26 de Marzo de 2007
Aquí murió Pami
Se llamaba José pero era conocido como Pami.
Apareció muerto la mañana del 21 de marzo del 2007, equinoccio de primavera, en la acera de enfrente del lugar donde vivo.
Unos vecinos lo habían visto al levantarse. La visión no era nueva. En nuestra cuadra es común encontrar a un que otro borracho tirado en la acera durmiendo la mona. Lo raro era que pasaban las horas y el hombre no se movía ni cambiaba de posición.
Poco después de las 8 de la mañana alguien llamó al 911 para que constataran si el tipo estaba vivo o muerto. Y no pasó nada. Nadie llegó.
Horas después, a las 11, el muchacho que trabaja en el gimnasio de artes marciales de al lado llamó de nuevo al 911. El hombre seguía ahí, en la misma posición y alguna vecina que se acercó a verlo aseguró que no respiraba.
A las 12 y media, cuando voy saliendo, va también en la acera el muchacho del gimnasio. Algo hablan con la vecina. Como noto algo extraño le pregunto a él si está pasando algo. No sabemos, me dice, y me hace una seña hacia el hombre tendido en la acera de enfrente. ¿Se murió? le pregunto. No sabemos, me contesta.
Justo entonces viene una ambulancia de paramédicos. La curiosidad me gana y me aproximo a ver qué pasa.
Uno a uno van saliendo los vecinos de algunas casas.
José está acostado sobre la acera, justo frente a la puerta del garaje de la casa de enfrente. (La casa está vacía desde hace meses. Parece que la vendieron, que la renovaron pero los nuevos inquilinos nunca se mudaron.
Su ropa es oscura. Un pantalón negro, zapatos bastante destrozados, una camisa a cuadros).
Está acostado sobre su costado izquierdo, de cara a la calle. La cabeza hacia el este. Está con las manos sobre el pecho y las piernas algo encogidas.
Tiene parte de la camisa levantada. Eso permite ver una franja de su barriga. La piel debajo de la ropa, extrañamente limpia y blanca.
Su rostro está cubierto por un trapo blanco. Como para cubrirse de la luz.
Los paramédicos lo llaman, lo sacuden. No hay respuesta. Toman su pulso, lo examinan. ¿Está muerto? pregunto. No dicen nada, pero uno de ellos hace un movimiento ambiguo con la cabeza, un movimiento que no es sí ni es no pero que da a entender que el sujeto está muerto.
Los vecinos se atreven poco a poco a acercarse a ver al tipo. ¿Será Gerardo? preguntan todos.
Gerardo, indigente oficial de nuestra cuadra, alias Francisco, Chico, El Indio. Agreguemos el nombre que yo le puse mentalmente antes de enterarme del verdadero: El Boliviano (porque a veces se ponía un gorrito de esos tejidos que ocupan en aquellas latitudes y por su rostro aindiado, sus pómulos altos, la piel bastante oscura y los ojos muy rasgados).
Gerardo vive en nuestra calle y sus alrededores. Se dedica a cuidar vehículos. Come de lo que le da el dueño del restaurante chino de la esquina, cuyo dueño es en realidad nicaragüense y no oriental. Es frecuente verlo buscar comida en las bolsas de basura. A veces he pasado mientras él saca algo y se lo come. Da la vuelta para que yo no lo mire.
También lo hace cuando lo encuentro sentado en la banqueta tomando alcohol. Si las propinas han sido buenas, toma un botellita de guaro. Pero si las cosas están muy mal, bebe una botella de alcohol de farmacia. La bebe como si fuera limonada. La traga y puedes ver en su rostro la sensación de alivio que le provoca aquel trago.
A Gerardo también puede vérsele dormir en nuestras aceras. Tirado en la banqueta, colocado en un jardín frontal, en las gradas de la tienda de empeños. A veces de cuerpo entero sobre la acera. A veces con medio cuerpo sobre la acera, como si se hubiera quedado dormido mientras estaba sentado.
Siempre que me mira pasar por la calle se da el mismo intercambio de frases: ¿Cómo le va mi chiquita? pregunta él; bien gracias, le digo yo; bueno pues, me alegra, dice él; y luego que he caminado un par de pasos agrega que Dios me la cuide mi chiquita; gracias, le digo yo. Sin embargo, a veces me lo he encontrado y no me ha saludado, como si no me reconociera.
