3 de Abril de 2006
Nowhere man
Veo en la Deutsche Welle un reportaje sobre el vecindario de Neukölln en Berlin. Este vecindario es catalogado hoy en día como el más violento de la capital alemana. Siempre han vivido allí muchos migrantes, y ahora también los hijos y nietos de dichos migrantes. Turcos, hindúes, pakistaníes, sirios, libaneses... un coctel multicultural de razas, costumbres, lenguas y religiones. Pero son precisamente esos hijos de migrantes los causantes de diversos actos violentos. Asaltos con cuchillo, intimidación entre niños en las escuelas, tiroteos. Los agredidos no son únicamente alemanes, sino cualquiera que le toque el infortunio de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Las instituciones de gobierno y los políticos no saben qué hacer o cómo confrontar esta situación. Trabajadores sociales que laboran en dicho sector dicen que parte del origen del problema es la sensación de no pertenencia de los muchachos. Muchos de ellos nacieron en Alemania pero sus padres tratan de mantener vivas costumbres, lenguas y tradiciones del lugar de origen. Total, que no están "aquí" pero no están "allá". En las escuelas, las aulas de clase están pobladas por alumnos extranjeros de diversas nacionalidades y casi no hay alemanes. Lo malo de esto, según explican los mismos muchachos, es que no pueden practicar ni aprender correctamente el alemán, y al haber tanta diversidad idiomática, tienden a juntarse con gente de su mismo idioma u origen. Entonces, cuando salen a la calle, tienen el estigma físico de ser oscuros, o sea, son visiblemente "extranjeros" y no hablan bien el idioma, generándose de esta manera una crisis de identidad, que sumada a los conflictos normales de la adolescencia, aumenta el nivel de stress de dichos muchachos. Muchos no saben cómo manejar todo esto, y su reacción o válvula de escape, es la violencia.
Conozco muy bien esta problemática porque viví varios años en Berlin. En muchas oportunidades pude hablar con hijos de migrantes y dichos conflictos son reales. Y nada lejanos de lo que pasa con otros migrantes en diversos países.
En esta etapa de mi vida, en que opté por buscar fortuna en otro país, es la primera vez que observo y estudio toda esta problemática. Soy una de ellos. Y los problemas, sentimientos, incertidumbres, miedos, añoranzas, vacíos, anhelos, conflictos, penas y alegrías son muy similares.
La otra noche por ejemplo, cenaba en casa de una amiga tica, y había un grupo de varios nacionales (Costa Rica, claro pero también Argentina, Cuba, Nicaragua, Turquía y yo, salvadoreña). Fue curioso como los no nacionales coincidimos en no querer regresar a nuestros respectivos países, cada quien por sus motivos. Todos compartían un amor-odio por su tierra de origen, una sensación de no comprender a sus compatriotas pero, lo más dramático de todo, una sensación de ser extranjero en todas partes. Contaban, tanto la argentina como los nicas, que cada vez que regresan a sus países de visita, los "acusan" de ser "ticos". A mí me pasó al volver al Salvador después de 20 años de ausencia. Siempre me preguntaban de qué país era, pero no pasaba por salvadoreña. Eso dolía. Mucho. Porque cuando uno pasa por extranjero en su propio país, ya sabe que se tatuó una cruz en la piel que jamás se va a borrar. Había pasado 20 años siendo acusada de extranjera tanto en Alemania como en Nicaragua y supuestamente volvía a mi país para ya no escuchar aquella palabra (que ahora se ha tornado en una manera de insulto) y para nada.
Aquí también soy extranjera. Y por supuesto también lo soy en Alemania, aunque mi madre es originaria de aquel país. Soy tan extranjera para los alemanes que jamás fue posible gestionar documentos para vivir allá, pese al vínculo de sangre.
A estas alturas de mi vida, ya no importa. Ya lo dije alguna vez, he asumido el ser extranjera como mi auténtica nacionalidad, la única que tengo y que "funciona", con la que me identifico plenamente. Ya hice el intento de volver, que es algo así como la utopía del que emigró, vivir de nuevo en su país. No pude. No funcionó. Ya no tengo utopía, ni añoranza, ni lugar a donde regresar. En lo personal, la verdad es que además no tengo a qué regresar, ni a quién (porque no tengo familia). No extraño El Salvador, ni su comida, ni nada. De veras que no. No me hace falta ni me ataca absolutamente ningún tipo de añoranza. El vínculo emocional que me ligaba a aquel país se rompió de raíz y no hay manera de restaurarlo. Y eso me inmuniza contra el arrepentimiento.
No conozco esta ciudad (a veces tengo la sensación de que San José es tan grande que no la conoceré jamás y me conformo con poder conocer mejor San Pedro, que es la zona donde vivo). No conozco costumbres, ni expresiones idomáticas, ni mucho de la historia ni el carácter del tico. Pienso que eso vendrá con el tiempo, con los años, si permanezco acá. Así es que no sé, es muy extraño.
A esa sensación no ayuda la agresividad de los compatriotas que reclaman el hecho de que te hayás ido a buscar una mejor vida (te "acusan" de algún modo de "renegar de la patria" y ya no sos digno de nada...) ni la agresividad permanente del lugar donde uno está (desde el detectarte como "extranjero", un término que ha tomado un giro peyorativo en la lengua castellana, pasando por los chistes ofensivos sobre extranjeros, la sospecha de que sos ilegal o criminal de alguna clase, la dificultad duplicada para cualquier trámite burocrático, hasta las nada fraternas leyes de migración en los diversos países receptores de migrantes).
En ese sentido, no puedo menos que identificarme con los muchachos del reportaje en Berlin, que no saben ya a dónde pertenecen ni si tendrán, algún día, un lugar bajo el sol que puedan llamar propio y en el cual puedan sentirse/podamos sentirnos, como en casa. Mi respuesta, por supuesto, no será la agresión ni la violencia. Pero comprendo la frustración del sentirse un "nowhere man".
Me conmueve lo que cuentas. En particular, me pone triste que algunos salvadoreños te acusen de buscar una mejor vida. Si es gente que de veras te tiene cariño, en este punto lo demuestran mal. Y si no te quieren de veras, entonces es una asolapada envidia.
Entiendo que se extrañe a la gente que vive fuera del país y que se desee que viva con nosotros, pero eso no siempre se puede.
Los salvadoreños podemos ser crueles y lo hemos demostrado hasta la gula. Pero no todos somos así.
¡Ánimo! que en este mundo virtual de la blogósfera no hay "entranjeros" mas bien hermandad en sentires, gustos y vivencias.
saludos
Aldebarán | 3 de Abril de 2006 - 06:07 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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