9 de Noviembre de 2006
El día después: elecciones en Nicaragua (y 2)
A las 6 de la tarde, un desfile de carros con banderas rojinegras, pitando sus bocinas y gente reventando cohetes (aunque la pólvora fue prohibida por la policía), interrumpe mis recuerdos. Celebran la potencial victoria sandinista. Aunque no hay un conteo definitivo, aunque se espera que los resultados finales se den hasta el día miércoles, los sandinistas comenzaron a celebrar la madrugada misma del lunes, cuando después de la medianoche se dio a conocer el primer resultado del conteo, con apenas el 7% de las urnas contabilizadas. Y no han parado de festejar desde entonces.
Los canales de televisión no paran de informar, analizar y entrevistar sobre el tema. Sergio Ramírez, al ser entrevistado por el canal 8 en la tarde, dijo que le parecía un poco apurada la celebración. Pero que si el FSLN ganaba las elecciones, que también había que ser comedidos en el sentido de no sacar conclusiones apresuradas.
-Estamos en una situación enteramente diferente de cuando el sandinismo estuvo en el poder. Ya no existe la Unión Soviética, no estamos en guerra, y por lo tanto no hay que esperar que Daniel Ortega comience a expropiar a medio mundo y a mandar a los muchachos a la guerra.
Ramírez dijo que él no había votado por el Frente pero que, como en toda contienda electoral, unos ganan y otros pierden y que hay que esperar a ver qué hace el nuevo gobierno.
Luego en Univisión, Jorge Ramos hizo una entrevista que me pareció bastante deplorable. Habló con el compañero de fórmula de Ortega, Jaime Morales, el empresario dueño de la mansión de la que se posesionó Daniel Ortega. Convertirlo en candidato de fórmula era una manera pública de demostrar su lema de la reconciliación. Jorge Ramos atacó a preguntas a Morales y éste, sin apenas poder terminar de contestar, ya tenía otro dardo de Ramos encima.
-¡Pero Daniel Ortega le quitó su casa! –le decía un Ramos que parecía sudar calentura ajena por lo de la casa.
Morales apenas sonreía y decía que eso estaba en el pasado, que ya se “habían arreglado” con Daniel y que su presencia era importante para garantizarle a los empresarios privados de que no ocurrirá “lo mismo de antes”.
En el canal 4, propiedad de los sandinistas, se interrumpe la programación para escuchar un comunicado leído por Rosario Murillo, Jefe Nacional de Campaña del FSLN y esposa de Ortega, sentada delante de un variopinto “background”, donde destacan la Virgen de Guadalupe y la Purísima Virgen de María, patrona de Nicaragua.
La campaña electoral del sandinismo ha tratado de disfrazar los elementos que más lo identifican. En vez de banderas rojinegras, el color de campaña fue el rosado encendido, el celeste y el verde. En vez del himno sandinista que tenía aquel verso de “luchamos contra el yanki, enemigo de la humanidad”, tomaron Give peace a chance de John Lennon, para montar una burda versión al español de la misma, que repetía algo así como “lo que queremos es trabajo y paz” y no sé qué cosas de reconciliación. ¿Le habrán pedido permiso a Yoko Ono para esto?
Estamos a la orilla del Lago Cocibolca, el Gran Lago de Nicaragua a cuyas riberas está San Jorge. Tomo fotos. Anderson sigue desanimado con eso de que Daniel sea presidente.
-Pero idiay –dice–, ni modo. Pero si Daniel mete las patas, nadie se lo va a perdonar así es que tiene que hacer un buen gobierno.
Este lago siempre tiene el agua muy agitada, como si fuera el mar. Las olas rompen contra la arena negra de la orilla y sopla una agradable brisa. Al fondo, cubierta un poco por nubes, se mira la isla de Ometepe con sus dos imponentes volcanes, el Concepción y el Maderas. Nunca, en los casi 18 años que viví en Nicaragua, fui a la isla. Es un viaje que tengo pendiente. Es de los pocos lugares de Nicaragua al que nunca fui. La verdad es que conozco Nicaragua mucho mejor que mi propio país.
Viví en Nicaragua durante la gloria y la decadencia del sandinismo, durante el gobierno de Violeta, el de Alemán y el inicio del de Bolaños. Lo recuerdo todo demasiado bien: las filas en la madrugada para comprar gasolina con cupones antes de que se terminara, lo cual ocurría una hora después de abrir la gasolinera a las 7 de la mañana (en esas madrugadas leía a Jaime Sabines, Pablo Palacios y Felisberto Hernández con una linterna que me llevaba, para aprovechar el tiempo). Los estantes vacíos de los supermercados sobre los que Ernesto Cardenal escribió un mal poema. La tarjeta de racionamiento con la que nos daban un poquito de aceite, azúcar, arroz y una pasta de dientes tan odiosa que era mejor lavarse los dientes con sal. No teníamos papel higiénico, detergente, jabón de baño, medicinas. El embargo económico de los Estados Unidos contra Nicaragua nos hizo practicar aquello de que la necesidad es la madre de la inventiva.
