5 de Diciembre de 2006
Crónica urbana
Nadie se dio cuenta del pájaro que yo llevaba en mi mano izquierda. Al gorrioncito lo había recogido minutos antes en la calle. Estaba por cruzar cuando lo vi, justo en la orilla del asfalto, peligrosamente cerca de donde podría golpearlo un carro. Al comienzo no me preocupé, pero cuando vi que pasó un automóvil y el pajarito apenas dio tres brincos y no voló, concluí que algo le pasaba, que quizás lo habían golpeado y no podía volar.
Me acerqué a recogerlo antes de que lo aplastaran. Batalló un poco pero luego se acomodó en mi mano, que apuñé para que no se escapara y para darle algo de calor. Caminé con él, le hablé, le pregunté qué le había pasado. Él me miraba con su ojito negro, parpadeaba. Debe haberme visto como miraba todo lo que le rodeaba, como un gigante extraño y de pelo largo que le hablaba en un idioma que no comprendía y que tenía la virtud de poder moverlo sin volar.
Llegué a la oficina a la que tenía que ir a hacer un par de gestiones. Pasé por la caseta de vigilancia, hablé con el vigilante, pero no vio el pajarito. Yo tampoco dije o hice nada por enseñárselo.
Pasé a recepción, pregunté por la persona que buscaba, me hicieron esperar en una salita. Pensé en meterme el pajarito en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta, pues tenía ziper y pensé que ahí estaría mejor y más protegido que en mi mano, pero pensé que podría aplastarlo. Era tan pequeño. Pero cuando intenté meterlo, el hizo intento por volar y pensé que estaba mejor y que al salir de ahí lo soltaría y lo miraría volar.
Recordé a varios pajaritos que había recogido en mi vida. El pajarito que encontré en una calle de Berlin Occidental (todavía estaba el muro levantado), minutos antes de entrar a ver una función de un grupo de teatro peruano que presentaba “El beso de la mujer araña”. El pajarito que mi padre trajo un día de la finca y que se había caído de un nido y que yo cuidé hasta que pudo volar (alguna foto tomó mi padre del pajarito que le gustaba saltar a la mesa cuando comíamos y picotear de nuestros platos, en particular cuando comíamos huevos fritos y él atacaba las yemas). Los pajaritos que atacaron un par de pasteles que yo había puesto en una mesa en un café al aire libre en Potsdam, mientras limpiaba las bancas con un pañuelo que me había prestado un amigo ciego. Los pajaritos que caían de sus nidos y que yo siempre recogí, cuidé y dejé ir. Los pajaritos que mis gatas jamás mataron porque les enseñé a no matar pájaros y se conformaron toda su vida con verlos desde lejos y con un temblor en los bigotes.
Por fin, me entregan los papeles que voy a recoger, pero tengo que salir a hacer otra gestión en una ventanilla donde se espera en un jardincito. Tardan en atenderme. Nuevamente el pajarito hace intento por volar. Pienso que soltarlo ahí es peligroso, la calle está cerca y es bastante transitada, retomo la idea de metérmelo en el bolsillo y caminar con supremo cuidado para que no le pase nada.
Haciendo el movimiento estoy cuando el pájaro se me escapa de la mano, y vuela. Y yo estoy feliz porque pienso que se curó. Pero la alegría duró poco. El pajarito aterrizó en la acera y se quedó echadito. Pensé que alguien lo aplastaría con el pie como a una cucaracha, que le pasaría cualquier cosa. No podía dejar la ventanilla sin salir de las instalaciones para recoger al pajarito y volver, así es que viví minutos de angustia esperando. El hombre me hablaba, firme aquí, anote acá, y yo firmando y viendo al pajarito que se acerca peligrosamente al asfalto y los carros que corren y de pronto, el pajarito se escapa de mi campo visual.
Pasan varios carros, escucho a uno que pita. Falta todavía no sé qué papel qué firmar, y estoy inquieta, viendo a la calle. De pronto, veo algo gris, algo como una hoja. Pero un hoja que no se mueve. Estoy segura que es el pájaro y que ocurrió lo que temí. Veo una y otra vez desde mi lugar y no puedo creer que sea él (todavía siento su calor en mi mano, la suavidad de sus plumitas, su mirada en mis ojos).
Por fin me dan los papeles, me los meto en el bolsillo sin revisarlos mucho, salgo apurada y lo veo con más claridad. Lo que parecía una hoja gris es el pajarito aplastado. Me asombra no ver ni una gota de sangre. Veo sus patitas, algo levantadas y su cabecita, todavía intacta. Y me siento como si yo lo hubiera matado (si me lo hubiera metido en el bolsillo, si no lo hubiera dejado escapar, si hubiera salido a salvarlo…)
Camino con la culpa de ahí hasta mi casa. Son 25 minutos de culpa, de angustia. Llevo un cheque en mi bolsillo pero me importa un carajo. Pienso que ese dinero no vale lo que ese pajarito.
Entro a casa con una tristeza tremenda. El día se ha arruinado. Me siento culpable. Trato de pensar que era su destino. Trato de pensar que por lo menos intenté ayudarlo. Nada funciona para consolarme. Le cuento el asunto a la Loli, quien maúlla comprensiva.
Recuerdo un poema, lo leo:
Aunque la corneja, Lars Hulden
Aunque la corneja lleva ya horas
atropellada en la carretera
completamente aplastada
porque el automovilista no se molestó en desviarse
sino que más bien apuntó hacia ella
el viento sin embargo no
ha abandonado completamente la esperanza,
acaricia delicadamente el cuello de la corneja
o lo que había sido su cuello
(las plumitas ondean levemente)
y dice con voz suave y sugerente:
¡Anda, levántate!
Y cuando termino de leerlo, se me salen las lágrimas.
Yo fui la voz de ese viento.
:( bu
analu | 5 de Diciembre de 2006 - 09:07 PMque bonito que halla gente tan extraña de interesarse pot la vida de un ser viviente.
hoy a mis 30 años suelo ser cobarde y prefiero hacerme el menso y no ver mas alla de unmetro de mis ojos.
bueno
inelsi | 13 de Marzo de 2007 - 10:15 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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