11 de Diciembre de 2006
La vuelta'el perro
Tres hombres en una mesa toman cerveza Corona. En Peñas Blancas, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica, la cerveza se sirve en vasos con hielo. El calor es tanto que hay que beber pronto, antes de que se entibie. Los comensales suelen pedir una segunda para suplir la prisa con la que se bebió la primera.
Contrario a lo que podría pensarse, en este restaurante, que ocupa la mayor parte del edificio donde están las oficinas migratorias, una minúscula sucursal bancaria y una fotocopiadora, se come bastante bien. Es el único lugar decente y limpio donde comer en varios kilómetros a la redonda de ambos lados de la frontera.
Es parte de mi rutina al llegar a Peñas Blancas: sellar mi pasaporte en migración y almorzar. En esta ocasión comí osobuco con arroz y vegetales al vapor y estaba delicioso. La carne suavecita, casi desbaratándose, la salsita con zanahorias en su punto y las verduras crujientes. Y no me dio pena tomar el hueso entre mis manos y chuparlo hasta dejarlo pelón. Riquísimo.
Ya en San Jorge, Anderson (el taxista) me dice que hay un hotel que han estado renovando. Que parece quedó muy bonito, que tiene piscina, que no sé qué.
–Pero aquí a San Jorge no viene tanto turista como para hacer tantos hoteles –le digo, extrañada.
–No –dice Anderson–. La verdad es que la gente viene mucho aquí para embarcarse a Ometepe o para dar “la vuelta’el perro” que le dicen.
–¿Qué es eso?
-Pues venir de Costa Rica, pasar un par de horas acá y luego volver a entrar.
–Ah… como lo que hago yo.
–Pues sí.
Vaya, pienso, lo que hago tiene nombre. Ya sabía que lo que hago no es novedoso ni exclusivo. Cientos de personas que no logran su residencia en Costa Rica hacen lo mismo. Varían los períodos, claro. Los europeos, los gringos y la mayoría de los suramericanos tienen 90 días de estadía permitida. Los centroamericanos sólo 30. Y los nicas necesitan visa. Es la desgracia de ser centroamericano. Ni nosotros mismos nos queremos.
Camino al hotel, al frente de las casas, puede verse a gente preparando altares. Hoy es la noche de “la Gritería”, la festividad en honor a la patrona de Nicaragua, la Purísima Virgen de María.
Es una tradición hacer altares, rezar rosarios, cantarle a la Virgen canciones que sólo se entonan en esta época. El que levanta un altar en su casa regala a los asistentes bocadillos especiales preparados para esta festividad. Dichos bocadillos varían de acuerdo a la capacidad económica del dueño de casa: Gofios, cajetas de coco, pedazos de caña de azúcar, limón dulce (limas), nacatamales especiales (un tamal grande de masa de maíz lleno de arroz, papas, carne de cerdo o gallina, ciruelas, tomate y otros ingredientes), chicha de maíz y juguetitos como sonajitas de colores.
Siempre consideré esto una especie de “halloween” criollo. La verdad es que el aspecto religioso de la festividad se ha visto borrado por el deseo, sobre todo de los niños, de recibir dulces, frutas y ojalá un nacatamal. Se organizan pandillitas de chiquitos que van de altar en altar, cantan a la virgen, le gritan “¿quién causa tanta alegría?” y se autoresponden “la Purísima de María” y reciben a cambio los bienes deseados. Hasta se pelean por ellos.
Me paso la tarde sobre una hamaca, revisando un artículo sobre la participación política de los pueblos indígenas del Perú. Preferiría estar leyendo una novela, pero tengo mucho trabajo y estas vueltas de perro me hacen perder dos días de mi precioso tiempo.
No lo veo, pero puedo escuchar el oleaje del lago, el rumor de las aguas.
Por la noche, en la televisión, veo el noticiero tico del canal 11 que entra con toda claridad acá. Veo la transmisión en vivo del encendido de las luces del árbol navideño del Hospital de Niños, toda una tradición en San José a la que acuden cientos de personas. Y en los balcones del Hospital, los pequeños pacientes se asoman a ver el suceso. Es curioso cómo en la televisión el árbol se mira inmenso y frondoso. En la vida real, no es tan así.
Las luces del árbol se encienden. Es como no haber salido de Costa Rica.
El desayuno del día siguiente en el hotel incluye gallo pinto (arroz con frijoles), huevos revueltos con jamón, un pedazo de queso fresco, dos rebanadas de pan blanco y una taza de café.
Todo está delicioso, menos el café. Pero me lo tomo, disciplinadamente. Fue en Nicaragua donde dejé de tomar café. Siempre me supo tan mal que me cambié al té. Eran aquellos años de la guerra cuando no había ni papel higiénico. Imposible conseguir un café decente. El poco, buen y mejor café se exportaba. A nosotros nos quedaba “la charbasca” (como dicen allá), la basura, los sobrantes. Se rumoraba que ese café que tomábamos localmente incluía cáscara, maíz tostado y quien sabe qué aditamentos raros más. La verdad es que siempre me supo mal, igual que el que tomo esta mañana.
