2 de Enero de 2007
Las últimas-primeras horas
Algo así como un cuarto de hora después de ocurrido, me entero haciendo zapping, de la ejecución de Sadam Hussein. Me indigno, muchísimo. No hasta la rabia, como debería, sino hasta la tristeza más profunda y hasta la compasión.
Me indigna que la ejecución haya ocurrido de manera apuradísima, en los entretelones del fin de año, a pocas horas de comenzar una festividad religiosa importante para la precisa tribu a la que pertenecía Hussein.
Me indigna que no se le haya permitido a su hija visitarlo una última vez (ella rogó que le permitieran verlo, pero ya no hubo tiempo).
Me indigna que sus ejecutores hayan bailado y cantado jubilosos durante 10 minutos alrededor de su cadáver, aún tibio.
Me indigna la actitud Pilatos de los gringos: “todo lo hicieron los iraquíes”.
Me indigna la declaración de Bush: “la ejecución de Hussein es la base para la democracia en Iraq”, una democracia sustentada sobre miles de cadáveres, ¿podrá funcionar?
Me indigna que tantos otros criminales sigan por ahí libres, sin juicio y sin condena; que los condenados a muerte en las cárceles de los Estados Unidos se pasen hasta 20 años esperando que se cumpla su ejecución, apelación tras apelación; que tantos otros acusados de “crímenes contra la humanidad” no hayan tenido un juicio tan expedito.
Me indigna la hipocresía montada como un gran espectáculo, ensuciando el nombre de la justicia (justicia, noción tan frágil, tan volátil).
La condena de muerte no disminuye ni el número ni la brutalidad de los crímenes. Ha probado ser una medida inútil. La condena de muerte es venganza, en su más forma más baja; de nuevo la hipocresía: si alguien mata es un crimen. Si la sociedad mata, es justicia.
La condena de muerte nos rebaja al mismo nivel del criminal. Matamos, no importa el nombre que le demos.
La última tarde del año me meto en el cine a ver Casino Royale. Mientras veo al nuevo James Bond corriendo, saltando, escalando, nadando, seduciendo, matando, salvándose, pienso que para qué queremos un Superman o un Hombre Araña, si tenemos a un James Bond y a toda una organización detrás que provee millones, automóviles con defibrilador incorporado (en caso de que un hombre que llore sangre quiera envenenarte) y te implantan un chip para saber siempre tu localización exacta.
Todavía no me acostumbro a la idea de un James Bond rubio, aunque Daniel Craig lo hace bien. (Recuerdo: tardes de semana en el Cine Apolo de San Salvador para ver las de Sean Connery, quien impuso un molde, un temple, que será difícil de superar por nadie).
A la salida del cine se me ocurre pasar comprando comida, pero descubro con gran sorpresa que todo está ya cerrado, que las calles están prácticamente vacías y que soy como un fantasma que camina solitario en la ciudad durante el último atardecer del año.
La medianoche me sorprende jugando Mahjongg en la computadora. No escucho doce campanadas (la Iglesia de San Pedro no las suena), sino el bullicio de la pólvora. Detengo mi juego unos minutos. La pequeña Bonifacia, inquieta sobre su cojín amarillo, alza la cabeza preocupada por el bullicio que ha escuchado ya durante 11 años y todavía no se acostumbra. La Loli, más aguerrida en carácter, duerme sin importarle nada.
El primer día del año me levanté tardísimo. Las gatas se pasaron el día en el jardincito, dormidas panza arriba, alternando entre el sol y la sombra. Me tomé el día en cámara lenta, con el gozo de no cumplir horarios ni obligaciones, con el tormento de quien mira deslizarse los días de descanso hacia los abominables días de la esclavitud laboral.
Veo películas por cable. Cualquier cosa. En una de ellas, una mujer de 50 años es criticada por su hija porque viste con ropa de colores, porque se arregla y maquilla, porque baila y siempre está de buenas. La hija siempre viste de negro, no se maquilla mucho y es workaholic. Me pregunto por qué se piensa que una “mujer mayor” (lo de “mayor” comienza como a eso de los 30) está obligada a cortarse el pelo, quitarse el maquillaje, vestirse de negro y naufragar en la anulación de sí misma, el anonimato, el silencio y la amargura. “Me gustaría que mi madre se comportara como una persona de su edad”, dice la hija en la película. ¿Cómo se comporta una persona de equis edad? ¿Por qué no esperar/desear que la gente se comporte tal cual es, sin limitantes, para siempre, sin importar la edad? ¿Llegar a la edad adulta significa pausar, silenciar, recogerse, morir en vida? Si es así, me disculpan pero yo no juego.
Salgo a caminar un rato. Las calles están desiertas. Nada más encuentro a una pareja de novios con un perrito cachorro en brazos y un desconocido que desde la otra acera me grita “¡Feliz Año, princesa!”. Le sonrío y le reitero el deseo… pero no le digo “príncipe”.
Veo un programa sobre la comida en Marruecos. Destino pendiente.
Leo bastante. Releo páginas de la última novela escrita. Releo páginas del diario de escritura de dicha novela. Pienso mucho. Me pregunto cosas. Escribo esto.
Veo una película llamada MirrorMask. Alucín visual, surreal. La historia es sencillísima, pero los personajes y las situaciones son sugerentes, incitan a la fantasía, a la imaginación.
Anotación en mi moleskine, 18 de diciembre: “los libros actuales atrofian la capacidad de imaginar”.
Inquietud, tristeza, no sé qué.
¡Feliz año nuevo, Jacinta!
A mi tambien me indignó el Morboshow que hicieron sobre Saddam. Escribi un poco sobre ello en el blog.
El año nuevo no comenzó como hubiera querido pero mi esperanza le gana a las inquietudes.
Saludos y gracias por bloguear.
Victor
Victor | 2 de Enero de 2007 - 08:33 PMGracias Victor, feliz año nuevo a vos también.
Jacinta | 2 de Enero de 2007 - 08:40 PMHappy New Year ..I enjoy your brilliant coments about your last days of last year. I will always continuo to read them.
TK
El alagran Ingrato
ALAGRAN | 3 de Enero de 2007 - 05:18 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
Recuerda que el insulto nada tiene que ver con la libertad de expresión, por tanto si tu comentario resulta insultante u ofensivo será borrado.
