31 de Julio de 2006
Un Domingo Cualquiera
Jota está tirado en playa. Pero tirado de verdad: con media cara enterrada en la toalla y bien metidito bajo la sombrilla.
Se está quedando dormido hasta que siente, más que oye, un patrón repetitivo de golpes metálicos. Abre el ojo y 7 personas que han salido de la nada acarrean más peso en canal del que humanamente se puede llevar: 4 neveras portátiles tamaño familiar, una plancha de plástico que resulta ser una mesa de terraza rígida, 8 sillas a conjunto, incontables bolsas donde las toallas se apelotonan… los golpes provienen de la instalación de un chambao 100% poliéster de tres paredes, la cuarta sirve de toldo.
Jota busca el camión pero no lo encuentra, al parecer la cuadrilla ha surgido de una serie de utilitarios, llevan unos treinta minutos instalando el campamento base y ninguno se ha bañado. Jota divaga espantado. Piensa en el chino manufacturero que hizo el control de calidad de las sillas plegables, sobre si ese individuo pensó donde acabaría su producto. Piensa sobre el tiempo necesario para introducir en los coches todo ese material o si por el contrario sólo se utilizan para venir a la playa y quedan cargados durante una semana esperando el domingo (cosas más raras se han visto en Almería).
Pero sobre todo se cuestiona la levedad del playero minimalista: aquel que lleva a gala bajar con sombrilla, libro y toalla solamente como ejercicio de posicionamiento social. Menos es más. Pero, joder, una cervecita de esa nevera…
Jota se plantea si el estatus social se puede medir en base a una escala de imagen dominguera. Bajar a la playa no es una función, al fin y al cabo nadie se compra un Rolex por que quiere saber la hora. Es el cómo se baja lo que cuenta. Cuando dos de los instaladores comienzan a inflar una barca hinchable de 6 plazas es cuando Jota infiere que en un entorno agresivo el lujo es la comodidad y si esta se representa en forma de gotas de escarcha sobre una lata... antes barroco que sencillo.
Desolado, cabizbajo y con la línea de flotación tocada Jota se arrastra hasta el coche ardiente como puede consciente de la lección aprendida. Pero como todo en la vida es susceptible de empeorar... por el rabillo del ojo ve como comienzan a instalar una red de voley-playa.
Juan Pablo Seijo
La Voz de Almería 19/07/2006
