27 de Abril de 2007
El primer pasaporte de Orhan Pamuk
En la revista The New Yorker de Abril 16, apareció un artículo titulado “My First Passport” de Orhan Pamuk. El sub-título es una pregunta que me pareció muy sugerente: ¿Qué significa pertenecer a un país?
En el artículo, Pamuk cuenta de cuando su padre se fue a vivir a Paris un tiempo, buscando realizar el sueño de ser escritor, llenando cuadernos enteros con sus escritos desde un hotel barato de Montparnasse y viendo pasar por la calle, de vez en cuando, a Jean-Paul Sartre.
Pero el dinero con el que emprendió esta aventura se acabó, y con él, el sueño de la escritura (muchos años después, Orhan Pamuk recibiría una maleta con esos cuadernos y todos los escritos de su padre, algo que el escritor detalla en su discurso de aceptación del Nóbel).
Así es que el señor Pamuk aplicó para un trabajo en la IBM y fue contratado y enviado a Ginebra, donde se le uniría su esposa y más adelante sus dos hijos. Por supuesto, para su primer viaje a Europa, que el pequeño Orhan consideraba una gran aventura, había que tener un pasaporte, en el que por cierto, equivocaron el color de ojos de Pamuk.
El apartamento que alquilaron en Ginebra era amueblado. Y dice Pamuk (traducción mía):
Así fue como llegué a asociar el vivir en otro país con sentarme en mesas donde otros se habían sentado antes, usar vasos y platos en los cuales otros habían bebido y comido, y dormir en camas que habían envejecido después de muchos años acunando a otros durmientes. Otro país era un país que pertenecía a otras personas. Teníamos que aceptar el hecho de que las cosas que estábamos usando nunca serían nuestras, y que este país, este otro país, nunca nos pertenecería tampoco.
En la escuela, Orhan y su hermano, con la limitación de desconocer el lenguaje, en este caso el francés, se buscaban entre la muchedumbre de niños durante el recreo hasta encontrarse y tomarse de la mano.
Este país extraño era un jardín interminable lleno de niños felices. Mi hermano y yo mirábamos ese jardín con añoranza, desde la distancia.
Un día, por motivos que el autor no explica, los hermanos Pamuk son enviados de vuelta a Estambul, con su abuela. Orhan no viajaría al exterior de nuevo sino hasta 24 años después. El viaje sería para ir a Alemania, a leer parte de su obra ante migrantes turcos.
En ese viaje, dice el autor, llegó a asociar su pasaporte con una especie de “crisis de identidad” que ha afligido a tantos otros, siendo la crisis la pregunta de cuánto pertenecemos al país de nuestro primer pasaporte y cuánto de nosotros pertenece a “los otros países” al que el documento nos permite entrar.
Lo que señala Pamuk es muy cierto. Esos objetos ajenos, en un país ajeno, no hacen más que profundizar el sentido propio de ser ajeno, extraño, de estar fuera, un sentimiento que el viajero busca mitigar adquiriendo sus propias cosas. No es que uno esté apegado a los objetos, pero algo hay en nuestras pertenencias que nos dan sensación de hogar, de familiaridad, de continuidad con nuestra propia vida, sobre todo desde un punto de vista íntimo.
Por muchos años que uno viva en un país, muy difícilmente uno puede obviar que no pertenece allí, que no pertenecerá nunca. Y curiosamente, esa misma sensación de ser ajeno o extraño en otros lugares, se extiende hacia el propio lugar de origen. Las ausencias provocan rupturas inevitables.
Me parece que para nosotros los nómadas, lejos de pertenecer a un lugar específico, nos pertenecen todos los lugares en los que hemos vivido o estado. Como los gitanos antiguos, toda nuestra historia personal cabe en un bulto. El valor de los objetos es relativo. Aprende uno que todo es pasajero, y por tanto, aprende uno el desapego. Partir deja de doler.
Cada nómada amuebla su república personal con fetiches y recuerdos de todas partes. Nos reconstruimos en cada nuevo comienzo, intentando ser mejores. Aunque a veces nos abaten la melancolía y el cansancio que nos provoca levar anclas una y otra vez sin llegar nunca a Ítaca, y ver ese dedo que en cada puerto nos señala como "extranjeros".
Sí, Jacinta, las ausencias provocan rupturas inevitables. A medida que pasan los años fuera de Ítaca, la añoramos en el recuerdo y sentimos que el regreso será tan difícil como el largo viaje a través de los caminos. Un saludo. Ulises.
Cuando ya estoy aplicando para trabajos en el otro lado del planeta, reconozco que nunca estoy dejando mi hogar, porque ese lo empaco siempre en la maleta.
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