Hay semanas en que desaparece. Entonces me preocupo por él. Me pregunto dónde andará. Si tendrá una casa en algún lugar de este país, alguna familia a la que ir. Mi imaginación me hace pensar que se quedará en su casa, que dejará de tomar, que saldrá de la calle. No imagino qué oficio podría tener. Pero imagino también que es un hombre afortunado porque su familia lo ama y le permitirá quedarse allí con tal de que no beba.
Pero por supuesto sé que eso no pasaría.
Entonces me lo imagino en algún hospital de la República. En las últimas.
También me lo imagino cambiando de cuadra. Y que nunca volverá a la nuestra.
Finalmente siempre reaparece. Y siento algo de tristeza y algo de alivio. Me alivia que no haya muerto en un delirium tremens. Me entristece que siga en la calle porque todo será igual y su final es cosa de tiempo.
En enero reapareció después de una de esas ausencias. Ausencia en la que me imaginé que existía “un hogar” después de todo, un lugar al cual ir para no estar solo en Nochebuena.
Esta reaparición fue diferente: apareció con una perra. La primera vez que la vi pensé que era un perro cualquiera que se había detenido a dormir junto a Gerardo, mientras éste dormía otra de sus borracheras. Pero entonces comencé a ver siempre la perra junto a Gerardo.
Me preguntaba qué comería ella si ya para Gerardo sería difícil conseguir suficiente qué comer. A los pocos días vi la respuesta a mi pregunta: Gerardo le compartía de lo que él conseguía en el restaurante chino de la esquina. O del pan viejo que sobra del supermercado que tiene panadería, a la vuelta, y que tiran a la basura en grandes bolsas plásticas transparentes. O de algunas personas que, quizás al verlo o él pedirlo, le regalaron algo de comida.
Cuando el paramédico levanta el trapo blanco sobre la cabeza del muerto me fijo bien en el rostro. Definitivamente no es Gerardo. El muerto tiene barba y Gerardo no.
El muerto también tiene un gran parche de sangre bastante coagulada sobre la sien y la oreja izquierda. Unos hilos de sangre le cruzan la cara. Está algo hinchado. Su pómulo derecho se mira algo azul. La cabeza tiene sangre revuelta en el pelo.
Me voy hacia los vecinos que me preguntan si es Gerardo.
No, les digo, no es él.
Los paramédicos llaman por radio. Reportan el asunto. Hay que esperar a la policía y al juez correspondiente para que reconozcan y levanten el cadáver.
Uno de ellos se nos acerca. Nos cuenta que el día anterior habían venido a ayudarlo. Que se había caído a la vuelta de la esquina y se había golpeado fuertemente la cabeza. Que ellos lo habían llevado al hospital. No se explican qué pasó. Quizás escapó, dice uno, porque generalmente los bañan y eso no les gusta, dice con una sonrisa.
A los pocos minutos aparece una patrulla. Y luego otra. Y otra más.
Se cierra el paso de la calle con listón amarillo. Los policías se acercan a ver el cuerpo. Levantan la sábana con la que lo que lo cubrieron los paramédicos.
Cada nuevo vecino que se acerca al grupo pregunta si es Gerardo.
A Gerardo no se le ve hasta mucho rato después.
Los policías conversan con él. Estamos lejos todos y no sabemos qué les dice a los policías.
Luego llegan un par de hombres y mujeres vestidos de civil. Con radios y pistola al cinto. Una de las mujeres tiene una cámara y una flecha blanca, creo que de cartón, en una de sus manos.
La mujer toma fotos del cuerpo. De la cabeza. De los pies.
Luego, se ponen guantes de plástico. Dos policías se colocan con la sábana extendida a manera de pantalla, para que nadie vea cuando mueven el cuerpo.
Poco a poco los vecinos entran a sus casas.
Yo entro también pero me quedo todavía un rato en el jardín del frente, viendo al par de policías parados con la sábana. Me gustaría estar allí con ellos. Saber qué piensan. La causa de muerte. La hora.
