8 de Noviembre de 2006
El día después: elecciones en Nicaragua (1)
Es mediodía cuando comienzo a caminar el trecho que divide a Costa Rica de Nicaragua, en Peñas Blancas.
Ya sellé mi pasaporte, ya almorcé. Cuando salgo del edificio, los cambistas me ofrecen todo tipo de moneda centroamericana agitando gruesos rollos de billetes como si fueran abanicos de colores. Me ofrecen taxis, carretas para llevar maletas, boletas de migración. Escucho a un hombre que le dice a una mujer que cuando quiera la puede pasar por la frontera, por caminos. Lo dice sin disimulo, enfrente de quien pueda escuchar.
Todavía del lado costarricense, veo una larga fila de furgones que están parqueados del lado derecho, ocupando por completo uno de los dos carriles de tránsito. Como peatón, no me queda más que caminar sobre el asfalto del carril desocupado, cargando mi maletín y mi cartera. No hay acera ni lugar protegido para los que vamos a pie.
De pronto, a todo volumen, escucho el Himno Nacional de Nicaragua. El detalle no me llama la atención hasta tomar conciencia de que todavía estoy en Costa Rica. Pero estamos en frontera, donde la línea divisoria es tan borrosa que igual se cobra o se paga en colones o córdobas, se escucha la radio o se miran los canales de televisión del país vecino. Es tierra de nadie, es tierra de todos.
Me pregunto el por qué del himno pero pienso que podrá ser porque habrá algún anuncio sobre el resultado de las elecciones del día anterior. En la madrugada, antes de salir de San José, he entrado a internet para saber cómo van los resultados de las mismas y descubro con sorpresa que Daniel Ortega va a la cabeza con un porcentaje bastante alto.
Cuando paro en una mesa donde por lo general le revisan a uno el pasaporte, el funcionario me dice que pase, que me lo ven más adelante. Me detengo un rato frente a la casa de los policías a escuchar la información del conteo: el FSLN sigue a la cabeza con más del 40% y la Alianza Liberal le sigue pero con un porcentaje menor, del 20 y tanto por ciento.
Al cruzar el mojón fronterizo, hago malabares entre los furgones que ahora hacen fila para pasar por el área de fumigación. Hay charcos y lodo por doquier. En medio de los furgones me encuentro a Anderson, mi taxista “de cabecera” en la frontera. Mientras caminamos a la ventanilla de migración nica, le digo:
-¿Así es que ganó Daniel?
Anderson me hace un elocuente gesto de asco con la cara.
-Ni modo –contesta evidentemente decepcionado.
Los taxis en Nicaragua son colectivos. Es decir, pueden subir en él quienes vayan en la misma ruta. El primero en montarse es quien marca el destino y si los que paran el taxi van por el mismo camino, pueden subirse. Yo voy en el asiento de adelante y 3 pasajeros van en el de atrás. Van para Rivas. En el camino veo cualquier cantidad de banderas rojinegras colgadas en las casas, en los carros que encontramos.
En el taxi se habla de lo único que se hablará hoy en todo el día, las elecciones. Uno de ellos, obviamente sandinista, dice que lo mejor de las elecciones fue que el pueblo de Nicaragua le dio una gran lección a los Estados Unidos:
-Los gringos habían echado el rumor desde hacía días que nos íbamos a matar el día de las elecciones y no pasó nada. Y todo el mundo fue a votar.
Es cierto. Una de las cosas que más se han comentado de este proceso fue la masiva participación de los nicaragüenses en las votaciones. Días antes, el gobierno de los Estados Unidos había advertido sobre posibles “desórdenes” durante los comicios, pero Aminta Granera, la directora de la Policía, había negado tener ningún tipo de informes que indicaran la posibilidad de disturbios. En todo caso, entre la policía, el ejército y los observadores internacionales, estas fueron las elecciones más vigiladas de la historia de Nicaragua.
Cuando bajan los pasajeros en Rivas, Anderson y yo seguimos comentando las elecciones. Está francamente decepcionado de que ganara el FSLN.
-¿Y vos con quién ibas?
-Yo iba con Herty Lewites, pero como se murió, voté por Eduardo Montealegre.
Herty Lewites era el muy popular candidato del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS) , un partido formado a partir de la división del FSLN por un amplio grupo de sandinistas que no estuvieron de acuerdo con el manejo del partido original por los hermanos Ortega. Herty, quien había sido alcalde de Managua, había convertido al MRS en una tercera vía que por primera vez se presentaba como una opción real de cambio para abandonar el neoliberalismo sin regresar al sandinismo, pero Herty murió pocos meses antes de las elecciones. El candidato a vicepresidente pasó a ocupar su lugar, Edmundo Jarquín,
-¿Pero por qué no votaste entonces por el mismo partido? –le pregunto.
