3 de Agosto de 2006
Disparemos ahora y preguntemos después
Los noticieros, los periódicos, las películas, las series de televisión, los video juegos, los comerciales, las caricaturas o muñequitos, los libros, las canciones, internet, incluso algunos blogs y algunos comentaristas en los blogs, prácticamente todo lo que vemos, leemos y escuchamos en los medios de comunicación o medios electrónicos vienen recargados de violencia. Luego salimos a la "vida real" y la violencia continúa. Desde las agresiones de la gente que se tropieza con uno en la calle o en el supermercado, los vehículos en la calle, las personas que se acercan y que tienen un morboso placer en contarte de cómo asaltaron a algún conocido, de cómo le robaron el carro, de cómo le pegaron un tiro a alguien por resistirse a que le robaran algo, de cómo alguien le recordó a la mamá y hasta a la abuelita por un bocinazo o un error en un formulario o un cambio mal dado o una propina no entregada.
Estamos rodeados de violencia. Vivimos en medio de ella. Violencia ficticia o real, violencia grande o pequeña, violencia directa o indirecta. Violencia evidente o violencia escondida bajo el disfraz de la agresión, del insulto, de la insinuación hiriente, de un gesto de manos, de una mirada que lanza cuchillos, de un rencor incubado durante años, incluso detrás de un silencio.
Este excesivo convivir con la violencia nos ha saturado tanto que parece ya somos indiferentes a ella. O nos dejamos agredir porque nos parece normal o contestamos con agresión porque no sabemos de qué otra manera contestar.
Examinemos las noticias. Todos, pero todos los días hay un conteo de muertos en Iraq. 14, 20, 36, muertos. TODOS LOS DÍAS. ¿Y qué sentimos por esos muertos de una ocupación que sigue perturbando la vida de aquel país? Israel agrede al Líbano y tenemos otro conteo diario de muertos, sobre todo civiles víctimas de bombas y misiles lanzados sin piedad alguna contra otro país. Y no me digan que quién agredió a quién primero ni si este u el otro tiene la razón. En una guerra, nadie tiene la razón.
Entonces examinemos los muertos por la violencia cotidiana en Guatemala y El Salvador. Contemos la cantidad de gente que se ve forzada a migrar porque en su país no siente tener alternativas para vivir con decencia (que alguien se mire forzado a vivir en un lugar que posiblemente no le guste y dejar todo atrás porque siente que no hay alternativa, arriesgando en el traslado la vida, literalmente, es también violento, me parece a mí).
Seguimos sin aprender del pasado, de nuestra historia. Seguimos sin intentar otras soluciones, seguimos sin escucharnos, sin dialogar, y nos vamos por lo más fácil, por la sangre caliente, por el orgullo, por la sinrazón: disparemos ahora y preguntemos después.
Yo por lo menos, sinceramente, me siento muy frustrada de ver cómo pasa tanta cosa y que nadie hace ni dice nada. ¿Y qué hacer? ¿Qué podemos hacer como ciudadanos comunes contra la violencia? No sé. No sé si por contagio se pueda generar tranquilidad en los demás. No sé si hablando. No sé si dando la otra mejilla. Quizás se comienza paso por paso. Quizás lo primero es hablar, reaccionar. Decir que ya basta de violencia, en todas sus formas. Que no nos gusta, que estamos hartos. Que hay otras formas de solucionar los conflictos. Y si no la hay, debemos buscarla, pero hoy, pero ya.
¿Cuánto más seguiremos esperando? ¿Qué más tenemos ver que ocurra para sacudirnos a reaccionar?
Yo creo que los conflictos entre humanos son naturales. Lo que no me parece normal es que la resolución de ellos se realice por medios armados o por medios violentos. En mayo escuché un discurso de la iraní, Shirin Ebadi, la premio Nobel por la paz. Una de los temas que abordó fue cómo la educación de corte europeo -- que es la educación dominante en el mundo –- ha fracasado. Ella planteó que su fracaso se debe a que no ha impedido la guerra. La historia, tal y como se enseña en nuestra sociedad, según Ebadi, vanagloria a los guerreros y no a los que forjan la paz. La conclusión a la que ella llega es que todos tenemos la responsabilidad de cambiar el enfoque de la educación y los valores que transmite.
Esa misma semana, también tuve la suerte de escuchar el discurso de Wangari Maathai, la premio Nobel por la paz, nacida en Kenya. Las palabras de ella son inspiradoras porque consisten en una formulación con respecto a qué puede hacer cada uno de nosotros para impedir las guerras. Maathai plantea que no hay guerra en estos momentos que no gire en torno al acceso a los recursos materiales (agua, tierra, petróleo, etc.). Por lo tanto, ella recomienda que debemos crear instituciones que nos ayuden a compartir los recursos de manera más equitativa inspirándonos en el respeto a los derechos humanos. Pero a nivel individual, ella sugiere una cosa bien sencilla que es la reducción del consumo de los recursos (especialmente en los países desarrollados) que, quiérase o no, son limitados. Cada uno de nosotros, según Maathai, puede practicar las tres erres: reducir (el consumo), reusar los materiales, y reciclarlos. Lo que más me gusta de su planteamiento es que ella aborda la violencia hacia el medio ambiente y la vincula con la violencia entre pueblos y países.
En su obra clásica, "De la guerra", Carl von Clausewitz planteó que la guerra es la política a través de los medios armados. Yo creo que la política es importante, pero sin medios armados no se puede extender en guerra. Por lo tanto, todos tenemos la responsabilidad de luchar a favor del desarme. No es que ésto sea imposible. El caso de Sudáfrica es una lección para todos. Es el único país que desarrolló un programa de armas nucleares, las tuvo en sus arsenales, y voluntariamente las abandonó.
Yo sugiero que en lugar de invertir en la guerra, se invierta en las artes. Prefiero lucirme con una guitarra y un saxofón que con un AK-47 o un lanza-misíles.
(Disculpen que me haya prolongado).
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