9 de Agosto de 2006
La muertita
No dice su nombre. Aparece de la nada y se para en media calle, justo enfrente de la fila de los que esperamos el bus. Somos alrededor de 25 o 30 personas. Yo estoy casi a la mitad de la fila y se para, precisamente, enfrente de mí.
Al principio me confunde un poco su aspecto. Hago una rápida deducción de que es mujer porque lleva puesta una falda corta y varios aretes en ambas orejas. Pero su rostro es extraño. En todo caso, es un ser curtido por la vida, uno más de los indigentes que pululan por la zona del Hotel Cocorí.
Comienza su discurso. Se nos presenta como un trasvesti, un homosexual, "o para que me entiendan mejor, soy un 'cochón', como dicen en Nicaragua". Los de la fila reímos. Hay muchos nicas en esa fila. Pero la risa se nos corta de repente cuando nos dice "y tengo Sida".
Dice que vive en la calle desde hace varios años. Que antes se prostituía, pero que desde que supo que tiene Sida ya no lo hace para evitar que otra gente se contagie. Y que por eso se ha visto obligada a pedir dinero a buenas gentes como nosotros que podamos ayudarle.
Todo esto lo dice con un gesto de mucha tranquilidad, casi diríase alegría, en el rostro. Nada de drama, de tristeza, de llanto, de aflicción. Mientras tanto, observo que un perrito negro toma del agua sucia que corre en la cuneta. Me dan ganas de espantar al perro para que no haga eso. Pero no digo ni hago nada. El perrito tiene "puesta" un pedazo de camiseta verde sobre los hombros y patas delanteras. Y a manera de falda, tiene el resto de la camiseta, sujetada encima de las patas traseras. Sobre su cabeza, un mechoncito de pelo ha sido recogido y amarrado con una tira blanca de tela.
El trasvesti sigue hablando. Observo sus muy flacas piernas. Los anteojos oscuros de aro amarillo de plástico que tiene puestos sobre la cabeza. Y dice que tiene cinco perros, todos recogidos de la calle, que son como sus hijos, que todos viven con ella y que Lulú (señala al perrito negro que he estado observando), es uno de ellos. Dice que todos han aprendido algunos trucos y que le gusta enseñárselos a la gente para así ganar unas monedas.
El trasvesti llama a Lulú. Muy obediente, Lulú va a su lado. El trasvesti explica que todos los perros, cuando se hacen los muertos, por lo general se tiran al suelo, se ponen patas arriba y se quedan quietos. Pero Lulú, dice, lo hace de otra manera mucho más original.
El trasvesti recoge a Lulú en sus brazos. Y explica que cuando de la orden, la perrita se hará la muerta.
-Lulú se murió -dice el trasvesti.
Y la perrita se tira boca abajo y queda colgada del brazo de su dueña, por las patas traseras. La perrita está totalmente aguadita y no hace intento de moverse.
Miro a los de la fila. Algunos ríen.
-Ah, pero si creyeron que es casualidad verán que no -dice el trasvesti, mientras vuelve subir a la perrita sobre su costado izquierdo- porque Lulú se ha muerto.
Y de nuevo, la perrita se cuelga boca abajo del brazo izquierdo del trasvesti, como un loro colgado boca abajo de su percha.
Da la orden varias veces, para demostrarnos que la perrita lo hace obedeciendo un comando y no porque ella empuje a Lulú ni nada semejante. No hay truco. La perrita cae cada vez, incluso con variantes. Incluso si alguno de la fila, a solicitud del trasvesti dice "Lulú se murió".
Al fin pone a la perrita en el suelo. Lulú sube a la acera y el trasvesti le ordena echarse. Cosa que Lulú, obediente, hace. Mientras tanto, la fila ha ido creciendo, los carros han pasado esquivando al travesti que está algo más cerca de la acera pero siempre parado sobre el asfalto. Y mientras procede a recoger sus monedas, nos cuenta que todos sus perros hacen trucos, que hay uno que se persigna y reza, por ejemplo (ése me hubiera gustado verlo).
Prácticamente todos le dimos una moneda. Casi todas de 100 colones (un poco menos de 20 centavos de dólar). Continuó recogiendo sus monedas y echándonos bendiciones hasta el final de la fila que llegaba casi hasta la esquina, Lulú acompañándola.
Lo seguí con la mirada. Cuando iba a cruzar la calle, le dijo algo a la perrita que se paró en sus dos patas traseras. Entonces el trasvesti tomó la patita izquierda de Lulú y cruzaron la calle a la siguiente parada de buses. Como una madre con su hijo. Se confundieron entre la gente de la parada de la esquina y el quiosco que vende periódicos y golosinas. Y no los vi más.
Excelente crónica. Bella y triste. Gracias por esta nota, Jacinta.
Arbolario | 9 de Agosto de 2006 - 03:47 PMGracias a vos Salvador.
Jacinta | 9 de Agosto de 2006 - 03:58 PMRealmente, la risa se detiene ante la revelación del Sida.
A mí también me hubiera gustado ver los demás trucos de Lulú.
saludos
Aldebarán | 9 de Agosto de 2006 - 06:33 PMGracias por mostrarnos esa triste realidad con pinceladas de dulzura.
"Cómo se mide la vida
si son lo mismo un segundo y un siglo de luz,
si entre la noche y el día no hay más lentitud
que la distancia de un tono a otro tono de azul;
qué hermosa broma del azar
nacer de la inmensa oscuridad
para, al instante, volver
a la tiniebla otra vez...."
Luis Eduardo Auté
Hunnapuh | 15 de Agosto de 2006 - 10:25 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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