23 de Marzo de 2007
Just before the war with the Eskimos
Muchos cuentos de Salinger descansan en los diálogos más que en la acción o en la narración/descripción de hechos. Y este cuento es otro de ellos.
Las circunstancias que rodean a los personajes parecen ser sencillas, casi diríase tontas, pero una cosa lleva a la otra y finalmente un personaje queda abrumado, arrepentido, pensando en algo que no tiene nada que ver con todo lo visto, escuchado y dicho una tarde.
El cobro de una pequeña deuda (que para Ginnie Maddox no es nada pequeña, tomando en consideración su estrechez económica), la lleva a verse sentada en el apartamento de su amiga Selena Graff, hablar con su extraño hermano que tiene una cortada en el dedo y que le ofrece la mitad de un sandwich de pollo que ella finalmente aceptará a regañadientes y meterá en su bolsillo y también con un amigo del hermano que llega a traerlo para ir a ver juntos La bella y la bestia de Jean Cocteau (por cierto, una de mis películas favoritas de todos los tiempos).
Muchas cosas se insinúan a través de los gestos: Franklin (el hermano) mira por la ventana y le parece patética la vida de todos los seres que caminan por ahí (debe serlo si se es hijo de un fabricante de pelotas de tenis, a quien le sobra plata). Selena pelea desde una mezquina indignación el que Ginnie le cobre la mitad de los viajes en taxi y gastos de sus partidas conjuntas de tenis y chantajea emocionalmente a Ginnie con que la mamá está muy enferma y que tendrá que despertarla para pedirle la plata (¡un miserable dólar con 65 centavos!). El extraño que espera a Franklin para ir al cine sufre también una indignación: la de ayudar a alguien y que éste escape del apartamento con todo lo que ha podido llevarse.
Demasiado para el atribulado espíritu de Ginnie quien necesita escapar lo más pronto posible del lugar, luego de rehusar la paga de la deuda y mientras lleva en el bolsillo la mitad del sandwich mordido de pollo y que no sabemos cuándo tendrá el valor de tirar porque le recuerda a un pollo muerto en el fondo de una papelera.
La utilización de los diálogos como recurso primordial en un cuento me parece un riesgo. Los diálogos tienen que fluir, brindar mucha información (directa o sugerida). Salinger sin embargo es hábil y logra con los diálogos, no sólo de este cuento sino en general, una manera eficaz para darnos a conocer las emociones de los personajes y para que el lector amarre hilos y pistas e imagine lo demás.
En este caso además el final obra como una clave enigmática que no hace más que obligarnos a suponer otra historia, totalmente diferente, que explique lo del pollo y la papelera.
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