4 de Septiembre de 2008
Una nueva etapa...
A partir de hoy este blog entrará en estado de irregularidad. Es decir, no podré actualizar con la frecuencia con que suelo. Motivos hay muchos, pero el principal es la falta de tiempo, que como suele pasarnos a muchos, debe invertirse más en esas tareas con que nos ganamos los centavos que en las cosas realmente placenteras y enriquecedoras.
No sé cuánto tiempo durará esto pero el blog no se cerrará del todo. Por lo menos estaré posteando las columnas quincenales, y seguramente una que otra cosa de vez en cuando.
Gracias por acompañarme como lo han hecho hasta ahora.
Y seguimos en contacto.
2 de Septiembre de 2008
El agua que bebemos
Cuando vine a Costa Rica me garantizaron que se podía tomar el agua del grifo. Me aseguraron que era una de las mejores aguas porque venía de los manantiales de no sé dónde.
Siempre he tenido desconfianza de tomar agua del grifo. En El Salvador, el agua viene con una alta combinación de cloro, tanto que los vasos se manchan y hasta puede olerse a veces por su alta concentración. En Nicaragua, el agua venía rebalsante de materia fecal y toda suerte de bichos, por lo cual me acostumbré a utilizar filtros de agua y a comprar agua embotellada.
Pero como en Roma hay que hacer como los romanos, le aposté al agua tica de grifo. Error. Demasiado pronto comencé a tener molestias estomacales. Más de una vez vi que el agua en el vaso no estaba precisamente limpia, que venía turbia y en ocasiones, llena de tierra. Así es que volví a mi antigua costumbre del agua embotellada. Las molestias desaparecieron y hasta ahí, todo bien. Conste que tampoco es que le tenga una confianza ciega al agua embotellada pero supongo que de los males, hay que escoger el menor.
Hace cosa de algunas semanas, un día sábado, el agua del grifo salió con muy baja presión. Nada novedoso. Cuando Acueductos y Alcantarillados (A&A) hace reparaciones por la zona, el agua no se va totalmente pero baja la presión y por lo general en la noche, todo vuelve a la normalidad. Prácticamente nunca, en los 3 años y medio que tengo de vivir en esta zona, se ha ido el agua totalmente. Algunas, quizás dos o tres, pero sólo por pocas horas.
Sin embargo, la noche de aquel sábado el agua no volvió a su presión normal. Ni tampoco al día siguiente, ni al siguiente. Algo raro ocurría y hubo que llamar reportando el asunto. Pensábamos que era sólo un asunto de esta casa, pero pronto nos dimos cuenta que el problema era de toda la cuadra.
1 de Septiembre de 2008
Guatemala bajo mis alas
1.
Lo primero que escucha al caminar hacia la salida del aeropuerto es una voz que claramente la llama. Una voz susurra su nombre con mucha alegría. Ella voltea sobre su hombro izquierdo para saber quién es.
Pero no hay nadie cerca, nadie que pudo haberla llamado.
Los buenos espíritus me dan la bienvenida, piensa.
2.
Cuarto 508 del Hotel Conquistador.
Calcula que el cuarto es más grande que la mazmorra en la que habita. Y lo mejor: tiene una gran ventana, en realidad, una puerta de vidrio que da a un ínfimo balcón. Abre la puerta, pero el ruido que entra desde la calle es insoportable. Vuelve a cerrar.
Justo frente a su ventana se construye algo. Hay una grúa gigante y las fundaciones en cemento de lo que podría ser (imagina), un parqueo subterráneo.
Más allá una calle de cuatro carriles. Construcciones de techos planos y encementados, una arquitectura mixta y desordenada que le recuerda a la ciudad de México.
En el horizonte, volcanes. Uno inmenso, cónico perfecto, cuyo nombre ignora.
3.
Enciende el televisor. Es marca Zenith. Pensaba que ya no existían.
La caja del televisor tiene el mismo color crema de las paredes. Se mira tan antiguo que la conmueve. Le recuerda a su infancia. A su padre. A un mundo ya ido.
El control remoto funciona con dificultad. Hay que apretar con mucha fuerza los botones. Piensa ver tele un rato y luego dormir una siesta. El insomnio de los últimos meses y levantarse temprano para tomar el avión la tienen agotada.
El Biography Channel está pasando un documental sobre The Band. Y cuando Richard Manuel canta “Whispering Pines”, siente una melancolía que duele.
29 de Agosto de 2008
"La ciudad", Konstantin Kavafis
A veces uno lee un poema y dice "qué bueno". Luego, mucho tiempo después, uno lee el mismo poema, y nos sigue pareciendo "bueno", pero las circunstancias y la experiencia nos hacen comprender realmente la magnitud de su significado. Eso me pasó a mí esta semana releyendo esto de Kavafis.
Dices "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
(Traducción de José María Álvarez,
Poesías completas, Ediciones Hiperión, Madrid 1982).
28 de Agosto de 2008
Leyendo "La sirena", un cuento de Ray Bradbury
No me gusta ir al banco. De hecho, si hay algo que me desagrada hacer es gestiones y papeleos de cualquier tipo. Pero de un tiempo para acá, cuando voy al banco o a cualquier lugar donde sé que hay que esperar, hay algo “positivo” para mí: el tiempo de espera (que por lo general suele ser de una media hora) es casi que del poco tiempo “libre” que tengo para leer. Leer literatura, claro está.
Un día de estos tuve que ir al banco a hacer un reclamo pues me estaban cobrando dos veces más una compra que hice en el super. O sea, si no reclamaba, me la cobraban tres veces.
Un nuevo sistema de numeración para atender a los clientes en el Banco Nacional de San Pedro, menos que agilizar los trámites, ha hecho los tiempos de espera algo más largos pero también impredecibles, porque los números otorgados tienen combinaciones de números y letras y es algo así como una lotería saber cuál es el que sigue, pues no tienen un orden estrictamente numérico ni alfabético. Todo lo cual no me molestó en absoluto. Tenía conmigo Las doradas manzanas al sol de Ray Bradbury, que me lo encontré en liquidación a un precio de tirarse al suelo y tener risa convulsiva.
El primer cuento de ese libro se llama “La sirena”. Y qué cuento más precioso y a la vez, tan triste. Daban ganas de pararse en una silla, detener al banco completo y leerles el cuento para que todos lloráramos al unísono y volviéramos a sentirnos vivos, para que pensáramos en el amor, en la soledad y en el dolor de estar solos... ya me miraba sacada por los guardias con camisa de fuerza derechito para el manicomio o por lo menos para la Oficina de Investigaciones Judiciales (OIJ), como sospechosa de distraer a todos para seguramente planear un robo, o algo así.