-Pues no sé… terminé votando por Eduardo Montealegre. Es que lo malo fue que Herty se murió. Si Herty no se hubiera muerto, él hubiera ganado, es lo que dice todo el mundo.
-¿Pero por qué creés que ganó Daniel y no Montealegre?
-Es que parece que los que votaron por Daniel fueron los jóvenes, los que no vivieron o no recuerdan bien lo que fue la guerra; porque por lo menos yo, que estaba pequeño, me acuerdo todavía de las filas que teníamos que hacer para que nos dieran un poquito de arroz. Y yo no iba a votar por Daniel nunca, sabiendo eso.
-Sí… pero se te olvida que todo eso fue culpa del embargo de los gringos, los gringos tenían bloqueado el país y además financiaron a la contra.
-Pues sí, pero ojalá que a los gringos entonces no se les ocurra hacer la guerra otra vez, porque ya sabés que los gringos no quieren a Daniel Ortega.
Cuando llegamos a San Jorge, a la entrada del pueblo, descubro una simpática imagen del santo derrotando, no a un inmenso y feroz dragón, sino a un animalito verde que parece un dulce lagarto, de esos que hacen en peluche para acompañar a los niños en su sueño.
Paso la tarde en el corredor del hotel, lleno de hamacas, mecedoras y plantas, intentando avanzar con un trabajo monstruoso que tengo que corregir. Me esperan más de 600 páginas por revisar y no habrá espacio para leer literatura en las próximas semanas.
Pero mis recuerdos vuelan. Recuerdo aquel día de 1990, el día después de las elecciones cuando ganó Violeta Barrios de Chamorro, un día que fue como un viernes santo improvisado. Ni el viento se atrevió a soplar. El país entero estaba estupefacto ante el resultado, tan inesperado. Ni siquiera los partidarios de Chamorro salieron a la calle a celebrar.
Para aquel cierre de campaña de los sandinistas, se calculó que se concentraron en Managua cerca de medio millón de personas. Era tal la muchedumbre y el júbilo colectivo que no había duda de que ganarían. También lo aseguraban las encuestas y los analistas políticos. Vale subrayar que desde entonces, no creo en encuestas ni en analistas políticos.
La leyenda urbana cuenta que aquella tarde de cierre de campaña, Daniel iba a anunciar el fin del Servicio Militar Patriótico, como se le llamaba, y que anunciaría el regreso de los muchachos en servicio, una medida políticamente necesaria dado el descontento generalizado que había por un sin fin de motivos. Pero ante la muchedumbre, Daniel se sintió ganador y no anunció lo que el país entero deseaba escuchar. Eso, termina la leyenda, le costó aquella elección.
Aquel día me llamaron varias personas por teléfono. Me preguntaban qué iba a hacer. Yo, que muy difícilmente caigo en pánico, pensé que había que esperar a ver qué pasaba. Y que si la cosa se ponía fea, pues habría que irse. No sentí temor alguno. Tenía residencia legal en Nicaragua, trabajaba con un ONG canadiense y tenía mi conciencia tranquila.
En los meses de transición, mientras los sandinistas reventaron la famosa “piñata”, corrieron toda suerte de rumores. Que “Modesto”, el comandante Henry Ruiz, se alzaría en armas y se iría a la montaña. Que Humberto Ortega no reconocería a Violeta como Jefe de las Fuerzas Armadas y daría un golpe de Estado. Otra leyenda urbana contaba que, con Violeta como presidenta, además de cesar la guerra de inmediato, se haría una razzia contra todos los salvadoreños que habían buscado refugio en Nicaragua debido a la guerra. Era además un secreto a voces que habían casas de apoyo al FMLN.
Nada de eso pasó. Y el sueño del sandinismo terminaba en el justo instante en que Daniel Ortega le imponía la banda presidencial a doña Violeta, mansito, rendido ante el juego democrático, arreglándole todavía un poquito la banda en el hombro a la señora, como si no pudiera quitarle las manos al poder.
Diez y seis años y tres elecciones perdidas después, Daniel está a punto de recuperar aquella banda.
(Continúa...)
Jacinta a las 06:00 AM | Referencias 0Chida crónica. Espero la que sigue con reteharta impaciencia.
Rafael Menjivar Ochoa | 8 de Noviembre de 2006 - 05:34 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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