6 de Marzo de 2007
Vamos a cazar la cena
Me habían invitado a un país africano. Allá estaba. Mis anfitriones me atendían muy bien. Eran amables y corteses. Me enseñaban la ciudad. Me sonreían.
Un día me invitaron a salir con ellos. “Vamos a cazar” me dijo el hombre. La esposa asentía con alegría y me uní a la expedición.
Íbamos parados en la cama de una tina. La camioneta era blanca. No imaginaba qué cazaríamos. No llevábamos fusiles ni flechas sino un largo mango con un cordel y una red.
Llegamos a las afueras de la ciudad. Al suburbio donde la gente camina con contenedores de agua sobre sus cabezas y niños amarrados a la espalda o al pecho. Todos eran negros y usaban ropas de colores muy fuertes. Verdes, anaranjados, amarillos.
Entonces el hombre dijo “este es un buen lugar”. La camioneta redujo su velocidad y era apenas algo más rápida que los que caminaban.
Tomó la red y la tiró sobre la gente que iba al lado del vehículo. Noté que iban descalzos sobre la tierra que, por ser verano, estaba suelta y era fina como el talco aunque de color ocre intenso. Cubría su piel oscura como zapatos de polvo.
La red cayó sobre dos o tres adultos. Quizás también sobre un niño. Los hombres que iban en la camioneta detrás de nosotros se bajaron de inmediato para inmovilizar a los hombres atrapados bajo la red.
Entonces el hombre me dijo “ah, ya verá, no hay mejor bocadillo que un niño pequeño”, mientras tomaba el mango con el cordel y lo agitaba en el aire para lanzarlo sobre una mujer de adelantado embarazo que caminaba junto a una niña.
Vi sus ojos. Porque ella miró hacia nosotros justo en el momento en que el hombre tiraba su lazo. Ella gritó pero no pudo hacer nada. Subió los brazos para evitar la cuerda pero ya la tenía sujeta por el pecho. La niña gritaba y la mujer, presumo que era su madre, no la soltaba mientras al mismo tiempo lloraba y gritaba en una lengua que no comprendí.
Por la noche entré a la cocina de mis anfitriones. El hombre estaba exultante. Qué festín íbamos a darnos, me decía. Como en las películas, llevaba un sombrero blanco de chef y un mandil, también blanco. La mujer sonreía mientras ponía los platos sobre la mesa.
“Aquí”, dijo el hombre, “un delicioso estofado típico de nuestra cultura”. Al mismo tiempo levantaba la tapa de una cacerola bastante grande. Vi mucha carne revuelta con ingredientes que no pude identificar.
“Y aquí” dijo levantando la tapa de otra cacerola, “yuca frita”.
Me alegré. Pensé que no comería la carne pero que podría comer la yuca.
Me ofrecieron asiento. La mesa estaba en un patio interno de la casa. Frente a mí, en el centro del patio, unos hombres depositaban huesos humanos, haciendo un montón con ellos. Iban a ponerles fuego.
Nadie me lo dijo pero supe que eran los huesos de la gente que habíamos “cazado” en la tarde.
Vi un cráneo partido en dos como la cáscara de una nuez, raspado, con rastros oscuros en lo que siempre imaginé era blanco. Y vi otros huesos, partes enteras, una pelvis con los fémures puestos, raspados de músculo.
Observé los huesos con detenimiento. El hombre y su esposa reían entusiasmados por el banquete. Yo callaba mientras tenía la impresión de que los huesos eran de bronce, que no podían ser humanos, que no eran la gente que habíamos capturado en la tarde, que la carne de aquellos seres ya se la había comido otra persona, que yo sería cortés y bien educada con mis anfitriones.
Y que no tendría más remedio que probar el plato humeante de carne y yuca que el hombre ponía frente a mí, sonriente y con todo orgullo.
ay... ESPERO que haya sido pura ficción esa historia
me recordo a Los Monos de San Telmo, de Lizandro Chavez Alfaro.
Rodrigo Peñalba | 6 de Marzo de 2007 - 05:26 PMFue un sueño que tuve hace varios días y que me dejó super-pensativa.
Jacinta | 7 de Marzo de 2007 - 10:58 PMmmm... tenes una fijación con la yuca frita... interesante
Rodrigo Peñalba | 8 de Marzo de 2007 - 06:29 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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