8 de Julio de 2006
La violencia nuestra de cada día
No puedo dejar de decir algo sobre los lamentables sucesos ocurridos en El Salvador esta semana. Para entrar en antecedentes, pueden leer esta nota en La Prensa Gráfica sobre la muerte de dos policías en los disturbios.
Es difícil para mí, estando fuera, hacer un comentario demasiado profundo, así es que mis palabras no son más que las reflexiones de una salvadoreña que huyó del país precisamente, entre otras cosas, porque la violencia cotidiana me tenía en un estado de neurosis fatal.
Lo primero que quiero hacer notar es la poca información vertida sobre estas "protestas", que se tornaron violentas, en los medios internacionales. Ningún noticiero ha dado reportes sobre el asunto. Los noticieros ticos, por lo menos los que he visto, no lo han mencionado más que de volada. CNN lo mismo. El único reportaje exhaustivo ha sido el de Primer Impacto, con el tono de amarillismo que caracteriza dicho programa.
Me ha llamado la atención que en algunos blogs que he leído (pocos, porque ha habido desconexión de nuestro servicio de internet durante casi 24 horas), muchos comentan cómo les ha recordado a los tiempos de la guerra.
Es obvio algo que ya he dicho antes: nuestra memoria es muy corta. Recuerdo que hace pocos años, se estrenó en El Salvador una obra de teatro basada en la novela Un día en la vida de Manlio Argueta. Y a la salida del teatro, podías escuchar a muchachos de 17, 19 años diciendo cosas como "de seguro que la guerra no fue así, ¿cuál guerra?, la guerra es algo de lo que hablan 'los viejos' y los viejos exageran".
La guerra fue así niños, y mucho, mucho peor.
Creo que ha habido toda una negación social salvadoreña hacia muchas cosas, y quizás esa negación es una reacción normal que como colectivo es necesaria para sanar las heridas tan brutales y profundas que deja cualquier y toda guerra. Es común escuchar aquello de "perdón y olvido", frase manipulada de acuerdo a la conveniencias cuando se trata de dejar sin castigo a reconocidos victimarios de masacres, torturas y secuestros.
Pero siempre me pregunto, ¿hasta qué grado debemos olvidar? Y escuchando a esos jóvenes que piensan que "la guerra no fue así" o que incluso preguntaban "¿guerra? ¿cuál guerra?" (quizás esperaban estos niños "guerras" como las de las películas o los juegos de video...), escuchando a esos jóvenes, digo, es alarmante que no tengan conciencia de su pasado inmediato, del pasado que vivieron sus padres y sus abuelos y del peligro que eso representa, en una sociedad tan polarizada políticamente como la salvadoreña, de que se repitan errores del pasado. De eso tenemos culpa los que vivimos la guerra. Hemos optado por callar en muchos casos (algo que, comprendo, no es mala intención. Estamos en shock todavía por lo que pasó, por lo que hicimos, no hicimos, nos hicieron en aquellos años y todavía estamos elaborando esa experiencia, digiriéndola, tragando gordo). Y los medios nacionales han sido tímidos para documentar o seguir la noticia de casos que todavía son consecuencia de aquellos años, como los familiares que siguen buscando a sus desaparecidos en la guerra.
Para eso sirve el recuerdo: para asimilar los errores del pasado y no volverlos a cometer. Porque no se trata de alimentar rencores perpetuamente. La sociedad salvadoreña no ha podido realmente reconciliarse. Las polarizaciones, las divisiones, el deseo de venganza, las sospechas han continuado vigentes. Difícil es lograr una reconciliación cuando el régimen de Arena estuvo antes, durante y después de la guerra en el poder, cuando no se ha permitido la alternancia política, cuando no se han abierto otras opciones, cuando no se han permitido que esas opciones se consoliden, cuando la clase política dominante está aferrada al poder, cuando se ha utilizado el miedo como instrumento político (como por ejemplo, la campaña electoral que llevó al poder al actual presidente), cuando la izquierda no ha sido capaz de modernizarse, de ser sincera en su auto-crítica, de permitir que surgan nuevos dirigentes más acordes a los tiempos que se viven en el mundo y sobre todo, con las necesidades de un país que día a día se hunde en el desempleo o subempleo, en la violencia cotidiana y en el desmembramiento no sólo de la familia como estructura formadora de valores, sino de los valores mismos que han sido golpeados a fondo por las migraciones, la única alternativa que hemos encontrado miles de salvadoreños que no sabemos o no pudimos hacer nada para sobrevivir en nuestro propio país.
Analizar por qué ocurrió lo de esta semana sería demasiado largo. De hecho ya me extendí y siento que estoy lanzando ideas sueltas, acaso algo incoherentes. Al final lo que quiero decir es que este hecho no es un hecho aislado. Yo siempre temo, cuando veo estas explosiones, que todo se salga de control y volvamos a aquellos aciagos años de la guerra. Y aunque creo firmemente que es necesario que la sociedad por fin diga que no está de acuerdo con la miseria general que se vive (miseria no sólo de dinero, sino de calidad de vida en general), caramba, es incomprensible que con el fantasma de la guerra todavía tan caliente alguien saque un fusil y dispare sobre otra persona.
