor. La distancia emocional del texto nos permite detectar de manera más clara los errores, la mala redacción, las contradicciones o los cabos sueltos en la historia, los párrafos o frases reiterativos o todo aquello que no dice nada y que no contribuye a la calidad general del texto y que más bien estorba para su mejor lectura.
Escribir un borrador inicial a partir del cual trabajar es siempre como armar un esqueleto, las bases y fundamentos de un edificio, la estructura esencial. Pero de poco sirve un texto que no recibe revisión y corrección. Es la etapa menos jubilosa de la escritura, pero acaso la más necesaria. Es la más afanosa, la más angustiante, la que pone a prueba nuestros talentos pero también la que nos enseña el aprendizaje de las herramientas narrativas.
La ansiedad y el entusiasmo de un autor por su texto pueden hacerlo apurar demasiado la publicación de un libro. Y esto es comprensible. Cuando escribimos un nuevo libro nos gana una alegría que queremos compartir con amigos y lectores lo más pronto posible. Cada texto nuevo parece que nos hace descubrir el agua tibia. Creo que por desgracia, hay autores que se dejan llevar por la prisa y apuran publicaciones que, de haber mantenido algún tiempo en reposo, seguro hubieran podido mejorarse y convertirse en libros más prolijos.
Y es eso quizás lo que toma más tiempo al escribir. Tener la paciencia de reposar un escrito para que, como un buen licor, destaque lo mejor de sus cualidades. Volver sobre un texto después de un año y 8 meses, hizo saltar hasta los dedazos que (me asombró mucho) todavía había en la novela. Y me saltaron a la cara, como bofetadas o gritos estridentes, frases mal construidas, párrafos que era mejor eliminar y palabritas que era mejor cambiar. El primer original de esta novela tuvo 425 páginas. Luego de dos o tres revisadas, la reduje a 381. Y con la corrección de las últimas semanas, ha quedado en 377.
¿Cómo saber qué corregir? En esta ocasión me detuve en los párrafos que, por algún motivo, no sentía que fluían a igual ritmo o intensidad que el resto del libro. Ahí donde yo misma me trababa o me aburría en la lectura, me detenía a estudiar qué era lo que pasaba. Detectaba el párrafo o la frase que me molestaba y me preguntaba ¿qué quiero decir específicamente con esto, es necesario decirlo, agrega algo a la narración, no está dicho ya esto en otra parte, se soluciona el problema reescribiendo, fusionando esta parte con otra, modificando el orden de las ideas o cortando?
Es el momento de ser crueles con nosotros mismos, pero también para ser sinceros: ese párrafo o esa línea que me hacen ruido, ¿están en función de mi texto o están en función de algo personal que me ocurría en el momento de escribir y que quería decir pero que, años después, no sólo no tiene validez sino que no funciona en el libro?
Creo que esas son buenas preguntas qué hacerse a uno mismo en el momento de corregir. Y lo digo porque son preguntas que recibo mucho durante los talleres de narrativa que he dado.
Otra de esas preguntas del millón es ¿cuándo se sabe que uno terminó de corregir? Esta es más difícil de contestar y creo que para ello ayudan precisamente el tiempo y el reposo del texto. Olvidarse de él por completo y luego volver sobre lo escrito una vez más, con nuevos ojos y mente fría. Los errores o los momentos del texto que no están bien montados en el engranaje se revelan por sí solos.
Estoy segura también que un libro puede corregirse demasiado y ser estropeado. A veces he leído libros que me parecieron impecables en su redacción pero que dan la impresión de que “les falta algo”. Para mi gusto, suelen carecer de pasión, de fibra, de vida. Textos fríos y rotundamente perfectos que funcionan bien pero que, por carecer de ese aliento de vida, no nos tocan ni nos conmueven ni permiten que nos identifiquemos con ningún personaje o situación. Y por muy impecable que sea su redacción, se convierten en fácilmente olvidables.
