15 de Marzo de 2006
El bolso de arena
La primera vez que la veo es en el paso migratorio de Nicaragua en Peñas Blancas. Es baja, tiene el pelo largo, rizado y blanco, agarrado en una media cola. El viento la despeina mucho. Lleva puesto un short de mezclilla, tenis y calcetines sucios que no sabría decir si son blancos, una camiseta muy grande, floja, y que tiene el mismo color sucio de los zapatos y calcetines.
Abre su cartera y busca el impuesto de salida. Abre un compartimento interior, abre otro, busca, dice “no sé dónde lo puse”. Busca, busca, encuentra algunos billetes, dólares, córdobas, colones ticos, cuenta los córdobas que toma en su puño para que el viento no se los lleve, pone los billetes verdes frente al de migración, son billetes de a 10 pero el tipo algo le dice y ella vuelve a tomarlos y meterlos en su cartera, busca algo más.
Desde mi fila la observo. En la mano tiene un pasaporte de los USA y un pasaporte costarricense que debe ser del hombre de unos 30 años que está cerca de ella, de camiseta negra y pantalón caqui que no dice nada y deja hacer a la mujer cuyo rostro no veo por completo.
Por fin es mi turno en la fila de al lado, mientras la fila donde está la mujer se hace larga y más larga y no avanza porque ella busca algo que no encuentra en su cartera sin fondo.
La segunda vez que la veo es en la ventanilla donde venden los boletos del autobús, ya en el lado de Costa Rica. Está frente a mí. Veo su pelo largo, rizado y blanco, alborotado por el viento. Tiene la cartera abierta y busca algo interminablemente. Repite de nuevo “no sé dónde lo puse”.
Como ya conozco la rutina, me adelanto un poco y le digo al tipo que me venda un boleto para San José. El tipo ni me mira. Tiene en su mano los dos boletos rosados, uno para ella y otro para su acompañante, y mira con fijación la cartera de la mujer en la cual ella sigue revolviendo, abriendo y cerrando zíperes, cierres, broches, escurcando en el misterio de su contenido y buscando algo que, ya sé la rutina, tardará mucho en encontrar.
La mujer le dice al vende boletos que me atienda, ella se hace a un lado, pero el tipo parece hipnotizado por la cartera. Me adelanto, discreta, no quiero indisponer a nadie y por fin la mujer dice que volverá luego, que me atienda.
Por fin me da mi boleto rosado, el cambio para mi billete de 10 mil colones y le digo al vendedor “lo mismo hizo allá, en migración”. Hablo de ella como si la conociera, y hasta yo me sorprendo.
La tercera vez que la miro es en el cafetín de la frontera donde me siento a desayunar mientras espero la salida del bus. Gallo pinto (arroz con frijoles), plátano horneado, queso frito y un café extraordinario que siempre venden en aquel lugar. A pesar de ser cafetín de frontera, la comida es buena, el café excelente y los precios moderados.
Se sienta a un par de mesas de distancia mientras yo engullo, hambrienta, mi desayuno. Pone la cartera sobre sus piernas y comienza el ritual de búsqueda. Búsqueda frenética. Un mesero les trae, a ella y al hombre que la acompaña, café en los tazones blancos del lugar y ella dice que le pagará luego, que tiene que buscar el dinero.
Empieza a sacar cosas de su cartera negra con bordes café de cuero, no demasiado grande: una revista llamada Natural Landings, que el hombre que la acompaña abre. De ahí saca un sobre blanco. Algo mira adentro del sobre, pero no parece ser lo que buscan. Salen de la cartera también una bolsa de plástico, una gorra, un estuche para anteojos, otra bolsa.
Al ver el bolso pienso en el Libro de Arena de Borges. Pienso que el bolso es infinito y que cada vez que ella abre un cierre interior, se abre algo que no se había abierto antes y que nunca encontrará de nuevo lo que busca porque el bolso es, pues, una especie de “bolso de arena”.
Puedo ver un poco el rostro de la mujer. Y al compararlo con el del hombre, pienso que puede ser su hijo. Él parece uno de esos hombres mandilones, que no osa intervenir ni opinar sobre la frenética búsqueda de su madre en aquel bolso infinito.
No alcanzo a escuchar qué le dice al hombre pero él se levanta y se va y al rato vuelve con los dos boletos rosados en la mano. Mientras él se ha ido, la mujer saca de una de las bolsas un pedazo de pan y lo muerde y lo come y se le sale por las comisuras de la boca y ella vuelve a meter los pedazos de pan en la boca y me mira de reojo y yo disimulo porque no quiero que piense que la estoy observando y que me vaya a decir algún improperio.
Pero luego sigo mirándola, mientras mete todo en la cartera de nuevo y le da algún mendruzco de pan al hijo y hablan algo que no alcanzo a escuchar.
Cuando montamos en el bus, no la veo. En cambio, veo a un hombre alto, de pelo blanco amarrado en una trenza que le llega a media espalda y con una cinta de piedras azules y blancas sobre la frente, que tiene además una bandera, azul y blanca también, pero estoy muy lejos para saber de qué país es la bandera y ni me importa porque no creo en banderas.
El viaje es largo. El viento sigue.
Veo desde la ventanilla cómo las ramas de los árboles se agitan con el viento.
Hace calor. Es mediodía ya.
El bus viene lleno de trabajadores nicas. De piel oscura, curtida. Con una expresión de tristeza, de despojo, de sacrificio, de “no quiero estar aquí pero ni modo, no tengo otro palo en qué ahorcarme”.
En el asiento junto a mí, uno que me parece viene por primera vez, que como niño me pregunta, apenas un par de horas después que arrancamos, que si falta mucho para llegar a San José. Sí, le digo, falta mucho. Pero no le digo cuánto, porque su ansia me conmueve.
Un hombre mayor, muy flaco, no logra asiento, y va de pie, y cada que nos para la policía para revisar nuestros documentos (4 veces en total), el hombre saca de la bolsa de su camisa una bolsita de plástico donde lleva dobladito un papel, supongo que un salvoconducto o un permiso vecinal, no sé. Pero también me conmueve la delicadeza con que dobla y desdobla el papel y la bolsita plástica.
El chofer del autobús hace una parada para almorzar en un restaurante en medio de la carretera donde no hay nada más que ese restaurante. Los pasajeros bajamos a estirar las piernas, a fumar un cigarrillo, a comprar algo de comida, al baño, a llamar por teléfono, a esperar a que el chofer termine de comer. Yo bajo para descubrir, en la parte trasera del restaurante, un paisaje de valles y cerros que fotografío. Es la única foto que tomo en este viaje.
Compro una manzana verde y un bote de miel que tiene adentro un pedazo de colmena. Varios de los hombres fuman, acuclillados unos, parados otros. Veo sus pieles morenas, curtidas. Su ropa desgastada. Su expresión de cansancio. Parecen una foto de Tina Modotti.
Veo a la mujer del bolso infinito sentada con su hijo en una banca. Hablan. Pienso que ojalá no se le ocurra comprar nada en este restaurante porque abrirá el bolso y el bus no podrá continuar jamás con su viaje porque ella buscará ad infinitum en su bolso de arena.
Es la última vez que la veo.
Seis horas y media después llegamos a San José.
Fascinante narración, tanto sobre la mujer como sobre todo de los trabajadores.
Julio Suárez Anturi | 17 de Marzo de 2006 - 06:58 PMAtente al tema del artículo e intenta aportar novedad a la discusión.
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