Yo no sé qué puede hacerse en medio de todo esto. Como ciudadana no puedo más que expresar mi profunda indignación, no solamente por los hechos ocurridos sino también por la asquerosa manipulación política que han hecho del suceso tanto Arena como el FMLN, partidos que obviamente no están interesados en el bienestar del país ni en la construcción de una verdadera paz y reconciliación que no hemos sido capaces de disfrutar. Me parece alarmante la indiferencia de la clase política que, lejos de buscar una conciliación verdadera, atiza el fuego con más leña.
Necesitamos una alternativa social y política en El Salvador. Algo nuevo. Nuevas caras. Gente que realmente trabaje para construir por el bien común y no para satisfacer sus intereses personales. Creo que la desesperación por esa falta de opciones nos lleva a migrar y lleva a otros a resucitar la violencia de antaño. Somos un país desesperado, disfrazado de bonitas carreteras, altos edificios, malls de primera y economía dolarizada que deslumbra al visitante que pasa por el país diciendo "oh, El Salvador, cuánto progreso". Raspen la cascarita que el país es como los mangos después de la lluvia, que maduran de adentro para afuera y que cuando vas a morderlos ya están podridos y llenos de gusanos.
Urgen cambios. Y urge detener la violencia, A TODO NIVEL.
Vivo en El Salvador amiga y creo que los que vivimos aquí nos damos cuenta que el verdadero culpable de estos hechos es el gobierno, por no escuchar el clamor del pueblo de que se den verdareros cambios, y se deje de favorecer a los poderosos de este país.
Godo1965 | 8 de Julio de 2006 - 06:13 PMLa negación es un mecanismo de defensa que se usa como último recurso, cuando la realidad es tan fuerte que te desborda como persona. Pese a ello, en algún momento de la vida de esta persona ese mecanismo se vuelve inútil y la verdad surge a la luz, desequilibrándola enormemente, volviendo peor su vida: es tal la energía invertida en mantener la negación que la persona no es capaz de vivir con plenitud.
Sirva lo mismo para la sociedad. Con la diferencia que la negación colectiva no existe, no puede existir, la negación es colectiva porque se vende de ese modo desde esos a quienes hemos dejado hablar por nosotros.
Yo creo que una sociedad no puede negar la realidad que ha ido creando, no puede tirar esa piedra porque sobre ella está asentada.
P.D.: Por cierto, que bien cae la imagen del mango maduro. Ya me ha pasado, casi me como un mi par de gusanos; y también he tenido que destaparle la cascarita de la nación a algunos amigos.
Victor | 8 de Julio de 2006 - 06:55 PMConcuerdo con vos Victor, a fin de cuentas, la sociedad está conformada por individuos, pero en la medida en que cada uno niegue la realidad, calle, mire para otro lado, se haga el loco y siga callando,la realidad lo va a sacudir y lo va a rebasar. Ojalá esto nos despierte de nuestro letargo y nos animemos a actuar de manera constructiva por los cambios que urgen en nuestro país.
Jacinta | 8 de Julio de 2006 - 07:00 PMHace algunos años, la Institución Brookings de Washington, D.C. publicó un estudio socio-económico titulado "La economía de la felicidad". La sección referente a América Latina ponía a Perú como el país menos feliz de la región. En efecto, a nivel internacional, el estudio caracterizaba a Perú como el país menos feliz del globo terráqueo y a Holanda como el más feliz de todos. De una manera perversa y poco correcta, recordé el Poema de Amor de Roque Dalton en el que nos caracteriza a los salvadoreños como "los tristes más tristes del mundo" y me dije, "Vaya, a pesar de todo, ya podemos ir pensando en un poco de felicidad".
Los acontecimientos de esta semana en El Salvador me han dejado arrazado... Seguir leyendo aqui: http://literatura.typepad.com
(Disculpen que les haga esto, pero no quiero copiar todo el post)
Carlos | 8 de Julio de 2006 - 07:13 PMSoy salvadoreña, y vivo en Guatemala. Aquí la imagen de El Salvador, como un país próspero y que ha logrado salir adelante después de una guerra, ha sido muy bien vendida. Recuerdo cuando en los 80´s y 90´s uno venía a Guatemala a comprar ropa, víveres y hasta gaseosas en lata, porque en El Salvador no había. Esa es la imagen que aún se guarda de Guatemala. Viviendo aquí, me doy cuenta, que desde Guatemala, hoy día, nos ven tal cual nosotros a ellos en las dos décadas pasadas. En los periódicos aparecen constantes referencias a los "grandes logros salvadoreños", al "ejemplo salvadoreño", etc. Es bien cierto entonces que el gobierno ha hecho mucha labor de imagen, pero ha logrado poco en el terreno real. Y es preocupante, porque el enfermo que maquilla sus males, jamás podrá ser sanado.
Vanessa Núñez Handal | 9 de Julio de 2006 - 04:46 AMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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