Y además estaba la guerra. Las leyes fueron cambiadas para que los muchachos, al cumplir 16 años (y no 18, como en la mayoría de los países), pudieran votar… pero también para poder servir en el ejército. Ciertas zonas eran de peligro y no era recomendable viajar a ellas, cosa que hice con demasiada frecuencia porque acepté cierto tipo de trabajos bien pagados pero que implicaban viajar a zonas de guerra. Y fui mortereada, emboscada, atacada por francotiradores y amenazada de muerte por la contra ya no recuerdo cuántas veces.
Pero también recuerdo la euforia de los muchachos que se fueron a alfabetizar a la montaña, a lugares donde era imposible pensar en una escuela, las experiencias que contaban de esos días, pequeñas epifanías individuales y cambiadoras de vida. El empeño de priorizar los servicios de salud y la educación en todo el país. Las brigadas de médicos cubanos que atendían gratis a todo el que lo necesitara. Las becas para estudiar carreras universitarias en Cuba y la Unión Soviética para gente de escasos recursos. La cantidad de proyectos, pequeños y grandes, que se financiaron con campañas internacionales para burlar el bloqueo de los Estados Unidos. Y cómo creímos que el sueño de una sociedad mejor y más justa era realizable. Casi lo tocamos con los dedos, casi lo logramos. Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos, como escribió Dickens.
Hago fila en Peñas Blancas, en espera del bus que sale a San José. La fila es larga, pero no tanto como hubiera temido. Tenía miedo de toparme al regreso con los 10 mil nicaragüenses que se calcula viajaron desde Costa Rica para votar en Nicaragua, pero parece que viajaron el día anterior o que regresarán a lo largo de la semana.
Muchos de los que están en la fila tienen el pulgar derecho manchado por la tinta que marcó su votación. Admiro que hayan viajado hasta su país nada más que para votar. Y por supuesto que se comentan las elecciones. El cuarto informe de los resultados, dado a conocer la noche anterior, mantenía a Ortega con buena ventaja.
-Si todos los nicas que viven en Costa Rica hubieran ido a votar, Ortega no hubiera ganado –dice una señora delante de mí.
Se calcula que en Costa Rica vive medio millón de nicaragüenses, entre legales e ilegales. Que apenas 10 mil hayan ido a votar es un número simbólico y marca ciertamente una diferencia, tomando en consideración que muchos de los migrantes nicas buscaron refugio en el país vecino, precisamente evitando cumplir el servicio militar o la persecución política durante el sandinismo. Luego seguirían viniendo ante el estado de pobreza creciente gracias al saqueo de cada gobierno y que, junto a la guerra y los continuos desastres naturales, ha convertido a Nicaragua en uno de los 3 países más pobres del continente americano, junto a Haití y Honduras.
-Eso sí –dice la misma mujer-, si Daniel no hace bien las cosas, rapidito lo vamos a quitar de ahí. Ahora el pueblo no le va a perdonar ni una.
Segunda vez en el día que escucho aquello.
A duras penas logro montarme en el bus de las 9:30. Va lleno. Pero hay más buses esperando. Estarán saliendo a lo largo del día hasta San José a medida que se vayan llenando de nicas que retornan de su viaje de votación.
Mientras dormito en las largas 7 horas que me tomará el viaje, pienso en todo lo visto y oído en las últimas 24 horas. Es cierto, la situación actual del país es profundamente diferente a la de aquellos años. No sé cuál es el plan concreto del FSLN para gobernar ahora, pero con reactivar la economía y lograr satisfacer las necesidades básicas de trabajo, salud, educación y vivienda, será bastante. Y eso ya es mucho pedir, sobre todo en estos tiempos modernos en que hemos olvidado cómo se sueña en grande y en que nos conformamos con solventar las necesidades cotidianas.
También me pregunto por qué mi vida parece estar tan amarrada a Nicaragua y por qué el destino me ha hecho volver y ser testigo de algunos de sus momentos importantes. Karma, supongo.
Al llegar a San José y escuchar los noticieros, ya es oficial: Daniel Ortega es el nuevo presidente electo.
Buena suerte Nicaragua, la vas a necesitar.
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