Imagino al hombre llegando a nuestra calle, de noche o de madrugada. Echándose sobre la acera. Quizás sintiéndose mal. Quizás pensaba que era sólo cansancio. Que dormiría ahí un rato o toda la noche. Y que al día siguiente se sentiría mejor. Y que todo sería como siempre.
Echándose a dormir.
Echándose a morir.
¿Pidió ayuda? ¿Supo que moría? ¿Qué sintió, qué fue exactamente lo que sintió?
Alguien fue a echarse a la acera de enfrente y murió y nadie se dio cuenta hasta muchas, muchas horas después.
No vi el momento exacto en que levantaron el cuerpo. Al igual que el resto de los vecinos terminé entrando. Ya eran las 2 y media de la tarde.
Desistí de mi salida. Aquel asunto me desanimó por completo.
Tampoco tenía hambre.
Me eché en la cama a leer. Algo de Lovecraft. Herbert West: reanimador. Una lectura muy apropiada. Leerlo fue casual, lo juro. Tengo días de estar leyendo cuentos de Lovecraft y ése era el que seguía en el libro que leía.
Herbert West está convencido de que, con el procedimiento adecuado, puede revivirse a los muertos. Hace pruebas con varias fórmulas. Con varios cadáveres.
Cada vez que Herbert West consigue un cuerpo, lo visualizo como el cuerpo del borracho muerto. Veo a Herbert West inyectándole su fórmula. Veo al muerto levantarse, revivir, aunque sólo sea para retomar su lastimosa vida de vagabundo de nuevo.
Veo a Herbert West, inclinado sobre el cuerpo, en la acera de enfrente, inyectándole vida al indigente que murió frente a donde yo vivo.
Por la noche saco una bolsa de basura. En la acera está Gerardo, cuidando los carros de los que llegan a clase al gimnasio de ciencias marciales.
¿Vió la tragedia?, me pregunta. Claro, le contesto. ¿Usted lo conocía?
Sí, dice Gerardo. Le decían Pami, pero se llamaba José. Se había caído el día anterior. Y fue al hospital. Y le dieron de alta. En la noche, como a eso de las 8 y media, se había acercado a pedirle permiso a Gerardo para echarse un rato en nuestra calle. Gerardo le dijo que sí.
Y se echó, justo en el lugar donde lo encontraríamos a la mañana.
Al día siguiente, cuando salgo, me acerco al lugar de nuevo.
Lo único que quedó de José fue una mancha de sangre sobre el gris cemento de la acera.
A la vuelta de la esquina veo una mancha oscura en la acera y una pared con la pintura desteñida. Supongo que fue allí donde cayó y se golpeó y que lavaron la pared donde quedó su sangre.
Entonces veo algo que no había notado antes.
Escrito en tinta negra, sobre la pared, dice “aquí murió pami”, así, con minúscula. No alcanzó la tinta para escribir la i que está sugerida pero que no se mira bien.
Me pregunto si será ésa su única lápida.
:( Me puso triste el cuento
analu | 26 de Marzo de 2007 - 11:15 PMSí, a mí me puso triste también (cuando pasó).
Jacinta | 26 de Marzo de 2007 - 11:19 PMTriste relato, del trabajo a la parada de bus paso por el parque central y todo el trayecto hasta radiografica.
Es comun ver indigentes con perritos, hasta que me di cuenta sobre el comercio de saguatillos, los indigentes los utilizan para calentarse, mantener vivo al animalito es mantenerse vivo a si mismo.
Hay veces que a los perritos los cambian por comida o alguna droga.
"Saguatillo", para el que no sabe, es un localismo tico para describir a lo que en El Salvador se llaman "perros aguacateros" o sea, perros sin raza.
Gerardo no es drogo y dentro de todo, quiere mucho a la perrita con la que anda. Mi miedo es que la golpee un carro o que algun otro vago se la mate por venganza.
Gracias Roche.
Soy de uruguay
Que buen blog!!!
estas en mis favoritos
chau :D
lamento mucho lo sucedido pero nohace falta se un indijente para que el PAmi o el 911 o emergencias preste atencion a esos casos mi papa murio sin la mas minima atencion por ser del PAMI ENTRE TODOS TENEMOS QUE CAMBIAR ESTO GRACIIIIAS
CECILIA | 22 de Octubre de 2007 - 02:39 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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