A veces habrá incluso que admitirse que un trabajo completo no nos salió bien y que no hay mejor remedio que descartarlo entero. Esto es parte del ejercicio de revisar y corregir. Y no es fácil. Uno piensa en el tiempo invertido, en el desvelo, en las cosas que dejó hacer por robarle el tiempo de escritura a su propia vida. Pero de nuevo, el tiempo prueba los textos, los sacude y les otorga oscuridad o luz. En lo personal, hace algunos años, tomé la decisión de quemar dos novelas y guardé nada más un par de capítulos de una que me parecía podían servir más adelante. Por ahí están todavía, esperando que yo retome esa historia en la que deberían caber.
Es necesario entonces saber también cuándo desprenderse del texto y dejarlo ir, que viva su vida propia (sea en el fondo de una gaveta, en una publicación o en una hoguera), con sus cualidades y también con sus defectos. No podemos vivir aferrados a un libro y corregirlo permanentemente. Y quizás nuestro error, al corregir en exceso, sea aferrarnos a un mismo libro que armamos y desarmamos y jamás terminamos, quizás porque tenemos miedo de comenzar un nuevo trabajo, quizás porque sentimos que no seremos capaces de escribir un buen libro alguna vez. Incertidumbres que, nos guste o no, siempre sentiremos mientras vivamos, porque cada nuevo libro nos hace sentir inexpertos y parece que estamos escribiendo por primera vez.
Pero a escribir se aprende escribiendo. Y corrigiendo. No queda más remedio que hacerlo y aprender a convertir el tiempo en nuestro gran aliado literario.
Suerte con tu libro y que te quede perfecto. Espero leerlo algún día
Saludos
JC | 2 de Mayo de 2007 - 08:39 PMGracias JC, yo también espero que pronto pueda leerse.
Jacinta | 2 de Mayo de 2007 - 08:57 PMPues también le deseamos mucha suerte con el libro que ojalá pronto podamos tener en nuestras manos.
Y agradecemos el post por la serie de consejos tan útiles que da, brevemente, cual minitaller de narrativa.
Saludos
Hace poco que empiezo a leer su blog y debo decir que hay cosas que comparto y otras que simplemente es cuestión de gustos.
Para darle precisión a mis palabras me refiero a este post, en el que aconseja que hay que espera años antes de publicar y no ser tan entusiastas.
Creo que un buen escritor es aquel que se dedica a la lectura y escritura ardua, dedicada, sin tomarse ninguna pose del artista que debe esperar años antes de publicar una obra solo para poder decir en la presentación que la ha trabajado por años.
Creo que hay escritores centroamericanos, muy talentosos que simplemente tienen el don y la disciplina de poder escribir y publicar de forma rápida como lo deberían de hacer los que se dedican a esa profesión.
Creo que la espera no es la fórmula para la publicación adecuada, más creo en la disciplina de lectura, talento y conocimiento de lo que se desea hacer con la obra. Hay escritores, que no tiene la necesidad de recibir el visto bueno de los demás, simplemente escriben porque no pueden hacer nada más.
Gracias por sus comentarios, es bueno poder discutir sobre estos temas. Suerte con su libro.
alfa | 11 de Mayo de 2007 - 11:02 PMEstimado Alfa: estoy de acuerdo con usted en que un libro no puede pasar años sin publicarse para después decir que se ha trabajado "años" en ello. Eso sería una desfachatez.
No se trata tampoco de dejar los libros esperando años. Se trata de dar tiempo para trabajar el texto a lo máximo, pulirlo y que el escritor concluya que lo ha terminado, que ha logrado el resultado que se esperaba al escribir el libro. Pero por supuesto, esto es variable según cada escritor.
No creo que ser talentoso implique "el don de escribir y publicar rápido" como usted dice, porque implica que si eso no ocurre, es porque falta talento. Cada escritor tiene métodos y ritmos de trabajo diferentes y no necesariamente lo que se hace rápido siempre sale bien, sobre todo en la literatura.
Saludos.
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