Tampoco era fácil conseguir té. Así es que siempre le pedía a los amigos que viajaban o que vivían en el extranjero que me lo mandaran. Lo cual me hizo probar toda suerte de variedades y marcas.
Irónicamente, sería también en Nicaragua donde me enseñarían a apreciar el sabor del café. Mi último jefe, un coronel del Ejército (de cuando trabajé en el Hospital Militar), me vio un día a punto de echarle azúcar a una taza de café. Él sembraba café. Me regañó. Me dijo que el café había que tomarlo negro, precisamente para sentir su sabor. Un buen café pierde su sabor, lo disfraza y distorsiona con el azúcar. Desde entonces, obediente, comencé a tomarlo negro. El amargo del café es en realidad un gusto adquirido, como el mate, como el té verde. Un café en su punto es de un gusto exquisito, si me preguntan. Brebaje de dioses. La sagrada bebida matutina sin la cual el día, para mí, no existe ni arranca.
Buses llenos de viajeros llegan a la frontera. Filas de gente se forman para recibir sus sellos de entrada o salida. Me alegra haber llegado antes que todos ellos.
Entro al salón de migración silbando el estribillo de la canción de Cumbia Kings, “Mi dulce niña (na na na)” que se me quedó pegada porque la escuché por ahí, en el camino entre fronteras.
La oficial de migración estampa mi entrada y salgo silbando la misma canción. Me recuerda a Mauricio y a mi último viaje al Salvador, porque nos agarró por bromear con aquella canción de “altísimo contenido intelectual”. La remedábamos a cada rato, para exasperación de los que tenían que aguantarnos.
Debo comprar el boleto de vuelta y un sandwich para comer en el camino. Pienso en eso mientras tomo un café en el restaurante de la frontera, mientras espero la salida del bus de las 9 y media. Aquí lo hacen bien.
El regreso es más largo que la venida. Por lo general entre 6 y 7 horas. La policía detendrá el bus por lo menos 3 veces, si no 5, para revisar los papeles. Y ojalá no nos toque una policía mujer, que a ellas les da por revisar también las maletas y atrasar aún más el viaje. Así, el viaje entre Liberia y Peñas Blancas, que normalmente dura una hora, tardará dos. Y luego vendrá aquel trecho en subida, lleno de curvas, cuyo nombre siempre olvido y en el que el bus sube muy despacio. Y ojalá no estén reparando la carretera o haya un accidente en el camino o se nos ponche una llanta o nos tardemos demasiado almorzando en Malinche.
No hay más que armarse de paciencia. Siento eso, que estas vueltas de perro me han dotado de una profunda, ilimitada, inquebrantable paciencia. Total, los pasajeros somos prisioneros, estamos secuestrados y a merced del conductor del autobus que hará con nosotros exactamente lo que él quiera. Y no importa si uno grita, se enoja, se duerme, aúlla o se impacienta. Hagas lo que hagas, llegarás cuando llegues, nunca antes, nunca después. Y punto.
Termino mi café. Ese delicioso café que estaba (parafraseando un dicho turco sobre el café perfecto y que nunca recuerdo bien) negro como la noche, caliente como el infierno, amargo como la vida. Y salgo.
Quiero un café!
Magnifico post, de los mejores que te he leído.
Saludos
Victor
Victor | 11 de Diciembre de 2006 - 05:55 PMMe recordaste a una amiga nica que estudiaba aqui en Guate, y ella también iba a darle vueltas al perro de cuando en cuando, pues ella no podía permanecer siempre aquí en guate.
marielos | 11 de Diciembre de 2006 - 11:05 PMGracias Victor. Saludos.
Jacinta | 12 de Diciembre de 2006 - 02:26 PMla verdad es muy pintorezco tu relato, yo he hecho esa travesia muchas veces, y con respecto al tè que tenes que pedir a cuanto amigo extranjero pedis, creo que seria mejor ir a un super mercado que ahi los venden en todos los olores y sabores, asi como el cafe.. aunque si bien es cierto los paises mas desarrollados economicamente lo compran, despues lo exportan a todas partes del mundo, es lo maravilloso de la globalizacion...
tambien soy viajero errante como el Quijote ahora estoy por europa y dejame decirte que cada lugar tiene sus particularides que nos definen como pueblo....esto es parte de nuestra cultura, la cultura de los pueblos... VIva nicaragua
Sergio, lo del té ocurrió en Nicaragua durante la guerra en los 80; ir al super a buscar té no hubiera servido de nada, pues no había ni papel higiénico... por eso tenía que pedir que me lo trajeran de afuera, al igual que pedíamos (todos lo hacían) shampoo, pasta de dientes y medicamentos, pues gracias al embargo estadounidense, en Nicaragua no había nada de nada.
Jacinta | 1 de Mayo de 2007 - 04:04 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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